Francisco Javier Bautista Lara
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“Me opongo a la violencia porque cuando aparece para hacer bien, el bien solo es temporal; el mal que hace es permanente”. 
Gandhi

Ni encuestas, analistas políticos, académicos, Gobierno, grupos opositores, enemigos y amigos del Gobierno, nacionales y extranjeros, pudieron pronosticar con certeza lo ocurrido entre el 19 y el 23 de abril en Nicaragua. Aunque ahora, sucedidos los hechos, cuyo rumbo sigue siendo impreciso, las consecuencias apenas estimables y el tiempo incierto, podrán surgir “gurús del futuro” identificando eventos pasados para pronosticar lo que, habiendo ocurrido, es en apariencia fácil referir. Nadie estaba preparado para las dramáticas circunstancias que alteraron la paz, trastocaron la vida política, social, económica e institucional, que colocó al país en el escenario mundial y deterioró su imagen.

La necesaria e insuficiente, -sin consenso empresarial ni social-, reforma INSS (16 abril) -revocada seis días después-, fue la mecha que desencadenó y juntó inconformidades, al inicio la movilización estudiantil a la que se sumaron diversos sectores –y políticos para aprovechar crisis-; primero, pequeña y concentrada, después creciente y dispersa, desembocando, fuera de control, en violencia y saqueo, vandálica destrucción de edificios públicos y particulares, daños a la vida e integridad física. Y la reacción institucional: desconcertada, reactiva y rebasada, agravando la violencia, cayendo al principio, en desorden, frente a la imposibilidad de atender focos en distintos lugares. Restablecer el orden en aquel panorama no era fácil, asumía altos costos y daños, replegar y limitar la fuerza pública, no usar al Ejército, era indicado. El Estado, obligado a preservar el orden, en circunstancias, para no provocar mayores consecuencias, debe impulsar otros métodos. “La violencia crea más problemas sociales que l
os que resuelve”, dice Martin Luther King.

Lo trágico: más de dos decenas de víctimas fatales, estudiantes, pobladores y policías, todos nicaragüenses, cegadas sus vidas, derramada sangre de hermanos, en un conflicto confuso donde hubo manipulación, intolerancia y desinformación, dejando a familias y al país de duelo. Hay un “clamor que se eleva hasta el cielo”. Nuevas heridas abiertas. 

Desde hace quince años sostenemos que, en la evolución histórica de dos siglos, en Nicaragua ha prevalecido la violencia con motivación política, encima de otras formas: delictiva, étnica, religiosa. Las tasas delictivas, sosteniblemente bajas, han sido menores a otros países de la región. Hay delitos y delincuencia, pero no hay, en la forma que existe en el norte, pandillas o maras que delincan de manera sistémica. Pienso que es impreciso afirmar que los hechos fueron provocados principalmente por “pandilleros” y “delincuentes”, lo que no niega que, en “río revuelto” salieran algunos desbocados y se manifestó lo que convive en barrios, colonias y asentamientos, entre pobreza y exclusión. Las crisis sacan de individuos y sociedad los extremos de lo mejor y peor. Aquí confirmo el planteamiento inicial, en Nicaragua prevalece, más que violencia delictiva, violencia por razones políticas y sociales, inconformidades que, al contenerse, se desbordan en excesos lamentables. ¿Será violencia cíclica que obedece a esq
uemas socioculturales y de cultura política que afloran en determinadas circunstancias? 

Asonadas que destruyen instalaciones públicas ocurrieron antes, focalizadas, motivadas por conflictos distintos: Catarina, La Paz Centro, Chichigalpa, Bilwi, otros.  Ahora los daños fueron en seis departamentos.  He visto tres saqueos: 1972, después del terremoto, 1979 en varias ciudades, y ahora, menos generalizado. ¿Quiénes destruyeron y robaron en negocios y locales? Reconozco que, según imágenes, en la multitud desordenada hubo “cabezas caliente”, y todo: niños, mujeres, jóvenes, adultos, vecinos, extraños, vagos, delincuentes y de buena apariencia. Ocurrió, dicen: “donde va Vicente va la gente”, bajo el criterio: “aprovechá Macario que esto no es diario”. La reacción obliga al análisis sociológico complejo. No todos eran delincuentes ni pandilleros.

En Nicaragua ocurrió “un cisne negro”, metáfora que ilustra el hecho impredecible, imposible de pronosticar que provoca gran impacto. Permanecemos aún bajo efecto del acontecimiento inesperado e indescifrable no observado con estas características durante décadas. 

La multitud cívica que marchó en Managua y varias ciudades (lunes 23), demuestra que es posible garantizar, sin impedimentos, el derecho legítimo a expresarse desde  la diversidad política. El propósito por preservar la paz, superar nuestras diferencias, atender pobreza, desigualdad y desarrollo, tiene un camino sostenible: diálogo incluyente y tolerante para construir consensos y recomponer la paz. Aprendamos o el país y los más vulnerables pagarán los costos. Hay padecimientos y desajustes sociopolíticos que deben atenderse. Es urgente e impostergable. No escalemos el escenario crítico que destruye. ¿Qué esperamos?

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