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Al calor de las recientes protestas en Nicaragua hemos perdido valiosas vidas humanas que jamás se repondrán, hemos destruido edificios públicos, saqueado negocios, y caldeado los ánimos de nuevas y viejas cuentas en el ámbito político. Estamos en todos los más importantes medios internacionales, y ya no por ser el nuevo paraíso turístico, polo de inversión, y de seguridad ciudadana, la única razón por la que consistentemente aparecimos en los últimos diez años. 

No entro al terreno político, ya todos están en eso, pero sí a los efectos económicos de la euforia y la embriaguez de la movilización política, viejas conocidas por mi generación y las que me anteceden. Esta es mi humilde apelación al tema que nos ocupará el día que amanezcamos sobrios: los efectos económicos. 

El expresidente del Banco Central de Brasil, y mi jefe en el FMI, me convocó por almenos dos horas para explicarme la fatídica secuencia de eventos que llevaron a su país, una gran nación, al peor desastre económico de su historia: la caída libre de su economía después de los disturbios políticos de Río de Janeiro en el año 2013.  En seis meses, jóvenes cariocas –con consignas varias y legítimas- destruyeron miles de negocios y edificios de la hermosa ciudad expresando sus malestares anti-gubernamentales, disparados por el incremento al pasaje urbano. La pérdida de confianza en la inversión y la restricción del crédito fueron el causal principal del colapso de la economía. La impresionante tendencia de crecimiento del Brasil, la más larga de su historia, se vino a pique, de 3% en el 2013 a 0.5% en el 2014, a -3.55% en el 2015, y a -3.47 en el 2016, para empezar a recuperarse en el 2017, pero sin llegar siquiera al 1%. En esos años, la reversión hacia la pobreza de los millones de brasileiros que ya habían sal
ido de ella, fue brutal. El país, aún no termina de estabilizarse políticamente y los daños ya dejaron un golpe irreversible al nivel de vida de toda una generación de jóvenes que viven hoy en un peor Brasil contra el que protestaron en el 2013.

Igualmente conversé con mis colegas que ven los temas de Honduras; donde las violentas protestas del pasado año, pusieron un fuerte freno al ímpetu de crecimiento que llevaría a nuestro vecino a un sólido 4.6% en el 2018, hoy la proyección puede llegar al 3.5%. El golpe a la confianza en la inversión fue duro. 

En nuestro caso, si no recuperamos rápido la sobriedad, los daños seguirán acumulándose. El crecimiento económico de Nicaragua cerró con 4.9% en el 2017 y se proyectaba en 5% para el 2018. El impacto no solo vendrá por el golpe directo a la actividad económica en el mes de abril (esperemos no en mayo), sino, sobre todo, por los efectos en las expectativas del empleo, ingreso, consumo, e inversión –local y extranjera-, hacia delante. Las calificadoras de riesgo (Fitch, S&P, y Moody’s) estarán atentas afinando el lápiz de nuestras calificaciones y primas de riesgo. El trabajo en el manejo del financiamiento multilateral del gobierno del presidente Ortega ha sido de clase mundial –y esta afirmación está a prueba del más riguroso de los escrutinios- pero ya no existen en la comunidad financiera internacional los salvavidas “para la reconstrucción” de los países que se autodestruyen en conflictos.  Nuestra macroeconomía estará en condiciones de absorber este shock si lo dejamos donde está, pero si nuestra economía 
entra en espiral de caída, hermanos queridos, la euforia y embriaguez, -proverbialmente hablando- nos llevará a cuidados intensivos, sin tener con que pagar la cuenta del hospital. No quiero poner más ejemplos de lindos países que no supieron navegar y negociar sus cambios o donde dejaron penetrar intereses foráneos, y hoy son estados fallidos, donde reina el caos ahí donde hubo orden, y reina la miseria ahí donde hubo progreso. Muchos aplaudieron sus cambios, pero nadie está ahora en la fila para echarles una mano.  

*El autor es economista y es asesor del director por Brasil en el Fondo Monetario Internacional, donde representa a Nicaragua. Sus artículos contienen sus opiniones y no reflejan ni las del FMI ni la de los países que representa.