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I
A sólo dos días de ser testigos, otra vez, del ritual anual en ocasión del primero de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, el panorama social de Nicaragua refleja cambios formales que no logran esconder una situación en esencia lastimosa para la clase trabajadora. El movimiento sindical ha perdido autonomía e iniciativa para actuar independiente de los círculos del poder político y económico del país.

Presenciamos una gran ironía histórico-social: a buena parte de la clase trabajadora organizada la han sometido a la influencia de esos grupos políticos, cuyos intereses no sólo son opuestos a los suyos, sino que también se permiten orientar su movimiento sindical y conducirlo a través de elementos que –como ellos mismos— en su mayoría han vivido ajenos a toda actividad laboral. Gente devenida en parásito social, “dirige” la lucha de la gente trabajadora.

Se ha creado una patética dispersión del movimiento sindical, junto a su lastimosa inocuidad frente a los graves problemas sociales, como el desempleo, los bajos salarios, la limitada libertad de organización y la indefensión ante las injusticias sociales “clásicas” en las empresas privadas.

Por el lado del oficialismo, los dirigentes sindicales andan sorteando los temas laborales para no chocar con los intereses del proyecto político del partido gobernante, ante el cual rinden su culto y sus cuentas y, fielmente, les obedecen sus directrices. Entre los comisarios sindicales de la oficialista FNT, se destaca un funcionario público y diputado, cuyas principales funciones las dedica a la aplicación de consignas oficiales entre los trabajadores, a reprimir las expresiones sindicales no oficialistas y a sujetar los sindicatos al plan político electoral y pro reelección del presidente Daniel Ortega.

Por el lado del oportunismo de derecha, están al frente de los sindicatos, elementos desclasados y forjados como líderes sindicales a la sombra de las políticas emanadas de los partidos reaccionarios, y algunos ligados a la embajada de los Estados Unidos. A este sector, desde en tiempos de la UNO, se le sumó un grupo de líderes sindicales provenientes del movimiento obrero, originalmente de tendencia socialista. De 1990 a 2006, ejercieron sus tareas oficialistas bajo la influencia política de los tres gobiernos neoliberales. Su misión, es la de frenar la lucha obrera o limitarla hasta donde el interés de clase de sus mentores políticos lo requieren.

En esta situación, en la que, mayoritariamente, se desenvuelven los sindicatos, es más que justo llamar actos rituales sin contenido de clase a los que montan para la ocasión del Día Internacional de los Trabajadores. Lo ritual –mucho de ceremonia y de liturgia, a lo religioso—, incluye levantar las tribunas para el discurso del gobernante de turno, o del político detrás del cual andan los líderes, llevarles a los obreros como clientela pasiva, para que les transmitan su demagógica visión “social”. Como una concesión generosa, del gobernante o del político más influyente, les ceden su turno en la tribuna a los líderes sindicales a su servicio. Luego, éstos vomitan consignas y referencias a los problemas sociales, procurando no mencionar la responsabilidad de sus patronos políticos. En el mejor de los casos, les hacen sugerencias para que pongan en práctica su “gran espíritu social”.

Como dije, estamos muy próximos a ver una celebración más del primero de mayo con mucho de ofensa a la memoria de los mártires de la clase obrera, y nada de la combatividad que históricamente éstos heredaron.


El doble rostro del presidente

II
Al mismo tiempo que el presidente Daniel Ortega hace ostentación en el exterior de un bagaje de luchas y combates revolucionarios de tiempos idos, su actuación en el escenario nacional contradice su pretendida calidad de dirigente de la unidad latinoamericana frente al imperialismo. Son dos actuaciones opuestas, como si fueran las caracterizaciones cinematográficas del mismo actor, una vez con héroe y la otra como villano.

Afuera, hace gala de su trayectoria revolucionaria, convencido de que su auditorio ignora –o finge ignorar— que aquí, en Nicaragua, él practica obvias políticas reaccionarias, en especial en contra de la mujer nicaragüense.

Afuera, declara hacer resistencia a las conspiraciones del imperialismo; pero aquí su mayor actividad es para crear condiciones políticas –como sea y a cualquier costo, virtual y realmente hablando—, para perpetuarse en el poder a contra pelo de la opinión mayoritaria de la población.

Afuera, se luce como crítico de los abusos y los privilegios del poder, porque hicieron esperar varias horas a los presidentes latinoamericanos por la seguridad del presidente de los Estados Unidos, en Trinidad y Tobago; pero aquí, él irrespeta a sus partidarios haciéndoles esperar tres y cuatro horas –bajo el sol o la lluvia—, quizás suponiendo que entre más los hace esperar, más anhelarán ver al gran jefe (al “emperador”, dijo él de Obama).

Afuera, les hace creer a los televidentes que ofende a su sentido de humildad, el hecho de que haya países en donde el gran capital hace estridentes y opulentas campañas electorales para engañar y dividir a los pueblos; pero aquí, él es el dueño del capital que luce la estridencia y la opulencia electorera más grotescas vistas jamás, y que también sirven para engañar al pueblo, y finalmente, si no logra hacerlo, le birla sus votos.

Afuera, para caer simpático al gobierno anfitrión, el Presidente habla sobre las bondades del partido único (lo que allá tienen por razones y circunstancias históricas distintas a las nuestras); en Cuba, condena la división del pueblo por la supuesta causa del pluralismo político, pero “olvida” que aquí la revolución popular sandinista tuvo como bandera el pluralismo político frente a la dictadura, y lo estableció al triunfar. La revolución, por primera vez en nuestra historia, hizo el reconocimiento legal y dio la libertad de organización a todos los partidos políticos. No fue una concesión espontánea, sino el reconocimiento de la lucha del pueblo por un derecho negado por gobiernos civiles y dictaduras militares. El pluralismo sigue siendo válido, porque nuestra pluralidad social y política es fruto de una realidad histórica y no del capricho de nadie.

Afuera, sigue viviendo de su pretérito prestigio, y hasta de los ajenos, como dirigente revolucionario; pero aquí, lo principal de su actividad, a través de sus asesores, lo destina a la acumulación de capital y propiedades, aprovechando los mecanismos y recursos del Estado.

Está demostrado, que Ortega no impulsa aquí ninguna revolución –por ejemplo, a falta de la reforma agraria, protege la actividad de viejos y nuevos geófagos—, y los proyectos de carácter social son limitados, y no serían posibles sin la cooperación internacional.

¿Quién y en qué país puede hacer una revolución de esta forma? Todo resulta una tragicomedia intolerable. Una mezcla de disparates y contradicciones. Pero ambas cosas perjudiciales.