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La tarde diáfana del martes trece de febrero de 2007, no pude resistir la tentación de visitar Radio Sol ubicada en Los Robles, para verificar si Luis Enrique Calderón recurría a un libreto para realizar su programa Esperando la Noche. Tiempo atrás, Edgard Aguilar Bravo me había manifestado que todos los días al salir de su trabajo, encendía la radio para reír a carcajadas ante los desplantes humorísticos de LEC. Esa tarde Edgard me animó a saciar mi curiosidad. Entramos a un salón vacío, al traspasar las puertas de la siguiente habitación, detrás de los vidrios divisé la figura de Luis Enrique hablando con el más absoluto desparpajo. Nos hizo seña de que nos sentáramos a su lado. El humorista pasaba de imitar la voz de Tomás Borge a la de Daniel Ortega con la soltura de maestro consagrado.

La manera prodigiosa en que encabalgaba los diálogos, la armonía absoluta que guardaba al pasar de la imitación de una persona a otra, la fidelidad que imprimía a sus voces, el apego estricto a su dicción y a sus decires, me dejaron pasmado. LEC no utilizaba ningún guión preestablecido. Soltaba una respuesta inmediata para cada una de las interpelaciones de sus escuchas. Improvisaba con una creatividad desbordante. Tenía frente a mí la prueba irrefutable. Se había apropiado plenamente del carácter de todos los personajes que invocaba a su mesa, en esa tarde espléndida saturada de iconoclasia, llena de irreverencia, plena de sarcasmos, abundante de vitriolo. Políticos, clérigos y periodistas eran amortajados y sazonados a fuego lento en su caldera de humor. No hacía concesiones de ninguna naturaleza. Fiel hasta la temeridad con su quehacer, no tenía misericordia con ninguno, ni siquiera con los oyentes.

Sentados a su vera, comprobábamos complacidos las una y mil razones por las que LEC conquistaba a su audiencia. Los teléfonos no paraban. Las llamadas se multiplicaban al infinito. Comenzaba su retahíla con la bendición del Cardenal Obando solicitada por una joven herética, que parecía no importarle consumirse en las llamas del infierno, al soltar su carcajada al otro lado de la línea, al escuchar a LEC imitando al purpurado. El periodista Edgard Tijerino sellaba sus palabras. Tomás Borge era el más desenfadado. Danilo Lacayo entrevistaba a Daniel Ortega. El poeta Ernesto Cardenal declamaba inspirado una de sus últimas creaciones. Cuando imitaba a Arnoldo Alemán gesticulaba. Igual lo hacía cuando imitaba a Humberto Ortega. El único recurso pregrabado era la canción que utilizó el partido rojinegro durante la campaña electoral, el sonido de los dedos y el chischileo de las pulseras de la compañera Rosario.

El humor es un arma demoledora. La sacralidad de todos los poderes rota por el fino estilete esgrimido por los humoristas. El duro acero del poder se derrite ante el fuego incandescente del humor. El humor despercude a la piel más curtida. Es una especie de pulga que no deja en paz a los poderosos. Mito o realidad, algunos historiadores atribuyen a Julio César, el emperador romano, una frase que expresa en toda su magnitud los poderes disolventes del humor: “Temo más a un epigrama de Catulo que a mil legiones enemigas”. Thornton Wilder la recrea en su sorprendente novela Los idus de marzo. Su imaginación va más allá todavía. El novelista inglés hace ver desplazándose sobre las calles de la Roma imperial a los sirvientes del César borrando de las paredes los epigramas de Catulo. El pueblo los escribía por las noches para irritar al tirano.

Nadie puede reírse del poder sino arriesgo de sufrir su embestida. Esta verdad la saben mejor que nadie los humoristas. En todas las épocas y en todos los gobiernos, en Nicaragua los humoristas que han hecho chanza del poder, han sufrido en carne propia la trompada de los poderosos. Chuno Blandón registra el dato. En su extraordinario ensayo Entre Sandino y Fonseca, (Segunda edición, revisada, corregida y aumentada. Segovia Ediciones Latinoamericanas. Managua. 2008), expresa que “Somoza --como buen dictador-- no toleraba la burla humorística. Es por eso que Manolo Cuadra, GRN y Toño López, tres humoristas que le hicieron blanco de sus sátiras, dieron en diversas oportunidades con sus huesos en la cárcel o aparecieron descalzos en la frontera, rumbo al exilio”. (P. 123). Chuno sufrió iguales desmanes. El último Somoza mandó a dinamitar su radio en los estertores de la dinastía.

