Adolfo Miranda Sáenz
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Todos sabemos que es necesario un cambio de Gobierno en Nicaragua que permita el retorno a la paz y tranquilidad, el restablecimiento de la democracia con un tribunal electoral confiable para todos, con elecciones libres y honestas observadas nacional e internacionalmente, incluyendo a la OEA, la Unión Europea y el Centro Carter, así como una reestructuración de los poderes del Estado que garanticen su independencia; y suprimir la reelección de una vez para siempre (porque históricamente ha sido la causa de nuestros problemas políticos). Además, establecer el Estado de Derecho, donde la ley esté por encima de la voluntad de los gobernantes y exista absoluto respeto a los derechos humanos y constitucionales. Por esto se levantaron en protesta, primero los jóvenes y luego la inmensa mayoría del pueblo, y fueron reprimidos por turbas y policías con innecesaria y excesiva violencia, causando muchos muertos, lesionados, mutilados, encarcelados, torturados y apaleados brutalmente. Por el martirio de esas víctimas y sus familiares (incluyendo algunos policías); por haber permanecido ya demasiado tiempo en el poder quienes hoy lo detentan; por el repudio popular; por haberse agotado la confianza de todos los sectores (empresariales, profesionales, laborales, etc.) en las autoridades; por el clamor de la comunidad internacional, el Gobierno actual debe dejar el poder. Lo necesita Nicaragua para recuperarse económicamente, progresar y vivir en paz.

El cambio de Gobierno conviene a todos; a los que estamos en la oposición y a los que gobiernan, pues la historia, maestra de la vida, enseña que cuando un pueblo lo exige, no hay vuelta atrás. Cuando no se tiene la confianza y el respaldo de la inmensa mayoría, cualquier Gobierno está destinado a ser cambiado por otro, sea por una vía pacífica o por una vía violenta más larga y dolorosa, que no conviene al pueblo, pues sufriría mucho más de lo que ya ha sufrido, ni conviene al Gobierno, pues al caer —tarde o temprano— violentamente, pagaría muy caro no haber aceptado el cambio pacífico. Los sandinistas saben muy bien la diferencia entre el cambio violento que ellos propiciaron en 1979 y el cambio pacífico que ellos aceptaron en 1990. Lo sensato es que todos los nicaragüenses busquemos cómo entendernos respaldando firmemente el Diálogo Nacional donde se acuerde el procedimiento para el cambio pacífico de gobierno, celebrando unas elecciones que no dejen duda sobre la voluntad de la mayoría, eligiendo nuevo presidente, vicepresidente y diputados. Esta es la meta principal, lo fundamental. Lo demás se logrará una vez alcanzada esta meta. No se deberían poner obstáculos ni condiciones que impidan lograr lo fundamental. Y prepararnos para unas elecciones libres en que la oposición no lleve banderas partidistas y los políticos den lugar a candidatos no políticos encabezando una Unión Nacional Opositora solamente azul y blanco. 

El problema estaría en que el diálogo fuera bloqueado por el Gobierno que sigue agrediendo al pueblo directamente o en apoyo a grupos civiles sandinistas, o por algunos opositores que no creen en él y prefieren llevarnos a la misma situación de Venezuela, donde no hubo nunca un verdadero diálogo, pues fue boicoteado por gobernantes y opositores, y llevan ya cinco años de protestas en las calles y no logran que Maduro se vaya; solo han logrado más tiranía, más represión, más muertes, más presos y más miseria. Pidamos a los jóvenes que, aunque el Gobierno haya dado motivos de atraso, ellos no lo hagan. El diálogo conviene a Nicaragua. ¡Por favor, muchachos, no escuchen a quienes tratan de convencerlos de tomar otro camino que solo puede llevarlos a la muerte a ustedes mismos y a muchos otros! Hay que encontrar caminos para lograr acuerdos, si no, ¡que Dios se apiade de Nicaragua! Todos debemos ser sensatos y apoyar a nuestros obispos e iniciar el diálogo ya. Y por muchas dudas o desconfianza que hubiese con el proceso iniciado por la OEA, ¡hay que aprovecharlo! La situación ha cambiado. La presión interna e internacional, sobre todo de los gobiernos de Estados Unidos y de muchos países latinoamericanos miembros de la OEA, que ahora tienen la mirada puesta en Nicaragua, hará funcionar bien y agilizar el proceso democratizador iniciado aquí por este organismo. 

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