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La paz para mí es poder mirar el transparente cielo y ver volar, dibujando una V gigante y azulada, a una tropa de gaviotas en lugar de ver el cielo herido por puñales de aviones y cazabombarderos.

La paz para mí es sentir que en lugar de que llueva fuego indiscriminado del cielo, caigan gotas dulces y húmedas como caricias y lamidos de un amante tierno.

La paz para mí es contemplar desde la ventana cómo los hijos juegan y crean sinfonías con sus voces callejeras, sin sentir el temor escalofriante de que quizás más tarde o mañana no estarán vivos.

La paz para mí es poder compartir, en las horas tenues en que muere el sol, la sabrosa textura de un dulce casero, el aroma intenso del café recién colado, con los viejos y confortables amigos, sin sentir opresión en el pecho, sequedad en la boca, hielo entre las manos.

La paz para mí es poder caminar por las calles y soltar al viento los sueños y las penas, mirar sin reloj las vitrinas, sentarme solitaria en un parque debajo de un árbol de mango, intentando comprender o comprenderme, dejando que el alma sabia de la vida cuide de mí.

La paz para mí es saber que mi vida no depende de la voluntad de otros, que mis ríos no son desbordados arbitrariamente en otros cauces, que nadie decide por mí o por mi futuro, que el único dueño de mi destino es el Altísimo, a cuya amorosa voluntad me acojo.

La paz para mí es saber que no tengo que huir a otras tierras, que no tengo que abandonar mi casa ni doblegar mis credos, que digo y hago lo que siento y pienso y que el respeto es un camino ganado arduamente y sin sobresaltos.

La paz para mí es caminar serenamente por la playa, sentir cómo el espíritu sagrado de la madre Tierra late con su corazón pródigo y saber que esta no esconde en sus entrañas minas ni explosivos, sino calor reverente y delicadas caricias.

La paz para mí es mantener inalterable el ritmo pendular de los actos cotidianos, la sacralidad gozosa de los pequeños actos, un desayuno simple de familia, un “chao mami” en tono engreído del hijo mayor, una visita a la madre acogedora, una conversación por teléfono con un pariente amado y lejano, un hojear un libro nuevo y embriagarme, sabiendo que no pesa la amenaza y el peligro sobre los callados pasos del tiempo presente…

La paz para mí es no guardar violencia en el corazón; es comprender, más con el alma que con la razón, que la vida es sagrada; cultivar el respeto y la tolerancia como se cultiva una rara orquídea de delicados pétalos. Es entender que los violentos, en realidad, son los más débiles por mucho daño que hagan y que solo los que aman son fuertes.

La paz para mí no tiene ideologías, no tiene religión, no tiene bandera, es el himno sagrado de las almas autónomas, porque la paz con los otros, la paz social preñada de verdad y justicia, nace en la soledad y en el silencio, con la paz en el corazón.


*(Tomado del libro El discreto encanto de lo cotidiano. La autora es escritora ecuatoriana)