Augusto Zamora R.*
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Hace meses hallaron en una playa de Noruega una ballena moribunda. Fue sacrificada para acortar su agonía. Examinada, encontraron 30 kilos de plástico en su estómago.

Escasos días atrás, otra ballena apareció muerta en una playa española. Igual que la hallada en Noruega, tenía el estómago obturado de bolsas y residuos plásticos.

Ambas ballenas murieron de hambre. El plástico, confundido con especies de que se alimentaban, había obstruido su aparato digestivo y provocado parálisis intestinal.

Cada día, con más frecuencia, nos llegan las pruebas del desastre medioambiental que está provocando la especie humana, sin que queramos darnos por aludidos.

La salud del planeta depende, en gran medida, de la salud de los océanos que, no lo olvidemos, ocupan dos tercios de la superficie terrestre. Lo que en ellos pase se hace global.

El fenómeno del Niño determina sequías en una parte e inundaciones en otras. La Niña opera a la inversa, provocando desastres naturales, según sea la fuerza del fenómeno.

De los océanos vienen las lluvias y esa agua está llena de residuos plásticos. Los más abundantes son partículas minúsculas -los microplásticos-, que comen peces y aves.

Los microplásticos están por todas partes y forman ya parte de la cadena alimenticia. En los peces pueden alojarse en el cerebro y alterar su comportamiento.

Si se acumulan en peces, nada impedirá que se acumulen también en los humanos. Puede que terminemos como las ballenas. Obturadas las neuronas, contaminada la sangre. Nos lo mereceríamos.

az.sinveniracuento@gmail.com