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El volcán Concepción recibió su nombre a inicios del siglo pasado, cuando los hermanos de las Escuelas Cristianas (léase LA SALLE) elaboraron su mapa de Nicaragua. Anteriormente, se llamaba Ometepe, al igual que la isla más grande del planeta en agua dulce. En efecto, como Ometepe (ome: dos; teptl: cerros; dos cerros o volcanes) figura en el primer inventario de nuestros recursos naturales (1873) elaborado por el francés Pablo Levy y en la primera Jeografía (sic) de Nicaragua / para uso de las escuelas de la República (1875) del alemán Maximiliano Sonnestern. 

Para Levy, la isla de Ometepe era la principal curiosidad del departamento de Rivas. “Desde el vértice de su volcán, se goza de un panorama probablemente único en el mundo; la ascensión es fácil por las sabanas que cubren sus faldas occidentales. El Maderas es poco accesible por las muchas piedras. La isla contiene muchas antigüedades que, por lo regular, se localizan en sepulturas indígenas anteriores a la conquista”. Por su parte, Sonnestern midió la altura del Ometepe, y la de los demás volcanes del Pacífico, incluyendo El Viejo, como se llamaba entonces el futuro San Cristóbal, “bautizado” también por los hermanos cristianos de La Salle.

En mi crónica “Tragos en Ometepe” (1990) evoco las fragorosas erupciones —descritas por don Carlos A. Bravo— del Concepción, coloso de mil seiscientos metros sobre el nivel del mar y de admirable, voluminosa forma cónica, casi siempre empenachado con una gentil plumilla de humo. Erguido en la isla mayor del Gran Lago —Mar de Agua Dulce para los españoles y Cocibolca para sus primitivos habitantes—, tiene de vecino a otro volcán menor, de cono truncado, con laguna en su cráter extinto: el Maderas. 

Don Carlos inició sus descripciones con la erupción de 1883, cuando las llamas se veían desde el más recóndito poblado de Costa Rica. Era un incendio continuo. La de 1889 fue aparatosa. Parecía que la isla iba a hundirse. Temblaba el pedazo de naturaleza, piaban los pájaros, aullaban los animales. Los árboles desprendían sus hojas. La de 1902 arruinó los cacaotales de Rivas. La de 1907 fue más prolongada: estuvo encendida la enorme antorcha durante tres años. A veces se avivaba tanto la luz que permitía a los marineros apreciar toda la extensión del Cocibolca.

En 1921 volvió el volcán a tronar y a incendiar el cielo. Temblaba la mitad de Nicaragua. Ya se le conocía por Concepción y las vacas, los frutales, aparentaban ser de oro. En agosto de 1923 fue escalado por el español, arraigado en Nicaragua y convertido en volcanero, Dionisio Martínez Sanz. “La lluvia de arenón grueso —anotó— es constante y las piedras incandescentes ruedan de cuando en cuando por las chorreras. También los gases del volcán molestan grandemente la vista, y el tufo de azufre pica en la nariz. Pero no ha causado daño a la isla ni a sus habitantes”. 

En 1924 volvió a iluminarlo todo. Las aguas del Gran Lago, por las noches, parecían teñidas de sangre. Cinco años duró el Concepción invitando a presenciar una impresionante fiesta de luces intermitentes. Tras el trueno insondable, se iluminaba su cumbre y arrojaba piedras encendidas a grandes distancias. Escupía al cielo, bramaba, estallaba, se deshacía en llamas, retemblaba, vomitando fuego y lava. En los pueblecitos aledaños, a las ocho de la noche, apagaban los candiles y se acostaban tranquilamente; pero el monstruo telúrico parecía forcejear con enormes fuerzas infernales.

En la cuarta edición de la “Geografía de Nicaragua y Centroamérica” (1951) de los hermanos de las Escuelas Cristianas se reconoce la fertilidad de los terrenos de Ometepe, sembrados de caña, cacao, café, tabaco y granos, además de poseer buenas haciendas de ganado. La isla, a ocho kilómetros de las costas de Rivas, había surgido cuando la región circunvecina se hundió para formar la gran cuenca lacustre, gracias a las aguas fluviales que la cubrieron y aislaron a los dos volcanes de la tierra firme. Recordemos también que, en palabras de Jaime Íncer, “el Concepción ha estado tranquilo desde 1956, cuando expulsó piroclastos y lava, pero en años recientes ha presentado esporádicas erupciones de cenizas que han atemorizado a los pueblos de la isla e istmo de Rivas”.

En fin, los volcanes gemelos Concepción y Maderas se llamaron en lengua aborigen Omeyatecigua y Omeyateyte (“gran abuelo y gran abuela”), dioses tutelares de los antiguos nahuatlecas.

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