Jorge Eduardo Arellano
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Un nuevo año asoma a las puertas en un contexto difícil, pero esperanzador. Ha pasado un año en el que nuevos aires se han comenzado a respirar en el sistema educativo. Para todos ha sido un año de aprendizajes profundos para el país y su educación. Y es que la educación siempre va en busca de la vida, el cambio permanente, la realización, el desarrollo, la integralidad. La persona es su centro de actuación, sus derechos una lucha permanente.

Desde hace años el país busca caminar por nuevas avenidas que le lleven a mejorar su educación. Discernir estos caminos no es tarea fácil y sólo se logra cuando la educación se convierte en tarea de toda la sociedad, y ésta participa a plenitud diciendo su palabra, superando la cultura del silencio. Es fácil emprender transformaciones educativas al son de modas, sin tener horizontes claros, impuestas por las condicionalidades que contrae el financiamiento externo. Sus efectos han resultado ser “cambios para no cambiar”, efímeros, insostenibles. De esto, el país está cansado y frustrado. Muchos recursos invertidos, pero con muy pocos resultados. En síntesis, tiempo perdido, mayor pobreza, mayores brechas y rezagos.

Este escenario cambia cuando las transformaciones educativas no son antojadizas. Responden a un conocimiento científico profundo de la realidad. Acogen las demandas de la sociedad y van acompañadas de grandes dosis de compromiso, participación dinámica no formal, responsabilidad compartida, talento y talante. Requieren de un Estado capaz de declararse “en estado de educación”. Todo ello con el convencimiento de que la educación siembra un futuro con rostro humano y sostenible para Nicaragua.

Este año concluye con fuertes expectativas de la sociedad, en el sentido que la educación logre mejorar. Los pasos adelante dados por el Mined han sido valientes, aunque conflictivos. Alcanzar el derecho de todo el pueblo a una educación con equidad y calidad no es tarea de un año. El primer paso está dado. Falta seguir avanzando en este andar. Y es que el derecho a la educación no queda techado al lograr la cobertura total. Ésta, por el contrario, apenas es la base del edificio que alberga este derecho. Implica lograr una educación pública con oportunidades pertinentes, desarrollo de capacidades útiles, recursos adecuados y éxito y calidad para todos. No es cualquier educación o varias educaciones (de primera, segunda o tercera categoría). Esta avenida apenas si ha comenzado, falta recorrerla a plenitud.

Someter a consulta de todos los sectores sociales los contenidos del currículum, con todas sus implicaciones, es un atrevimiento muy sabio y saludable. Hará falta que el Mined sepa aprovechar e interpretar técnica y responsablemente la enjundia de las propuestas que surjan. Son procesos como éste los que aportan el máximo rédito de legitimidad y garantía de sostenibilidad a la transformación de todos los currículos.

El aporte presupuestario para éstos y otros cambios es vital. Falta, aún, que la Asamblea logre superar la cortedad de vista con la que, hasta ahora, ha mirado a la educación. Ello requiere de los diputados salir del encapsulamiento en que se encuentran, alcanzando una auténtica y profunda conversión de sus intereses, con una mirada compasiva hacia la nación. Ayudará a esta toma de decisiones la unidad del Mined con las universidades, el Inatec, los maestros, sus sindicatos, la sociedad civil organizada, todos a una voz reclamando el derecho a que el país, su niñez, adolescencia y juventud tengan una educación y un futuro diferentes.

Una nueva perspectiva se avizora en la cooperación internacional con la educación. De multitud de programas y proyectos que competían con la política educativa del país, fracturaban la institucionalidad debilitando sus fuerzas, sin desarrollar capacidad educativa endógena, el Mined está compartiendo con la cooperación una estrategia de acuerpamiento y fortalecimiento institucional, apuntalamiento y sostenimiento de las políticas educativas y desarrollo de capacidades técnico-pedagógicas endógenas. Se trata de una mirada diferente, solidaria, dispuesta a convertir las trampas tradicionales, que han desarrollado mayor dependencia y subdesarrollo educativo, en círculos virtuosos de auténtico desarrollo.

El gran reto está a la vista. Toda transformación educativa está compuesta de un triángulo de componentes que interactúan entre sí como vasos comunicantes: su diseño, la gestión que ha de movilizar su aplicación a la realidad, los medios y recursos. Pero esto no basta, en el centro de este triángulo amoroso está la componente clave: los recursos humanos formados, maestros, técnicos, dirigentes, funcionarios implicados y capacitados para asumir los cambios. Nuestra historia está llena de cambios que se agotaron en su propio diseño. Fueron pensados, planificados y aplicados, obviando los ingredientes fundamentales mencionados. De ellos, el menos valorado, peor preparado y más maltratado siempre ha sido el personal docente. Muchos son los cambios que se están emprendiendo y se emprenderán los próximos años, la mayoría de ellos son de sentido profundo. Cabe preguntarse con mucha sinceridad: ¿Viene este proceso de transformación acuerpado por estos tres vértices en armonía y por el centro de gravedad en el que descansa su posible equilibrio y realización? Todos tenemos la palabra para contribuir y exigir que esto sea realidad.

*Ph. D. Ideuca