Jorge Eduardo Arellano
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Los Acuerdos de Esquipulas II, del siete de agosto de 1987, han hecho surgir varios mitos que es importante dilucidarlos. El primero de ellos tiene que ver con los aportes de la integración a Centroamérica, y aquí destaco que la paz y la democratización de las sociedades divididas llegan a partir de una visión regional.

El primer aporte de la integración son entonces la paz y la democracia. Centroamérica sale de la guerra en virtud de un esfuerzo colectivo que apaga las luces del escenario global y enciende el fuego íntimo de la centroamericaneidad. La clave del éxito de los Acuerdos de Esquipulas II consistió en desarmar la guerra mediante la apertura democrática al interior de las sociedades, y la plena vigencia de las normas internacionales hacia el exterior.

Es sobre estas bases axiológicas que se lanza lo que he denominado La Nueva Ronda de la Integración Regional de la década de los 90. De ahí surge la Declaración de Centroamérica como una Región de Paz, Libertad, Democracia y Desarrollo, proclama que se plasmaría luego en el Protocolo de Tegucigalpa, que crea el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA). Esto nos lleva a diversos mitos. Generalmente se piensa en Esquipulas como un proceso de gestación autónoma e independiente. La realidad es que Esquipulas se explica en cierta medida a partir de la triple confluencia de varios procesos.

El primero de ellos es el referido al proceso de Contadora, que culmina con la nunca suscrita Acta de Contadora de 1986. El segundo proceso es el llamado Diálogo de San José entre la entonces Comunidad Europea y Centroamérica, todo lo cual culmina en los trascendentales Acuerdos de Esquipulas II, tercer punto de confluencia.

La arquitectura de tales acuerdos es sin duda el resultado de un acto de autodeterminación y soberanía regional. Pero no puede explicarse sin la gestión de Contadora y el apoyo continuado de la Comunidad Europea. De ahí que la nueva ronda de integración esté impregnada no sólo de los valores de la regionalidad centroamericana, sino que tiene una factura latinoamericana y una participación europea y universal, donde también intervinieron organismos como las Naciones Unidas y la OEA.

La visión de un contenido económico versus un contenido restaurador de las ideas unionistas han sido superada. Desde Esquipulas II, y aun desde antes, en el Acta de Contadora ya se reconocía la multidimensionalidad de los procesos de integración y desarrollo.

Esquipulas explica entonces también lo que sucede con posterioridad: el surgimiento del paradigma del “Desarrollo Sostenible”, reflejado en la Alianza para el Desarrollo Sostenible de Centroamérica (Alides) de 1994 y del paradigma de la “Seguridad Democrática”, reflejado en el Tratado Marco de Seguridad Democrática en Centroamérica de 1995. Ese Tratado Marco de Seguridad Democrática, encargado a Nicaragua en su redacción, permitió incorporar --diez años después-- importantes conceptos retomados de aquella histórica Acta de Contadora.

Y es que en realidad el proceso de Contadora es la expresión de identidad y autodeterminación de una América Latina que ha buscado incesantemente sus raíces y que encuentra en CA, como las aguas que devuelven la propia imagen, una fisonomía propia, con su acervo axiológico único y su postura solidaria.

Esto me lleva a un tercer mito relativo que me sirve como pretexto para una anécdota. Me refiero a la idea de que Esquipulas era un resultado inevitable, dado el entorno de cambios mundiales.

La verdad es que la determinación humana y regional jugó un papel decisivo. Las negociaciones entre los cancilleres el día seis de agosto de 1987, en la víspera de los Acuerdos de Esquipulas en Ciudad Guatemala, se trabaron gravemente en importantes compromisos. Surgió así la idea de un grupo de personas vinculadas a los equipos de negociación, con la plena participación de Nicaragua, para intentar encontrar, sin mandato alguno, sino de forma oficiosa, la posibilidad de consensos.

