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Es necesario e impostergable señalar los errores políticos, sociales, deportivos, etcétera; y también los de carácter histórico que dañan a las nuevas generaciones. Es el caso de los incontables errores que ha cometido un colega de la AGHN —tardío aficionado a la escritura e ingeniero de profesión— que se autodenomina Magatalpa. Tantos suman que darían, sin exageración, para un libro. Por ahora me limitaré a unos cuantos. 

En una reciente publicación sobre personalidades nicaragüenses, el colega no realiza un uso adecuado de las fuentes, ni aporta datos nuevos. Más bien se limita a copiar —y mal copiar— otros muy conocidos del Internet, llegando al plagio, como en sus páginas sobre Tomás Ruiz (1777-182?) y Ran Runnels (1827-1882), tomadas de investigaciones del suscrito, a quien no da crédito. Sus semblanzas de Rafaela Herrera y José Santos Zelaya no satisfacen siquiera el nivel escolar, como muchas otras. En ellas, por ejemplo, altera las grafías de regiones geográficas, como Castilla del Oro (suprimiendo la /l/), llama “mariscal” a José Trinidad Muñoz, cuando el único con ese rango fue Casto Fonseca, y afirma que Muñoz dio golpe de Estado “al jefe Mateo Pineda”; fue al director supremo Laureano Pineda (1802-1853).

Además, reproduce un falso busto de Máximo Jerez, ejecutado por Edith Gron; pero nada tiene que ver con el rostro —muy divulgado— del León del Istmo. Repite que Juan Iribarren había nacido en Granada: fue en Masaya el 9 de septiembre de 1827. Cree, erróneamente, que el pequeño valle Ocotal Espeso es “un municipio de Matagalpa”. Alude a un “Juan Irisarri, embajador de Nicaragua en Washington”; mas se trata del prócer Antonio José de Irisarri (1786-1868), nacido en Guatemala. Afirma que Rafaela Contreras, primera esposa de Rubén Darío, “era originaria de El Salvador”. Todo el mundo sabe que era tica: nació en San José, Costa Rica, el 21 de mayo de 1869. Insiste en que el año natalicio de Salomón de la Selva es 1894, cuando todos los documentos existentes prueban que nació el 20 de marzo de 1893. Refiere que La Dionisíada, novela de Salomón, se publicó en México en 1958: fue hasta en 1975 en Managua.

Por otro lado, el colega Matagalpa concibe a sus personajes históricos como “buenos y malos”, o sea de forma maniquea e infantil, como si la historiografía fuera un western. Él tiene derecho a divulgar sus escritos, pero no a emitir errores de todo tipo que en nada favorecen a nuestros estudiantes y desprestigian, indirectamente, a la AGHN y a sí mismo. Ya se los he indicado públicamente. También le ofrecí revisar y corregir, gratis, sus textos; pero recurre a sus mismos editores sin autoridad alguna en conocimientos históricos de Nicaragua.

Sin embargo, no todas las semblanzas del colega Matagalpa están plagadas de errores. Constituyen excepciones las correspondientes al héroe norteño de San Jacinto Patricio Centeno —cuyo testamento, facilitado por el suscrito, se transcribe— y al militar húngaro Manuel Gross (1811-1900), ambas interesantes. También curiosa resulta la que dedica al sureño walkerista Birquett Fry (1822-1891) y al entenado del ejecutor del incendio de Granada Charles Frederick Henningsen: John Berrien Connelly (1845-1906), enterrado en Matagalpa. Y cabe destacar su rescate de una amena anécdota del presidente Bartolomé Martínez con el embajador estadounidense de la época, reveladora de la dignidad y patriotismo del primero. 

El susodicho diletante ha incursionado asimismo en anecdotarios de Darío, a quien llama “paisano” por haber nacido en Metapa, pueblo del departamento de Matagalpa; pero allí pasó sus primeros cuarenta días y el 3 de marzo de 1867 ya lo estaban bautizando en la catedral de León. En esta ciudad, pues, se crio y se formó. Por tanto, Darío no fue culturalmente matagalpino, sino leonés. Esencial y genuinamente leonés y, por extensión, nicaragüense. Todos los nicas somos sus paisanos y a mucha honra, aunque los darienses o nativos de la hoy Ciudad Darío son los únicos que celebran su cumpleaños con un certamen de pasteles.

Pero la incursión dariana del matagalpa, como era de esperarse, contiene no pocas afirmaciones erróneas. Verbigracia: la identificación de Rubén Darío Salgado (1945-) como “nieto de Güicho” (Rubén Darío Sánchez, hijo de Rubén y Francisca Sánchez), siendo en verdad Darío Salgado hijo del mismo Güicho. Pero dejaré para otra ocasión detallar tales gazapos y otros más de sus escritos que, como acostumbra el colega, afean la historia patria.