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El Beibi Arenal no era granadino, sino managua. Pero se desvivía por contraer matrimonio con una elegante estatua viviente de lo más granado de Granada. Ella era hija de un rico, por no decir millonario, fabricador de aceite y jabón: un personaje más de la señorial ciudad.

Otros cuatro no pueden olvidarse: Liranza de Jalteva, animador de bailes callejeros y famoso por deglutir nacatamales a granel; Chamorrito, vendedor de lotería, vestido diariamente de blanco y corbata negra; Pancho Los Bollos, insuperable atleta popular de Cuiscoma; y el Cabo López. Este gentleman, oriundo de Malacatoya, no solo promovía el Atabal de su barrio Santa Lucía; también elaboraba profesionalmente títulos y diplomas de toda clase, falsos o legítimos.

En efecto, el Cabo había “bachillerado” y “doctorado” a muchos jóvenes y no tan jóvenes mal alumnos de toda la república, decididos a engañar al mundo, a la sociedad, a su familia y a ellos mismos. Uno de ellos fue el Beibi: vago de cepa, cuya primera actividad pública y notoria había sido la de colaborar con la Oficina de Seguridad denunciando a sus antisomocistas compañeros de colegio. Fernando Gordillo Cervantes, uno de los denunciados, me lo aseguró.

El Beibi—según Bosco Lacayo, su primo— poseía cierta distinción física: alto, enjuto, blanco, casi rubio y de rostro similar al de un niño, lo que explicaba su afectuoso apodo. Carecía de complejo alguno, pese a su largo brazo izquierdo y mano pequeñita, producto de una polio, con la cual podía sostener un cigarrillo. Orgulloso, no se avergonzaba de nada. Por el apellido materno, el de muchos lacayos de dinero y mujeres de singular belleza, se creía emparentado con la más rancia aristocracia del país y remontaba sus ancestros a Isabel la Católica, ignorando la significación de esta reina castellana con las bragas bien puestas.

El Beibi se enorgullecía de sus antecesores inmediatos, principalmente de un abuelo ministro que, aún veinteañero, recibió cinco balazos mortales de otro miembro del gabinete presidencial de Zelaya. ¿La causa? Haber usurpado el lecho conyugal de su colega abogado, hermano liberal, coterráneo segoviano e íntimo amigo: el doctor y general Julián Irías. Asimismo, ostentaba descender de un ilustrado periodista, director del diario La Estrella de Nicaragua en los años cuarenta. 

Bosco detalla que el Beibi, para incrementar su lujo, añadía etiquetas de prestigio en sus numerosas corbatas cotidianas, pues no faltaba a todas las fastuosas fiestas de la altísima burguesía capitalina. Allí se codeaba con sus genuinos representantes, como pretendía, sabiendo disimular su conexión guardiera y relaciones con la fauna sobresaliente de las camarillas somocianas. De hecho, fue carnal de un poderoso militar bravucón: el Loco Alegrett, cabeza y gerente de la Acción dizque Cívica, órgano de la Guardia Nacional. Se cuenta, además, que desapareció del paisaje de Managua en los ochenta y que la mayor inversión de su vida la perdió en la Enroc, la productora de energía más grande del mundo, que había quebrado. Pero lo que más se recuerda de sus producciones es una frase dirigida a su potencial suegro granadino que le impidió asistir a una junta de socios del histórico club social de la Gran Sultana.

Ya fracasado su proyecto de ser Chamorro consorte, el Beibi se hizo eco de una falsedad inventada por algún antigranidista pueblerino y envidioso: que, a raíz del último atraco pirático a la ciudad en el siglo diecisiete, los españoles habían importado de Cádiz mujeres de mala vida para repoblar Granada. Por eso, malcriado y odioso como de costumbre, el Beibi reaccionó ante la prohibición de asistir a la susodicha junta de socios granadinos, con estas palabras: —Mire, don Julio, yo ya me iba. No necesita correrme. Todos ustedes son descendientes de las putas de Cádiz y yo, con hijos de putas, no me meto.

A la salida del Hotel Intercontinental ––el de la pirámide–– me encontré muchos años después con el Beibi, a quien había visto reptando en el Club Juvenil de Managua. Ya no tenía cara de niño, sino otra ajada y llena de arrugas, víctima de una vejez prematura. Uno de sus excompañeros de colegio, a quien el Beibi delató en los años cincuenta, me dijo que ese sujeto de tieso brazo izquierdo debería arder en el Infierno, acompañado de su carnal y socio el Loco Allegrett en la Acción dizque Cívica de la GN.