Las negociaciones informales comenzarían en la tarde del seis de agosto y sólo terminarían al amanecer del siete de agosto. El texto fue pasado directamente a los presidentes y ese mismo día, pocas horas después, los cancilleres reiniciaron las negociaciones oficiales. Ello dio pie a una de las ficciones de negociación más impresionantes. Mientras se debatía fuertemente en el salón ministerial, los propios presidentes decidían en otro el rumbo de la paz con el texto consensuado la noche anterior y la madrugada del siete.

Las negociaciones volvieron a trabarse en el cuarto ministerial, pero ante el asombro de los que no estaban enterados, un emisario de los presidentes llegó a comunicar a los ministros que ya habían alcanzado un consenso definitivo entre ellos mismos. Continúo con un mito que desvincula los procesos subsiguientes a 1987 del proceso de Esquipulas. Realmente lo que sucede es que Esquipulas marca el camino definitivo hacia la paz, pero la construcción se tuvo que ir haciendo en negociaciones posteriores.

Es así que el Plan Conjunto de Desmovilización y Repatriación Voluntaria de la Resistencia Nicaragüense y sus familiares en Nicaragua se concertaría después en Tela, Honduras. Lo mismo sucedió con los acuerdos de paz en El Salvador en 1992 y en Guatemala en 1996. Sin embargo, esos acuerdos no pueden explicarse por una dinámica autónoma de los procesos. Esquipulas sentó las bases mínimas para las negociaciones que pondrían fin a los conflictos armados en esas naciones.

A veinte años de los Acuerdos, se abre para CA una ventana de oportunidades para construir un visión regional que considero es una de las herencias principales de Esquipulas para construir la centroamericaneidad.

El Acuerdo de Asociación con la Unión Europea -–diálogo pionero entre dos comunidades-- abre una puerta importante a esa Centroamérica que busca también afianzar su identidad y su cohesión social. Este clima favorable se ve favorecido por el fallo de la Corte Internacional de Justicia en el caso entre Honduras y Nicaragua, resultado que provocó una conducta prudente derivada del contenido equitativo del mismo.

Podemos tener ahora un patrimonio territorial regional con los valores propios de un “ser” centroamericano cuyos perfiles deben construirse a fuerza de integración, consenso y solidaridad. Las tensiones deben resolverse con mayor integración, dando paso a una Centroamérica que provoque la idea regional de destino permanente.

Los que critican a CA porque no se integra a pesar de la enorme ventaja de venir de un pasado común, deben comprender que la integración es también un proyecto compartido hacia el futuro.

La declaración “Golfo de Fonseca, una Zona de Paz, Desarrollo Sostenible y Seguridad” puede despejar también un importante foco de tensiones y abrir avenidas de colaboración y cooperación trinacional. La reciente decisión de Panamá de iniciar el proceso de ratificación del Protocolo al Tratado General de Integración Económica Centroamericana apunta en la dirección de universalizar los instrumentos comunitarios
Igualmente, la sobresaliente labor que ha venido realizando la Corte Centroamericana de Justicia mediante la promoción de la participación de los jueces nacionales como jueces comunitarios y el fortalecimiento de sus funciones, genera también un clima muy positivo. Crece asimismo la conciencia sobre la necesaria reforma del Parlamento Centroamericano, cuya constitución fue todo un símbolo del proceso de paz de aquel entonces, a fin de adecuar y ampliar sus funciones.

La Unión Aduanera, cuya firma se anuncia para el mes de diciembre, es también un paso trascendental hacia la unidad económica. El legado de Esquipulas sigue vivo; mostró que la unidad regional es nuestro patrimonio más poderoso frente a la guerra antes y frente al desafío de la Centroamérica social de hoy.

Esquipulas mostró que –-en medio de nuestras vulnerabilidades-- contamos con un patrimonio regional de fuerza y voluntad que puede llevarnos a la verdadera comunidad centroamericana que aporte los bienes del desarrollo tan largamente postergados para nuestros pueblos.