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El título del presente artículo, bien podría ser el nombre de una nueva película de Pedro Almodóvar, que documentaría las andanzas sexuales de un ex obispo y sacerdote perpetuo. No dudamos que dicha película superaría al film “El crimen del padre Amaro”.

Pero dejemos tranquilo a Almodóvar escribiendo su guión para el celuloide y analicemos con mayor profundidad las implicaciones del voto de castidad. No dudamos que los sacerdotes no están inhibidos de los impulsos sexuales naturales a toda especie viva. Tampoco dudamos que existen sacerdotes que reprimen su libido y que por ética profesional no la confunden con su misión pastoral. Lo preocupante del caso de Lugo es que cada vez se hace más evidente que actitudes como la de él, son más cotidianas en el ejercicio del sacerdocio.

El presidente Lugo se enfrenta a la sanción pública con más rigor, por su doble sombrero de jerarca católico y presidente de una nación. Además de reñir con la moral pública sus actuaciones, riñen con la ley, pues sus actos con féminas pobres menores de edad trascienden del pecado al delito de abuso sexual. También se enfrenta a la inmoralidad de una paternidad irresponsable que produce hijos no deseados en un entorno de hogares disfuncionales afectados por la vergüenza y el estigma social de ser “hijo de un cura”.

Pero lo que más enciende el debate del voto de castidad y el celibato de los sacerdotes católicos es lo que El Concilio Vaticano II no pudo resolver, las presiones de muchos sacerdotes que pedían abiertamente el cese al voto de castidad.

Los diferentes teólogos y papas de la Iglesia siempre han desplegado sus argumentos teológicos y bíblicos para justificar que los sacerdotes se mantengan célibes y castos. Aunque muchos saben que la condición célibe como obligación sacerdotal se aplicó sólo hasta finales de la Edad Media. No le hace mella a la Iglesia Romana en su afán de mantener su posición dogmática, que el supuesto primer Papa de la Iglesia, el apóstol Pedro, fuera casado; que el mismo San Agustín tuvo esposa e hijo, que como ejemplo de una paternidad irresponsable dejó por el poder de la Iglesia.

La argumentación más lógica que algunos estudiosos del tema del celibato sacerdotal exponen para que éste lo mantenga la Iglesia, no es de índole teológica sino de pragmatismo económico. Si los curas se casaran es obvio que no regularían su fertilidad y probablemente tendrían hasta más hijos que el presidente Lugo, lo cual mermaría la riqueza vaticana y esto sin hablar de los derechos de herencia de la prole de la sacristía. Se comprende que puede ser contraproducente compartir el óvalo de San Pedro con descendencias derivadas del clero.

Es vista de que es improbable que el Vaticano permita que los sacerdotes se casen y tenga una vida sexual, se hace necesario que la creatividad vaticana encuentre otros medios para evitar la epidemia “Luguista”, que es una realidad en todos los países católicos. Una solución sería un nuevo voto de castidad reforzado con argumentos católicos, el “voto de castidad original”, el que aplicó el padre apostólico Orígenes de Alejandría, quien se castró, interpretando el siguiente versículo de Mateo:
“Los discípulos le dijeron: “Si ésa es la condición del hombre que tiene mujer, es mejor no casarse.” Jesús les contestó: “No todos pueden captar lo que acaban de decir, sino aquellos que han recibido este don. Hay hombres que han nacido eunucos. Hay otros que fueron mutilados por los hombres. Hay otros todavía, que se hicieron tales por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!” (MT 19, 10-12)
El ejemplo de Orígenes en su “voto de castidad original” provocó muchos imitadores en la iglesia antigua, así lo certifica el Papa Benedicto XVI en su homilía de los miércoles el 25 de abril de 2007, disertando sobre el Padre Apostólico Orígenes de Alejandría:
«Él enseñó», escribe Eusebio de Cesárea, su entusiasta biógrafo, «que la conducta debe corresponder exactamente a la palabra, y fue sobre todo por esto que, ayudado por la gracia de Dios, indujo a muchos a imitarle» (Hist. Eccl. 6,3,7).

Sería fácil para la iglesia justificar la mutilación propuesta en el “Voto de Castidad Original”, pues la misma creatividad argumental que usa para justificar el uso del cilicio, las autoflagelaciones, estigmas y otras imitaciones sangrientas de Cristo, la puede usar para justificar un “clero eunuco”. También algunos mandatos bíblicos de mutilación dan legitimidad al “voto de castidad original” de Orígenes, valga la redundancia, un ejemplo es la mutilación del prepucio del rito judío que al propio niño Jesús le practicaron sus padres.

Con esta base evangélica, teológica y Papal, no costaría mucho al Vaticano implantar con base en la tradición el “Voto de Castidad Original”, pues el entregar completa su virilidad sería visto como el mayor acto sublime de fe de cualquier aspirante al sacerdocio y callaría así, a los críticos que manifiestan que el “voto de castidad” es una hipocresía más de la Iglesia Romana.


rcardisa@ibw.com.ni