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Nos referimos a Freddy Quezada (1958): un sociólogo erudito en filosofía posmoderna, exégeta de la Teoría del Caos y autor de un manual El pensamiento contemporáneo (2006), ejemplo de condensación, pero menos amplio, serio y equilibrado que otros de sus coetáneos costarricenses. Fruto de una iniciativa del periódico El Acontecer, publicación mensual de la Universidad Politécnica (Upoli) y de su director Norberto Herrera Zúniga ––intelectual orgánico de la Iglesia bautista–– fue concebido desde la caída del paradigma marxista y escrito con originalidad y erudición.

Partiendo de La condition postmoderne (1979) de Jean-François Lyotard (1924-1998), resume brillantemente el postestructuralismo francés, el nihilismo clásico alemán, el vanguardismo estético europeo, el poscolonialismo, las teorías dinámicas no lineales, las holísticas y el pensamiento del cartógrafo. Autores como el mismo Lyotard —quien deslegitima el discurso especulativo y emancipatorio, más los grandes relatos—, el “desconstrutivista” Jacques De
rrida (1930-2004) y Gianni Vattimo (1936) fueron determinantes para la formulación de la llamada filosofía postmoderna que Serrano Caldera —en el prólogo de este útil panorama— prefiere denominar transmoderna. 

En su escritura se advierte un dómine igualitarista, autoimaginado a la par de grandes pensadores como Walter Mignolo y el historiador del pensamiento latinoamericano Eduardo Devés Valdés; y creyéndose el único capaz de desenmascarar los artificios del poder. En concreto, se percibe como “un híbrido extraño de marxismo residual de juventud, antimperialista tradicional latinoamericano y socialismo a la europea”. Reduce la historia occidental a un enfrentamiento entre hegelianos de derecha (fascismo) y hegelianos de izquierda (marxismo) “con un falso centro kantiano democrático […] Hoy podemos hablar en contra de todos ellos desde un nietzscheanismo postmoderno, trágico y melancólico, perspectivo y lúcido”. 

De hecho, Quezada ha elaborado un ensayo valioso: “Diez tesis poderiales” —el neologismo es de su invención— acerca del subcontinente, mejor dicho, de la denominada América Latina, cuya génesis de su idea y nombre investigó Arturo Ardao. Pues bien, para el enfant terrible de nuestros ensayistas filosóficos, América latina no existe. Tampoco hay dos: la legal y la real, sino una: la que no conocemos. Es una amalgama y no ha sido siempre víctima: también ha tenido y sigue teniendo sus venganzas. Además, Quezada emite un “maldito deseo”: que la migración latinoamericana en los Estados Unidos se imponga sobre “la cultura anglosajona, débil y decadente”.

Estas y otras tesis reflejan su condición de escéptico, al igual que su “clasificación” reduccionista de reconocidos pensadores locales en: a) marxistas, “que dosificaron su ortodoxia en distintos grados” (los hermanos Gustavo Adolfo y Óscar-René Vargas); b) blandos, “suavizados por la ola de respeto a las diferencias y que abrazaron otras corrientes como las nuevas teorías mediáticas” (Guillermo Rothschuh Villanueva y Carlos Fernando Chamorro); c) drásticos, “que pasaron a defender los nuevos conceptos democráticos y liberales” (Luis Sánchez Sancho, Mario de Franco, Mario Arana); y d) neoliberales propiamente dicho (Noel Ramírez, Francisco Mayorga, Arturo Cruz Sequeira, José Luis Velázquez).

En un segundo libro, coeditado su cónyuge Aurora Sánchez, declara que la sociología “no puede quedar reducida a una mera gestión de proyectos, a una sociometría de diversos fenómenos sociales de impacto mediático, o a un simple estudio de tendencia sociales de mercado”. Él le otorga una función del más alto vuelo: ocuparse de la sociedad como proyecto humano. Debates contemporáneos (2011) se titula esta obra en la que se ofrecen profundos intercambios de ideas entre pensadores euro-estadounidenses, subalternitas de la India y postcoloniales latinoamericanos y nicaragüenses. 

Un tercer libro de este singular pensador ––recurrente como nadie a la comunicación electrónica–– es Pensamiento y debate (2013). Escrito con Aurora Sánchez, continúa la línea crítica de los anteriores y, sobre todo, la de provocador Los intelectuales: entre el mito y el mercado (2007) del argentino Carlos Shulmaister. Pero en uno de sus capítulos reconoce varios logros de “la parodia creativa” y, entre ellas, la que el suscrito apunta al relacionar El Güegüense con Don Quijote en uno de sus ensayos; es decir, la parodia como principio creador y subversivo.

En fin, Freddy Quezada prefiere que lo llamen “loco” y no “cínico”. Sigue creyendo en el Caos como sistema y se considera un “bacafe”. O sea: una mezcla de Mikhail Bakunin (1814-1876), el anarquista político; de Albert Camus (1913-1690); el artista rebelde y de Paul Feyerabend (1924-1994), el epistemólogo irreverente. Un pensador estimulado por el afán de destruir, la vocación de crear y la necesidad de reír.