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Cuando se casó ella quería trabajar pero su marido se oponía. Mira que los niños necesitan de la presencia materna, mira que se crían sin valores, ni principios. Tu mejor lugar está aquí, en la casa, con tus hijos, tu familia. “Una mujer sabia edifica su hogar, la necia lo destruye.” La mujer, una ingeniera en sistemas, comprendía. Y se dedicó a ser la mejor ama de casa y a terminar de criar a ese marido inseguro, temeroso de todas las enfermedades del mundo y dispuesto a lo que venga para ascender en su trabajo. Tenían tres hijos y ella se levantaba a las cinco de la mañana para preparar el desayuno y el lunch para los niños, despertarlos, vestirlos y asegurarse de que todos subieran al expreso escolar, mientras hacía un lazo la corbata del marido y planchaba el impecable terno azul que luciría en su trabajo.

Cuando todos se habían marchado y quedaba solo ella, acudía a hacer la compra, limpiaba el refrigerador, prendía la radio mientras cortaba el tomate, la cebolla y el pimiento para aderezar las sopas, en tanto con un pie se preparaba para limpiar los pisos, fregar la cerámica y abrillantar los pisos que deberían quedar como un cristal. En esos espacios de lucidez aprovechaba para planchar el cesto de ropa que todos los días se amontonaba inacabable y asear escrupulosamente los cuartos de los chicos que más parecían un lugar de hecatombe en donde se hubiera producido algún desastre natural, un tornado o terremoto que una habitación para dormir, y estudiar un poco para ayudar con las tareas escolares a los niños. Y así todos los días, todos los meses, todos los años.

Y así toda la vida… Hasta que un día, en que los chicos ya lucían bigotes y la niña sortija de compromiso y el marido discurseaba orgulloso, copa en alto, ante los otros, sobre los hijos, que eran su principal éxito en la vida, fruto de su arduo y sacrificado trabajo, producto del “sudor de su frente” y hacía un recuento de las vicisitudes y luchas que tuvo que afrontar por alcanzar la cima. Su mujer, la ingeniera en sistemas, se atrevió tímida a corregir que también eran el resultado de su abnegación y sacrificio, de toda una vida de trabajo. El marido sorprendido por la salida fuera de tono de su mujer, arqueó una ceja y reprochó cariñoso: —¡Mujer, pero, por favooor, si tú nunca has trabajado…!Tomado del libro “Microrrelatos y cuentos breves Con (textos) fugaces”.

*La autora es escritora ecuatoriana