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Hace dos siglos tuvo lugar en la ciudad de San Miguel de Tucumán, de las entonces Provincias Unidas del Río de la Plata, la declaración de independencia de la república Argentina.

Esta había nacido oficialmente el 25 de mayo de 1810 con la instalación de la primera junta de gobierno, pero obtuvo su carta de ciudadanía el 9 de julio de 1816, cuando desde el congreso de Tucumán veintinueve representantes o diputados firmaron el acta de independencia.

Ejercía la presidencia del congreso uno de los cuatro diputados de la provincia de Cuyo: Francisco Narciso Laprida, leal intérprete de los objetivos de su gobernador el general José de San Martín, quien se hallaba en la ciudad de Mendoza organizando el Ejército de Los Andes, con el colosal proyecto de cruzar la cordillera del mismo nombre en calidad de jefe del ejército de un país soberano.

El gran escritor Jorge Luis Borges ha recreado poéticamente la muerte de Laprida, cerca de Mendoza, víctima de una montonera, el 22 de septiembre de 1829, a los 42 años de edad: “Yo, que anhelé ser otro, ser un hombre / de sentencias, de libros, de dictámenes, / a cielo abierto yaceré entre ciénagas; / pero me endiosa el pecho inexplicable / un júbilo secreto. Al fin me encuentro / con mi destino sudamericano.

En realidad, los hombres de Tucumán —abogados y sacerdotes de cultura amplia y profunda— eran muy jóvenes y conocedores de todas las doctrinas filosóficas y políticas de la época. Soñaron una patria grande y unida, pero las rivalidades, enconos y discordias ensangrentaron la patria recién nacida.

Como afirma el historiador Enrique de Gandía, “uno se alejaron para siempre de la política y los demás se arrojaron a la lucha con la esperanza de salvar la unidad, la constitución y el derecho. Y así murieron, sin haber alcanzado la recompensa y la gloria que la República Argentina les debe”.

Por eso hemos evocado ese acontecimiento histórico, mejor dicho: la declaración de la independencia de la gran nación que ha sido siempre Argentina, cuando decidieron “romper los violentos vínculos que le ligaban a los reyes de España e investirse de alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando Séptimo, sus sucesores y metrópoli”.

Diez días más tarde, en sesión secreta del congreso el diputado Pedro Medrano hizo aprobar una modificación la fórmula del juramento, con el objetivo de bloquear algunas opciones contempladas en aquel momento por las cuales se pasaría a depender de alguna potencia distinta a la española.

Donde decía “independencia del rey Fernando Séptimo, sus sucesores y metrópoli”, se añadió: “y de toda otra dominación extranjera”. Las labores del congreso continuaron en Buenos Aires, donde comenzó a deliberar a principios de 1817 y donde sancionó la Constitución Argentina de 1819.

Por otro lado, los corsarios insurgentes de origen francés al servicio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Luis Aury (1788-1823) y Jerónimo Bouchard (1785-1843) —en sus recorridos por las costas de la América Central— desplegaron el pabellón de las Provincias Unidas, a saber: blanco su centro y azul celeste en sus extremos a lo largo.

Bouchard, más célebre que Aury, ha sido objeto de una amplia bibliografía (fue el único corsario que efectuó una circunnavegación del planeta), pero sus pasos por las costas de El Salvador (Sonsonate) y Nicaragua (El Realejo, donde capturó cuatro bergantines españoles), apenas han quedado referidas en unas cuantas historias oficiales de El Salvador y Nicaragua. En cuanto Aury, José Dolores Gámez registró su presencia en los puertos de Trujillo y Omoa, en la Costa Caribe de Honduras.

Ambos causaron enorme revuelo entre las autoridades realistas durante el proceso de independencia del reino de Guatemala. Es decir: poco antes de ser proclamada pacíficamente en la ciudad capital del mismo reino, el 15 de septiembre de 1821, su emancipación política.

Ambos —reitero— al enarbolar en sus acciones la bandera de las Provincias Unidas del Río de la Plata, o sea el pabellón argentino, inspiraron los colores de las banderas de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Así lo señala Carlos A. Ferro: “los colores azul y blanco se transformaron en el símbolo visible de las esperanzas de los pueblos centroamericanos a considerarse hermanos integrantes de una sola familia. Tales banderas conservan hoy esos colores que constituyen armoniosa síntesis de esa preciada aspiración”.