Orlando López-Selva
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Cuba sin los Castro en el poder. ¿¡Impensable!? Pero, así es. El 19 de abril pasado, Raúl se retiró. Asumió, como nuevo presidente designado por ellos mismos, Miguel Díaz-Canel.

Mi punto: no esperemos mucho. Creo que Díaz-Canel actuará, a veces radical y otras con precaución reformista. Él es hechura de los Castro. Lo pusieron ahí porque tiene habilidad para darle continuismo al poscastrismo. Antes de nombrarlo, cerraron varios candados: dejar al hijo de Raúl supervisando al Ejército, controlar los medios y asegurarse que don Raúl sería consultado en temas sustantivos. Todo está bien planificado para que el sistema preserve el statu quo y no se repita el síndrome de Lula.

Los Castro se fueron. Pero, el coronel Raúl Castro Espín se quedará supervisando que el presidente Miguel no se descarrile. 

Si hay algo que Raúl tal vez nunca confiese, es que Fidel siempre se sintió menospreciado por Moscú. La crisis de los misiles de octubre tuvo un desenlace bueno para la paz: pero Fidel fue infravalorado por su imagen de rebelde de barbas luengas, anteojos gruesos y torcida boina negra. El Kremlin lo ignoró. Se mofaron de su ímpetu de advenedizo socialista, de su dudoso credo marxista --inyectado en él por Ernesto Guevara y sublimizado por Régis Debray-- porque Castro solo sabía derecho y literatura.  

Sé que Raúl trató de enmendar muchas de las pifias inaceptables por los demócratas occidentales. Después permitió inocuas libertades que Fidel impidió, “dizque” por el embargo estadounidense. 

Pero, además de restablecer relaciones con Washington, su cambio más osado fue restaurar el capitalismo bajo un nombre espurio: cuentapropismo. 

Los Castro sentían vergüenza de regresar al punto de partida.

Díaz-Canel encontrará todo hecho a la medida de los hermanos idos. Pronto deberá buscarse algunos amigos. Todos se van. Nunca queda nadie para acompañarlos. Esa es la soledad de los que dictan. El aislamiento fue una pesadilla para Fidel y Raúl. Y si Miguel sigue la ruta despiadada contra los que disienten, podrá revivir es abandono hasta llegar a los 100 años de desamparo. 

Los Castro no enseñaron a trabajar. Solo a repartir lo poco a sus aduladores. Resultados, 50 años después: todos los países latinoamericanos prosperaron, menos ellos.

La economía cubana es lastre y desastre. No se conoce el grado de su deterioro. Apenas se sospecha. Los revolucionarios  ocultan cifras, datos, información. [Los demócratas ventilan; los marxistas esconden]. Y los que esconden mienten, engañan. Pero saben, por olfato, que deberán atraer inversiones extranjeras para aumentar los caudales públicos y crear empleos privados.

Díaz-Canel sabe bien que Cuba es el país más grande del Caribe. Pero el más pobre.

Vietnam --más arruinada, pero no resentida con Estados Unidos-- logró levantarse. Hoy es una economía modelo, sólida. ¡Buena actitud!   

¿Por qué Cuba no fue ejemplo para otros? 

Desde 1959, Cuba fue manejada por antiempresarios que destruyeron la matriz productiva. Washington le clavó un embargo. Peor fue el odio hacia el vecino tan cercano y potente; les impidió insertarse en el desarrollo occidental. La Habana, a distancia, no pudo acoplarse a las subdesarrolladas y siberianas directrices estalinistas. Los Castro solo recetaron sacrificios. Se excluyeron del cercano “boom” tecnológico, científico y económico.

El error yace en la actitud. Nunca fueron moderados, sino extremistas.  

Años después, su milagroso aliado cercano, Venezuela, mercadeó la idea del siglo XXI. Ello, paradójicamente, confirmaba que el fracasado modelo cubano estaba siendo rescatado por Caracas.  

Hoy el hermano Maduro ha perdido toda capacidad caritativa. 

¿Dónde está Cuba en el ranking latinoamericano? No es casualidad, igual le sucedió hoy a Venezuela --también enceguecida por fanatismos y prejuicios--. Hace 30 años era la economía número 3 de América Latina. Hoy es la 7.  

Cada día los cubanos aumentan. Quieren más. Demandan más. 

El régimen únicamente se junta con marxistas lejanos o indispuestos: Rusia, China, Venezuela. (Otro error: creer que solo hay que juntarse con los que piensan como uno).

Diáz-Canel fue puesto ahí para que el rumbo de Cuba no varíe. Pero, ¿podrá contener un día al pueblo cubano si este se harta del socialismo tan impráctico, empobrecedor y fanático?

Internacionalmente, el nuevo mandatario seguirá los pasos de sus predecesores con discursos fácilmente predecibles: antiyanquistas, totalitarios, antioccidentales. Sus pares regionales lo escucharán; lo saludarán con cortesía. Pero de sus políticas domésticas, dependerá el grado de respeto que la comunidad internacional le prodigue. 

No veo cambios sustantivos, solo cosméticos. Es difícil que un cubano que solo ha visto castrismo, permita muchas reformas que lleven a Díaz-Canel a enfrentarse al herrumbroso aparataje fidelista-raulino.