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Aún no lo puedo olvidar, y espero que nunca lo olvide. Tenía catorce años y mi hermana miraba la televisión. Yo a su lado, me levanté un instante y fui hacia la estantería a coger un libro muy viejo, una de aquellas colecciones de hojas amarillentas que se desprenden de su costura. Era una traducción al español. Me había propuesto tratar de entender algo que ya desde el título parecía muy complicado.

A quienes había oído hablar de aquella obra, del escritor y del resto de sus libros, lo hacían con tanta solemnidad y tan complejos razonamientos que aquel autor me parecía un filósofo, algo enrevesado y de oscuros pensamientos. Sin saber de él más que un par de frases famosas, la imagen de una tormenta lo acompañaba en mi memoria.

Pero ese día, por aburrimiento o por probarme a mí mismo, o por qué sé yo, abrí aquel libro, compuse las hojas que estaban desordenadas y leí desde el principio sus diálogos y monólogos. Creo que hasta ese momento no me percaté de que era una obra de teatro. NO sé que imaginaba antes, un compendio filosófico, una figuración o una pesadilla como la Divina Comedia de Dante, algo en fin casi ilegible hoy.

Sin embargo, con pocos recursos, no me fue difícil imaginar la escena, y no solo eso, sino que ocurrió algo que nunca me ha pasado con ningún otro autor ni ninguna otra obra, que las palabras de sus personajes me hablaban por dentro, como si alguien, el escritor, me las estuviera sacando de las entrañas, como en una cirugía. Pero les digo que estaban ahí, y que yo no lo sabía. Los personajes hablaban con mi miedo, con mi orgullo prestado, con mi cobardía, con mi resentimiento sin causa, con mis sueños y con mi valentía, con mi propia estima y con mi melancolía de algo indefinido. Cada uno de sus personajes era yo. Quizás porque en la adolescencia uno lo es todo fácilmente y es en sí un propio cambio. Era yo quien vivía para una causa y era yo quien se moría por una traición. Nadie me había hablado así, porque más que escritas, eran palabras habladas desde adentro.

Luego puede saber más cosas del autor. En realidad lo poco que se sabe y que se duda. Que venía de una familia de pueblo. Que siempre pasó dificultades, que se ganó la vida más como actor de teatro que como autor. En su tiempo, los autores no eran tan célebres como sus obras, al contrario que hoy en día. También supe que tuvo que granjearse los favores del poder, jugar el juego político para sortear la censura. Que su vida fue un corre-corre y el estar con mucha gente. No se le conocen las lecturas, pero se le presupone un gran conocedor de los mitos y la historia. En realidad apenas inventó nada nuevo, sólo rescribió viejas historias que todo el mundo sabía, pero él las contaba para hablar a los hombres por dentro de otras cosas de siempre, darle rienda con palabras a la pasión, a la tragedia de vivir a pecho descubierto, a la oscuridad de la ambición o a la lealtad sin límites a un sentimiento o a unas ideas. También habló a las mujeres. En ocasiones hizo papeles de mujer. Pero sus mujeres eran tremendas, capaces del mayor amor y del mayor sentido común. Inventó espíritus juguetones que seguían a un tipo simplemente porque confiaban en su bondad. Dicen que una hija del autor, cuando fue a visitarle a la capital, lo encerró una noche en su habitación para que no saliera a las tabernas, donde se nutría de historias, y así las escribiera de una vez. El padre se molestó muchísimo pero acabó escribiendo como la hija quería. Ella se murió aún muy niña. El mismo día que sucedió, el escritor liberó un pájaro que ella misma le había regalado con su jaula. Y quiso recordar aquella imagen de su hija viva y libre, en un vuelo.

Nadie, ni antes ni después, ha escrito como él, aunque utilizase el lenguaje de su tiempo. Nadie supo más de traiciones ni de amor. Tal vez hoy necesitamos nuevas traducciones para acercarlo a jóvenes sin miedo. Era un actor, un hombre de pueblo, y para mí, el mago que supo descubrir que dentro de uno hay un reino de palabras que crean los sentimientos.

Ah, si no lo adivinaron todavía, les hablé de William Shakespeare, y la obra que abrí a los catorce años era Hamlet. Tremendo, ¿verdad?. Ahora se duda de que existiera realmente, o de que fuera un simple autor el que escribiera a prisa aquellas obras. Cuando actuaba, no era como hoy, que todo mundo guarda silencio, sino que se enfrentaba a un público bullicioso, ofensivo y analfabeto en su mayoría. Sin embargo, él empezaba a contar y sus historias conseguían electrizar en un silencio al público, porque sabían que alguien por fin les hablaba de su risa y de su llanto, de su furia y del amor que les saltaba a las lágrimas. Murió el 23 de abril de 1616, en una extraña coincidencia con el mismo mes del mismo año que Cervantes. No quedó mucho más que su tumba, pero parecía querer desaparecer como los personajes de su última obra. No sabemos verdaderamente quién fue. Pero es el mejor escritor del mundo. Y no hay que tenerle miedo a quien nos habla por dentro.


franciscosancho@hotmail.com