Adolfo Miranda Sáenz
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Antes se creía que solo los católicos nos salvábamos, pero San Juan XXIII y San Pablo VI aclararon que toda persona buena y sincera puede salvarse. Creíamos que los niños que morían sin bautizarse iban al Limbo, pero Benedicto XVI aclaró que “el Limbo no existe”, que todos los niños van al Cielo. Creíamos que existía “un lugar” llamado Infierno; pero San Juan Pablo II aclaró que no existe tal “lugar”, que el infierno es “una situación”. El papa Francisco ha dicho al director del diario La República que el infierno no es “un sufrimiento eterno”, sino “disolverse” o “muerte eterna”. La Oficina de Prensa del Vaticano no lo negó —contrario a lo que algunos afirman—, simplemente explicó que lo reproducido en el periódico “no fueron las palabras exactas del Papa”; pero lo importante no son “las palabras exactas”, sino “el concepto”, que no fue negado, sino tácitamente confirmado en el comunicado vaticano. Un infierno concebido como “sufrimiento por toda la eternidad”, no existe.

¿Cambian las verdades de fe? ¡Por supuesto que no! Pero sí cambia la forma de entenderlas. El Catecismo (94), citando la Constitución Dogmática “Gaudium et Spes” (62), enseña que las verdades de fe van siendo mejor comprendidas a través del tiempo, tanto en sus palabras como en sus realidades, y para eso existe el Magisterio de la Iglesia asistido del Espíritu Santo.   

Nuestra fe católica nos enseña que Dios nos creó para vivir felices eternamente, pero debido al pecado perdimos ese derecho: “No comas ese fruto (pecado) porque morirás.” (Génesis 2.17) Pero Jesús, al morir en lugar nuestro y resucitar, ha vencido a la muerte y hecho posible nuestra salvación: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo aquel que en él crea no muera, sino que tenga vida eterna”. (Juan 3.16) Jesús nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá.” (Juan 11.25) San Pablo aclara: “El pago del pecado es la muerte, pero el don de Dios es la vida eterna unidos con Cristo Jesús, Nuestro Señor.” (Romanos 6.23) Algunos habremos pensado que por el pecado hay una muerte del cuerpo, pero no del alma, la cual seguiría sufriendo horriblemente toda la eternidad. Pero el Apocalipsis nos enseña que después de la resurrección de los muertos y del juicio final, los condenados serán arrojados al “lago de fuego” que es “la muerte segunda”. (Apocalipsis 20.14 y 15; 21.8)

Algunas versiones de la Biblia traducen como “infierno” las palabras “sheol” (hebreo) y “hades” (griego), que significan sepultura o lugar de los muertos; pero traducen también como “infierno” el nombre “Gehenna”, que es algo muy distinto. Jesús habló de la condenación comparándola con el Gehenna, un valle donde los cananeos sacrificaban niños al dios Moloch, quemándolos vivos; una práctica que fue proscrita por los judíos, convirtiéndolo en el basurero de la ciudad donde se incineraban la basura y los cadáveres de animales y criminales. Como en todo basurero, había fuego permanente, y todo lo arrojado allí se quemaba. Jesús usó el Gehena para explicar la condenación. El significado de Gehena es el mismo que el del “lago de fuego” del Apocalipsis, donde Dios arrojará a los que no quisieron salvarse, llamándolo “muerte segunda”. Las dos expresiones, de manera figurada, se refieren a la muerte eterna, sin posibilidad de resurrección. Dijo Jesús: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, teman a los que pueden destruir (griego: apólumi) alma y cuerpo en el infierno (Gehena).” (Mateo 10.28) 

La Biblia nos presenta una disyuntiva entre vida eterna o muerte eterna. El Magisterio de la Iglesia en la “Gaudium et Spes” (18-22), nos presenta también esa disyuntiva entre “vida eterna” en el Cielo o la “muerte eterna” que es el infierno (no otra “vida eterna” en un infierno). Lo dicho por el papa Francisco no contradice ninguna verdad de fe, solo la aclara. ¿Sufren los condenados? Por supuesto. Cuando comparezcamos ante Dios para nuestro juicio, tendremos una clara visión del Cielo, algo maravilloso, indescriptible; y los condenados a muerte también lo verán, y mientras contemplan el magnífico esplendor del Reino al que pudieron entrar, pero al que jamás entrarán, tendrán el horrible sufrimiento de haberlo rechazado y perdido para siempre. Allí será “el llanto y el crujir de dientes”. (Lucas 13:28)

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