LEC discípulo aventajado de su maestro Chuno Blandón, sabe que todo humorista está expuesto a recibir el contragolpe de los mandamases. En el panel convocado por Xavier Reyes Alba, en las instalaciones del diario Barricada, para que los periodistas hicieran sus aportes con la intención de incorporarlos en la Constitución Política que aprobó la Asamblea Nacional Constituyente el 19 de noviembre de 1986, la intervención del humorista Róger Sánchez me pareció exagerada. Róger pidió que en el nuevo pacto político se incluyera un artículo que resguardara a los humoristas de las humoradas del poder. El tiempo se encargó de mostrarme que tenía toda la razón. Los dos cierres decretados por la dirigencia sandinista contra La Semana Cómica me hicieron retorcer la boca. LEC ha sido testigo y víctima de estos embates.

El poeta Beltrán Morales me enseñó que el humor indispone, provoca cóleras, suscita maldiciones y una rabia incontenible. Como practicante del oficio, Beltrán se apoyaba en el humor para descomponer el ánimo de quienes fueron blancos de sus estocadas. También me dio el antídoto. Me aclaró que uno nunca debe enderezar sus baterías contra aquellas personas a quienes resbalan las burlas. Son muy pocas, pero son inmunes. A esta rara especie perteneció el General Charles De Gaulle. El presidente francés se tomaba el humor de una manera serena. Sabía que todo político estaba expuesto a ser sangrado por las agujetas de los humoristas. Todo político que piense lo contrario resulta un tonto irremediable. A estas alturas muy pocos han aprendido la lección. De Gaulle constituye la excepción a la regla.

En cada uno de sus show LEC agrega nuevas voces en una sinfonía que pareciera no tener fin. Asimiló muy bien las lecciones recibidas de Chuno Blandón cuando formó parte de El Tren de la seis, en Radio Istmo. Las contradicciones surgidas con su compañero Ernesto Morales sin ponerse de acuerdo jamás acerca de quién de los dos imitaba mejor a Daniel Ortega, condujeron a LEC a estudiar a sus personajes, a captar hasta sus gestos más simples, los cambios en sus giros de voz, sus ademanes y obsesiones. Empezó a recurrir al espejo, a grabar sus voces, a escucharse. Pulió su garganta y mejoró su estilo. Una ejecución como ésta rebasa al simple imitador de voces. LEC caracteriza a sus personajes. Con su ojo de águila los escudriña a fondo. Se convierte en su réplica.

Desinhibido y conocedor de su ingenio, tuvo la osadía de presentarse ante Julio Sabala. Esperó que el prestigiado imitador dominicano terminara de realizar sus ensayos frente a la piscina del Hotel Intercontinental Managua. Entonces pidió que le concediera dos minutos. Con desenfado le entregó su hoja de vida y los recortes de los periódicos locales que enaltecían sus logros. Sabala celebró su arrebato. Solicitó a Luis Balaguer, su manager, que entregara a LEC dos boletos para su presentación de esa noche. LEC se apareció con la ilusión de que Sabala dijera que esa tarde había conocido al imitador nicaragüense... Una vana ilusión. Durante su segunda llegada al país, Sabala preguntó en el aeropuerto si alguien conocía a LEC. El humorista Luis Ángel Berríos se encargó de buscarle para que atendiera la invitación que le hacía Sabala de almorzar en El Ancla al medio día siguiente.

Tampoco crean que Sabala le franqueó el paso. Contrató a LEC pero lo metió en un cuarto para ser entrevistado por Casimiro Laxión. Con una resolución inaudita, LEC fue visto a través de una pantalla gigante, en una videoconferencia imitando a Daniel y a Arnoldo. Para mostrar sus agallas desbordó el libreto. Más resuelto que nunca improvisó a su gusto. Al final Sabala le hizo una recomendación. “Campeón, cuídate, que no se te vaya la lengua, recuerda que yo me voy y tú te quedas”. Un humorista de la talla de LEC jamás va a comulgar con esta expresión. Todo humorista sabe que danza sobre la cuerda floja. El peor reconocimiento que pueden recibir son los elogios provenientes de los poderosos. Si reciben sus aplausos algo anda mal. Significa que carecen de garras. Sus arremetidas ya no causan urticarias.

La característica del humorista es su iconoclasia. Su naturaleza antipoder los coloca al lado de los pobres y menesterosos. Su pluma, su voz, sus gestos, tiñen de ira a los poderosos. Las llamadas telefónicas que LEC recibía esa tarde en Radio Sol provenían del pueblo. Se congratulaban de saber que existía una persona en Nicaragua, que arriesgaba todo con tal de verles contentos, desencajando el rostro a los representantes de todos los poderes. ¡Les mostraba su inconsecuencia! ¡Sus carcajadas ratificaban que su prédica caía sobre tierra fértil! ¡Con la partida de LEC Radio Sol ya no es la misma, perdió a su principal voz, con la que le ganaba simpatías y escuchas! ¡Pobrecitos sus dueños doblegados frente al poder, algo que nunca lograrán de Luis Enrique!