Francisco Javier Bautista Lara
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En memoria de las víctimas

Nicaragua, el Estado y sus instituciones, las organizaciones políticas, sociales y gremiales, los grupos en su diversidad de necesidades e intereses, requerimos asumir como parte esencial del pacto social, la opción cívica para construir y transformar el país, y desestimular y erradicar del presente y futuro de la nación, la opción violenta para resolver nuestras diferencias y reclamar nuestros derechos entre particulares y frente al poder público. Abonar a una cultura de paz se sustenta en diálogo, justicia, solidaridad y equidad. 

Transcurrido un fatídico mes marcado por el duelo, la destrucción y la violencia, con protestas, movilización social, coerción policial, violencia delictiva, saqueos, destrucción de instalaciones y espacios urbanos, amenazas, ofensas verbales y físicas, manipulación informativa, deterioro humano, institucional, económico y social, acumulados desde el 19 de abril, se abrió la oportunidad esperanzadora de resolver la crisis por la vía del diálogo (16 de mayo), ruta por la que los nicaragüenses de buena voluntad apostamos.

Es ineludible asumir, sin perjuicio de las legítimas demandas de justicia frente a las responsabilidades gubernamentales y particulares, posiciones contundentes en contra de los métodos violentos para protestar y reclamar, y la acción o reacción policial o parapolicial agresiva que pretenda coartar el derecho a la demanda cívica. 

La protesta social civil es legítima, debe estimularse y facilitarse, es derecho humano y político. Los ciudadanos, como práctica esencial para fortalecer la convivencia democrática, deben disponer cauces pacíficos para manifestarse, respetando el derecho ajeno, sin destruir el patrimonio privado y público, ni atentar contra la vida, integridad física o propiedad del otro. La protesta cívica como actitud social requiere asumirse sin descalificarla ni frenarla.

¿Es posible? Es necesario e indispensable, condición de sobrevivencia y desarrollo, sino, nuestros ciclos de violencia serán interminables y continuará prevaleciendo lo que hemos argumentado en otras ocasiones: en Nicaragua, durante dos siglos, ha prevalecido, más que la violencia delictiva –niveles históricos bajos-, la violencia política y social que, al desencadenarse desboca todas las pasiones.

Asomémonos en la historia y veamos el presente. Recordemos a Martin Luther King: “Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia”. Cortemos el dramático ciclo. Mons. Romero la refirió como “violencia fanática”, hay quienes “endiosan la violencia como fuente única de la justicia y la propugnan y practican”, dice es “mentalidad patológica”, agrega: “cada uno cree tener la verdad y echa la culpa al otro…, cada uno se ha puesto en un polo de ideas intransigentes”. 

La Policía debe fortalecer su rol preventivo y actuar por preservar y recomponer su autoridad por la seguridad ciudadana, contra las acciones delictivas que dañen el derecho ajeno. No debe actuar contra la protesta cívica, debe proteger la movilización social y política auténtica para expresar inconformidades y demandas, aunque sean extremas o irracionales, merecen ser escuchadas para buscar consensos e identificar caminos sensatos.

Quienes protestan, -ante la actual realidad política y social que marca un antes y un después-, deben reivindicar la legitimidad cívica de sus actos, deben guardar distancia y rechazar la violencia, la destrucción y a los azuzadores. No a los tranques agresivos, no a la quema de casas particulares ni oficinas públicas y vehículos, no a la destrucción y saqueo de negocios, no a la destrucción de espacios públicos, no a la amenaza, no al daño humano físico y moral, no a la impunidad, no a la muerte, no más víctimas, independientemente de quienes sean. 

Las iglesias, gremios privados, organismos no gubernamentales, entidades académicas, grupos políticos, comunitarios, universitarios y sindicales, entidades extranjeras e internacionales, todas las organizaciones y ciudadanos, en el ejercicio ineludible de abonar por el bien común, debemos recurrir a la razón, cerrar puertas y denunciar la violencia, venga de donde venga, denunciarla, descalificarla, aislarla, desestimularla, desmontarla. La única opción política responsable, cristiana y humana, por el bienestar común, es promover métodos cívicos, participar según nuestras convicciones en la consecución de nuestras demandas, dialogar, expresarnos y escuchar, construir consensos y cambiar. 

Veamos cómo se desangran otras partes del mundo por prolongados conflictos delictivos políticos, étnicos, religiosos y nacionalistas. No se solucionaron a tiempo, continúan incentivándolos. Nosotros hemos vivido experiencias dolorosas. Podemos empantanarnos en intransigencias sin sentido o encontrar soluciones paulatinas y pacíficas, es la oportunidad para mejorar y avanzar, o el riesgo para hundirnos.

Gandhi refería la “No violencia activa” y expresó un peligro real: “Ojo por ojo y todo el mundo quedará ciego”, ¿quiénes apuestan a eso? No puede ser. Creo en lo que afirma Mons. Romero: “hay esperanza, podemos reconstruir nuestro país. Los cristianos –la mayoría de Nicaragua-, llevamos una fuerza única, ¡aprovechémosla!” Somos más quienes queremos paz, los que preferimos protestar y expresarnos por la vía cívica, alimentemos eso, y encontraremos el rumbo.

Paz y bien. 

www.franciscobautista.com