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Si acaso hubiera que señalar una causa fundamental del atraso y subdesarrollo de América Latina esa sería la violencia. El fin del dominio español no fue seguido de paz, sino de conflictos interminables.

La independencia abrió una espiral terrible de guerras civiles que provocaron la ruina de todos los países, sin excepción.

Caso trágico fue el de Centroamérica, donde las guerras civiles comenzaron en 1823 y continuaron hasta finales del siglo XX, dejando un rastro atroz de muerte, destrucción y sufrimientos. Las guerras civiles propiciaron las intervenciones extranjeras y así, Inglaterra se apoderó, en 1831, de la Mosquitia y, en 1856, apareció el filibustero Walker, contratado como mercenario por los liberales, en su obsesión de derrotar a los conservadores.

Luego vino la intervención yanqui contra Zelaya, la guerra civil de 1910, la intervención directa en 1912, la otra de 1927, consecuencia de la Guerra Civil de 1926, Sandino, la dictadura somocista, cuarenta años de tiranía, la Revolución Sandinista, la guerra dirigida y financiada por EE. UU., la derrota de 1990 y, como resultado, sangre, pobreza y atraso.

La violencia congénita ahuyentó inversiones, arrasó las endebles economías y alejó a los países de los prodigiosos avances tecnológicos, científicos y de conocimiento que harían del siglo XIX un siglo esencial en el destino de la humanidad. Nada de eso llegó a Latinoamérica.

A nuestros países no emigraba casi nadie, ni había nada parecido al progreso continuo de otras regiones del mundo. La maldita violencia ahuyentaba todo y el desprestigio de los países era tal que, aunque se dieran periodos de paz, nadie creía que fueran a durar mucho tiempo. La pobreza y el atraso adquirieron forma estructural, y así hasta nuestros días. 

En 1990 Nicaragua cerró, al fin, su ciclo de violencia, al precio del saqueo del país por la nueva clase gobernante, la desinversión y una corrupción rampante. Más de 600,000 nicaragüenses emprendieron el camino del exilio económico, en lo que constituyó la mayor tragedia humana de nuestro país, pues esa inmensa masa de emigrantes la formaban, en su gran mayoría, gente preparada y decidida, que, a trancas y barrancas, ha sabido salir adelante y hoy sus remesas constituyen el primer rubro económico del país.

El precio, sin embargo, ha sido alto, pues Nicaragua perdió una generación entera de población, que ha enriquecido a otros con su trabajo. La conocida ley de hierro, de que el país de emigración pierde y el país de inmigración gana. Vean, si no, a EE. UU.

En 2006, Nicaragua exportaba la mísera cantidad de 759 millones de dólares y las inversiones extranjeras alcanzaban la ridícula cifra de 280 millones. En 2017, las exportaciones sumaron 2.586 millones de dólares  y los ingresos por inversión extranjera directa  superaron los 1.400 millones. En 2007, solo 34 países tenían inversiones en Nicaragua. Hoy suman casi 70 países. El país lleva una década creciendo a una media del 4.5% y era, hasta hace poco, ejemplo regional de consenso. 

Ahora, rota la imagen, reconstruir lo destruido, será tarea ardua y difícil, pero es una tarea que debe ser emprendida sin dilación, a menos que queramos que nuestro país vuelva a hundirse en otra espiral de violencia, destrucción y desventura.

Lo opuesto a la paz no es la guerra. Ese es su rostro más visible. Lo contrario a la paz es la miseria. Miren el África Subsahariana y piensen. Piensen un momento. Allí se han juntado todas las miserias del mundo porque esa región lleva décadas sumida en una interminable y atroz situación de violencia. Como dijo Gandhi, ojo por ojo y todos quedaremos ciegos. Unos países se suicidan y otros optan por salvarse. Esa es la decisión a tomar. Dialogar o morir. ¡Ay, Nicaragua Nicaragüita!