Adolfo Miranda Sáenz
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Cuando nací, el presidente era Carlos Brenes Jarquín, liberal; se da por descontado que obedecía el jefe director de la Guardia Nacional, general Anastasio Somoza García, también liberal. Cuando tenía 8 años asesinaron a Somoza siendo presidente y eligieron a su hijo, Luis Somoza Debayle; después eligieron a René Schick, liberal. Entonces tenía 15 años. Los gobiernos me parecían buenos. Había mucho progreso. La vida era tranquila. En ese tiempo solo existían liberales y conservadores, y veía bien los gobiernos liberales. En los colegios religiosos donde estudié aprendí de los sacerdotes que el amor al prójimo es tan importante como el amor a Dios, y eso me marcó mucho formando mi conciencia social. Los liberales se inclinaban a desarrollar programas sociales como el seguro social y favorecían los derechos de los trabajadores como con el Código del Trabajo. Los conservadores, salvo excepciones, eran clasistas. Me imagino que eso era más marcado en mi ciudad, Granada, donde había una “alta sociedad” muy conserv
adora —en la cual nací—  que no calzaba con mis principios. Por ejemplo, oía decir a algunas señoras que “las sirvientas no deben usar zapatos porque se van a creer iguales a nosotras”. Yo no podía ser conservador. Desde niño fui un convencido liberal, como lo fueron mis padres y mis abuelos paternos. Liberal en todo sentido: filosófico, político, económico, social y sociológico, ejerciendo la tolerancia y con la mente abierta a nuevas ideas y cambios sociales.

Apoyé los gobiernos liberales frente a la única oposición: los conservadores. ¿Los Somoza fueron dictadores? El último, Anastasio Somoza Debayle, lo fue en la etapa final del somocismo, cuando decidió reelegirse. Me opuse activamente a Somoza incorporándome al Movimiento Liberal Constitucionalista (MLC) fundado por Ramiro Sacasa, contra su reelección y continuidad en el poder. Este Somoza ejerció una brutal represión a partir del terremoto de 1972. Tenía entonces 24 años. Aunque el somocismo que viví antes no lo sentí como dictadura. Tuvimos gobiernos autoritarios o una “dictablanda”, pero yo lo prefería ante la única alternativa realmente viable: el conservatismo clasista. Los sandinistas apenas se hacían notar iniciando los años 70. Frente a la dictadura del tercer Somoza, los liberales constitucionalistas, de los que yo era directivo, fuimos haciendo alianzas con otros partidos y grupos opositores hasta formar el Frente Amplio Opositor (FAO)  que respaldaba la insurrección armada del FSLN. A los sandinistas los conocía como guerrilleros comunistas, pero entonces aparecieron respaldados por los gobiernos democráticos de México, Venezuela (de Carlos Andrés Pérez), Panamá y Costa Rica, y apoyados por todo el mundo, incluso por los grandes empresarios privados de Nicaragua. Se presentaron con una propuesta de pluralismo político y economía mixta, prometiendo un Gobierno de libre mercado y respeto a la propiedad. Gozaban de un respaldo internacional casi total. Todos los opositores los apoyamos. Sentí que eso calzaba con mi ideología social liberal en favor de los pobres. Apoyé la revolución y, a pesar de que no cumplieron lo prometido, les di durante años el beneficio de la duda, “justificada” por la guerra que entendí, no contra la resistencia, sino contra el Gobierno de los Estados Unidos que estaba detrás. Nunca fui sandinista, pero desde mi liberalismo social de centro-izquierda, los apoyé. Fue un error.

Volví al MLC ya constituido como PLC. Viví los gobiernos de doña Violeta, de Arnoldo, de Bolaños y nuevamente de Daniel. Con el PLC viví sus momentos buenos y malos, de aciertos y desaciertos, cosas que nos enorgullecen y cosas que nos apenan. Este año cumplo 70. He vivido varias dictaduras que han costado 65 mil muertos, y tenemos ahora otra dictadura. Mis hijos y nietos han vivido viendo a Daniel siempre gobernando desde arriba o desde abajo. Ahora espero ver a Daniel abandonar el poder sin más muertes, pacíficamente, mediante elecciones libres donde la oposición se una guardando sus banderas, llevando solo la azul y blanco, y que luego surjan nuevos partidos, incluyendo un nuevo Partido Liberal sin apellido, Liberal a secas. Mi sueño es el sueño de todos los nicaragüenses: ver a Nicaragua libre para siempre de dictaduras. Que nuestros hijos y nietos vivan en una Nicaragua feliz, progresando, verdaderamente democrática y en paz.  


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