Adolfo Miranda Sáenz
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La forma cómo cayeron los muros de Jericó es una lección para nosotros hoy. Dios prometió dar la tierra de Canaán a Abraham y a sus descendientes. Habían pasado muchos años desde la promesa que Dios hizo, y todavía no poseían la tierra. Sin duda, a los israelitas se les habían enseñado muchas cosas acerca de esta maravillosa tierra que fluía leche y miel, y deseaban que fuera su país. Habían pasado cuarenta años vagando por un desierto estéril y la idea de la maravillosa tierra que estaba delante les daba fortaleza para seguir adelante. Cuando llegaron a la tierra, hubo una ciudad que se interponía en su camino a la tierra prometida; era la ciudad de Jericó. Una ciudad grande que tenía dos grandes muros alrededor, como una fortaleza. Cuando el pueblo de Israel cruzó el río Jordán, la ciudad estaba cerrada, nadie entraba ni salía. Josué dirigía a los israelitas que ya estaban cerca de entrar a tomar posesión de la tierra. Pero los muros de Jericó se interponían. Entonces Dios dio a los israelitas, por medio de Josué, instrucciones para que las murallas de Jericó fueron derribadas. Eso sucedió alrededor de 1400 años antes de Cristo.

En la Sagrada Biblia encontramos el relato en el capítulo 6 del Libro de Josué. El ejército debía marchar alrededor de la ciudad una vez al día durante seis días. Siete sacerdotes debían llevar siete trompetas de cuerno de carnero delante del Arca de la Alianza. Al séptimo día darían siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarían las bocinas. La gente no debía decir nada durante las primeras seis veces en su marcha alrededor de Jericó. Después de dar siete vueltas alrededor de la ciudad, en el séptimo día, los sacerdotes debían hacer sonar las trompetas de cuernos de carnero, y todo el pueblo dar un gran grito, y los muros caerían al suelo. Ellos obedecieron, y los muros cayeron tal como Dios había dicho a Josué y pudieron tomar la ciudad. Fue así como se derribaron los muros de Jericó que impedían el paso a la tierra prometida.

Este relato bíblico del Antiguo Testamento debemos entenderlo a la luz del Nuevo Testamento. La Carta a los Hebreos dice: “Por la fe cayeron los muros de Jericó después que fueron rodeados por siete días.” (Heb 11:30) Es decir, el relato nos da una lección de fe; no debemos interpretarlo necesariamente como una narración literal de lo acontecido históricamente. Efectivamente los muros de Jericó fueron derribados y el pueblo de Israel tomó la ciudad, pero los detalles de la narración, como se acostumbraba en la antigüedad y sobre todo en Israel, tienen un propósito didáctico y religioso. Lo primero que debemos entender es que Dios nos dice en su palabra que Él tiene su propia manera de hacer las cosas y que no siempre es igual a la forma como lo hacemos los hombres. Pero los hombres no debemos estar pasivos; para derribar aquellos muros Dios mandó marchar, sonar las trompetas y gritar, y el pueblo obedeció y los muros cayeron. Debemos nosotros tener la fe suficiente para hacer lo que Dios dice y esperar que su 
manera de actuar tenga éxito. Es impresionante el poder de Dios; ante ese poder no hay muros que puedan resistir. 

Los israelitas pudieron haber decidido ir contra los muros por su propia cuenta al margen de Dios, pero no actuaron así. Dios les habló por medio de Josué y ellos obedecieron. Nosotros debemos escuchar a los pastores que ha puesto para conducir a su pueblo, tener fe en Dios y en el poder de la oración. En su primera carta el apóstol San Juan nos dice: “Nos dirigimos a Dios con la confianza de que, si pedimos algo según su voluntad, nos escuchará. Y si sabemos que nos escucha cuando le pedimos, sabemos que ya poseemos lo que hemos pedido.” (1Jn 5.14 y 15) Así es, porque Jesús afirma: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá.” (Mt 7:7 y 8) A la luz de la palabra de Dios, sabemos que si ante nosotros se levantan muros, Dios tiene el poder de derribarlos como hizo caer los muros de Jericó. 

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