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Por segunda vez el Partido Acción Ciudadana (PAC), liderado por Carlos Alvarado, gana la Presidencia de Costa Rica. No fue un hecho extraordinario para los hermanos costarricenses. Pero sí fue una muestra clara de la vocación de todo un pueblo que desde 1948, eligió los libros por las armas. 

Mi punto: El PAC confirmó que la democracia tiene frutos extraordinarios: 1) se asienta la ruptura del modelo de paralelas (antes de  liberacionistas y democratacristianos); 2) ganó un periodista, politólogo y novelista, de 38 años (¿comenzó ya a predominar el liderazgo joven?); 3) trajo a la Vicepresidencia a una economista y activista de derechos humanos, afro-descendiente, Epsy Campbell (cosa impensable en los regímenes revolucionarios y feministas que siempre atacan el racismo o la discriminación, pero nunca reivindican a nadie); 4) los ciudadanos felicitan al Tribunal Supremo de Elecciones por el eficiente y transparente conteo de votos. Estos hechos son elocuentes: en la democracia la voluntad popular es la conciencia total de los que se toleran; defienden sus ideas cívicamente y prefieren mejorar las reglas a romper los moldes. 

Carlos Alvarado es un político costarricense común, pero imbuido de civismo. En sus discursos, no se contaminó de odios, resentimientos; muchos menos de ataques envenenados contra los que no pensaban como él. Seguramente, cuando deje la Presidencia de su país, hará como todos los presidentes ticos han hecho: irse a su casa a redactar sus memorias, pasar tiempo recorriendo el país con su familia, y dar clases.

Su vicepresidente electa, Epsy Campbell es dueña de una frase que comparto: “No tiene que haber leyes para que haya paridad”. Ella sabe bien que la justicia no se consigue escribiendo mil leyes sino educándose.  

Nada raro. La educación cívica ha imperado en Costa Rica, desde que José Figueres Ferrer decidió enterrar fusiles para multiplicar libros. En aquellos tiempos —hace 70 años— Costa Rica, parecía una gran finca cafetalera de tímidos campesinos laboriosos.

¿Por qué a hombres como Figueres no se les llama revolucionarios? Don Pepe no se envaneció. Ni intentó jamás sentirse dueño o mesías. Y cuando su hijo, Figueres Olsen, llegó al poder, tampoco se embriagó de poder. La cultura cívica ya había hecho su labor: educar a los ciudadanos en el bien común de la nación sin arengar a la violencia, ni convertir a los seguidores en fanáticos-veneradores de mandamases. 

En Costa Rica el poder se reparte, comparte y trasmite. No se arrebata o confisca permanentemente.

En San José no hay estatuas que rindan culto al guerrerismo. 

Tampoco por esa gesta, nadie ha pretendido ponerle República Figueriana de Costa Rica, a su país. No. No buscan el culto a la personalidad con fotos gigantescas de sus presidentes. Ni creen que los líderes tengan derechos absolutos, incuestionables para ser dueños de la República.

En todo caso, la democracia constante —a veces debilitada, vilipendiada— ha permitido a Costa Rica ser un país con el mayor per cápita de la región: US$17,930 (excluyendo a Panamá); y estando El Salvador después con US$9,256. ¡Los dos países más pequeños del istmo! 

¿Cuántos nicaragüenses se van a Costa Rica y no a Honduras? La democracia hace la diferencia. 

Así, cuando en un sistema democrático cualquier partido gana la Presidencia, nadie se espanta, nadie se amedrenta, nadie pierde. Todos ganan. Y de eso se trata, de que todos ganen, no de que unos pocos se entronicen.  

La democracia occidental debe sentirse muy orgullosa del modelo costarricense. 

¿Por qué Costa Rica ha superado como modelo de vida a países mayores —como sus vecinos del área? No creo que responda al hecho de que ahí no hubo “un dictador de cincuenta años en el poder”. Sencillo: ellos nunca lo engendraron por su cultura cívica que no garrotea ni apedrea a nadie. El civismo razona, hace aliados, cede cuando no hay razón.

La respuesta yace en decirle adiós a las armas y educar en valores democráticos: tolerancia, respeto hacia los demás. Porque el que pregona —usando textos educativos y una filosofía que justifica el odio— que hay ciudadanos que deben ser detestados, confiscados, amordazados, encarcelados, reprimidos, avasallados y exiliados, genera antipatías. ¿Podrá así florecer la democracia donde falte sinergia?

Por eso es que las dictaduras siempre se derrumban: crean fuerzas antidestructivas. 

El civismo se sustenta en el respeto para que nadie se convierta en enemigo de sus propios compatriotas.

El civismo bien aprendido conduce a la democracia. Y la democracia bien sostenida, conduce al desarrollo.

Son palpables los hechos que enaltecen a todo un pueblo. ¡Felicidades, Costa Rica! 

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