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Nacemos y morimos solos. En el infinito carnaval del mundo estamos solos. Frente a Dios y hasta en la muerte estamos solos. Cuando se apagan las luces y el alma del mundo muere, solo nos desvelan nuestros pensamientos. Ellos se erigen en nuestra única realidad, nuestra única verdad, la única manera de vivir. Quien no ha aprendido a ser su aliado, su cómplice, su amigo, a caminar tomado de la mano con su espíritu, a no precisar la aprobación del otro, está condenado a vivir la soledad como un desierto o una maldición.

La soledad puede ser un infierno o un paraíso. Un espacio poblado de fantasmas o el lugar en donde nace la luz. Un reino en donde el espíritu de la creación impere o el lugar maldito en donde se nos revela la inútil vaciedad de nuestros días. De ti depende. La soledad de los poetas, la soledad de los filósofos, la soledad de la ciencia, la soledad de la oración, la soledad del hombre que contempla o que medita, es una soledad iluminada.

La soledad de los que no saben estar solos, la soledad del que prende el transistor por miedo a estar consigo mismo, la soledad del que habla para no escucharse, la soledad del que cuando calla solo siente angustia, es la soledad de los infiernos, la soledad del desposeído de sí, del pobre de espíritu, la sola, estéril y vacía soledad.

La soledad es el altar de las ideas, es el santuario en donde reposan los seres que son dueños de sí y que conviven en humilde paz con sus riquezas y miserias, con lo mejor y peor de sí mismos, que saben que tienen derecho a ser aunque no sean y aun siendo, tienen derecho a ser. Es el lugar secreto en que convivimos con nuestras equivocaciones, con nuestros pecados, con nuestros rencores, reconciliados con nuestra pobre y frágil humanidad. Es el espacio interior en donde se cumplen nuestros secretos rituales, el lugar en donde nacen los recuerdos, en donde la melancolía florece en versos o en oración. En donde se nos revela la verdad de las cosas, en donde comprendemos la insignificancia de los afanes y la grandeza de lo pequeño, en donde descubrimos que el Universo y el prójimo somos nosotros. Es el lugar en donde habita Dios.

Hay muchas compañías que nos producen soledades, y tantas soledades cálidas y acompañadas. El apetito de la soledad surge imperioso y callado en el corazón de la persona que reflexiona. La soledad es buena para saber que no somos impostores de nuestra propia sombra, para reconocernos en la soledad de nuestros desvaríos, para sacarnos la máscara y dejar de fingir que estamos bien, que somos perfectos, que somos felices, que nada nos importa y que no tememos a la muerte.

Solo los que han nutrido su riqueza interior en la soledad pueden enriquecer a otros, solo los que son amigos de sí mismos saben ser amigos, y reconocer, al salir hacia el mundo, el enorme valor de la amistad y el amor como sólidos puentes que alivian nuestra soledad original. Solo los que han recreado en su mundo interno el mundo de los otros conocen la poderosa fuerza de la solidaridad.

Había paladeado sus virtudes aquel varón de luz, Lope de Vega cuando escribía: “De mis soledades voy a mis soledades vengo, porque para estar conmigo me bastan mis pensamientos”.

La autora es escritora ecuatoriana