María Caridad Araujo
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Las familias, en su gran variedad de formas y características, constituyen el núcleo básico de una sociedad, ya que son la célula principal de apoyo. Tanto es así, que tienen su propio día internacional. 

En este artículo quiero concentrarme en un subconjunto de familias latinoamericanas, aquellas que tienen niños entre sus miembros, y abordar tres preguntas, ¿qué cambios han experimentado en su estructura? ¿cómo afectan estos cambios al bienestar y desarrollo de los niños? y ¿qué respuestas demandan desde la política pública?

Menos adultos que viven en hogares con niños

Entre 2002 y 2014, el porcentaje de personas en América Latina viviendo en familias nucleares o extendidas con menores de 18 años bajó del 62.7 al 54.8%. Sin embargo, apenas en cinco países de la región (Brasil, Colombia, Ecuador, Panamá y Perú) fue posible caracterizar la estructura familiar desde la perspectiva de los niños. En los últimos 20 años, se observa en estos países una disminución del porcentaje de niños que vive en familias con dos padres. Los países con la caída más grande son Brasil (donde se redujo del 78 al 69%) y Ecuador (del 80 al 73%). Brasil y Colombia son los países que, en 2014, tenían los porcentajes más bajos (69%) de niños viviendo en familias de dos padres, un porcentaje similar al de Estados Unidos en ese mismo año. Asimismo, ha incrementado el porcentaje de niños en familias monoparentales; en 2014 era cercano al 20%.

Los datos analizados revelan que en este período ha cambiado poco el porcentaje de niños que viven con sus madres biológicas. No obstante, en los países para los cuales existen datos (Colombia, Ecuador y Panamá), ha disminuido la frecuencia de cohabitación de los niños con sus padres biológicos, resultado de una mayor disolución de parejas (del 69 al 60% en Colombia, del 77 al 69% en Ecuador y del 70 al 64% en Panamá). Igualmente, hay un incremento en el porcentaje de niños que crecen en familias de madres sin pareja. En 2014, era el caso para 20 y 22% de los niños en Ecuador y Colombia, respectivamente. A diferencia de lo que se observa en Estados Unidos, en América Latina las mujeres con un mayor nivel educativo no tienen una menor probabilidad de vivir la maternidad sin pareja que aquellas con menor escolaridad.

Los efectos sobre los niños

Los cambios en la estructura de las familias pueden afectar el bienestar y desarrollo infantil de diversas maneras:

En la medida en que estos cambios afectan la capacidad de generar ingresos de los adultos, esto tiene implicaciones sobre los recursos disponibles para atender las necesidades de alimentación, abrigo, salud, entre otras.

En los hogares con menos adultos también hay menos tiempo para atender a los niños, especialmente a los de menor edad, que requieren interacciones abundantes y de buena calidad para su desarrollo saludable.

La evidencia demuestra que, incluso después de estudiar los datos por ingresos per cápita, lugar de residencia, género y etnicidad, aquellos niños que conviven con dos padres tienen mejores resultados escolares, una mayor probabilidad de contar con todas las vacunas necesarias y una menor probabilidad de sufrir desnutrición crónica, que quienes viven solo con uno.

Los efectos sobre los adultos

Los cambios en la estructura demográfica de las familias también pueden aumentar el nivel de estrés de los adultos, en particular si enfrentan situaciones de escasez o de pobreza y no cuentan con redes de apoyo en la familia, la comunidad o en los servicios públicos. El estrés en los adultos, en particular cuando alcanza niveles tóxicos, afecta y limita la capacidad de ofrecer un ambiente favorable al desarrollo de los niños, y puede, incluso, aumentar la frecuencia de comportamientos violentos hacia los niños.

Por otro lado, es posible pensar que los niños que viven en familias donde existen manifestaciones de violencia física o sicológica hacia sus madres, pueden encontrarse mejor tras la disolución de la relación de pareja. Si los cambios demográficos en las familias permiten a las mujeres tener mayor autonomía en sus decisiones y participar en el mercado laboral, pueden impactar positivamente sobre su autoestima, sus ingresos, su salud mental y, por consiguiente, sobre el bienestar y desarrollo de sus hijos.

*Especialista líder de la División de Protección Social y Salud del Banco Interamericano de Desarrollo.
Este artículo se publicó en el blog Primeros Pasos del BID.