María Augusta Rodrigues Ribeiro*
  •   Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Compartir material pornográfico en los grupos de WhatsApp es una práctica habitual entre hombres, en muchas sociedades. En los últimos años esta práctica ha venido a convertirse en un nuevo ritual para reafirmar la masculinidad hegemónica de los hombres. Prueban así que son verdaderos hombres: viriles, sexistas, violentos… leales a la cofradía masculina. 

Tras el inicio de la crisis nacional el 18 de abril, el material pornográfico intercambiado a través de estos grupos ha sufrido un cambio fundamental. A través de las redes sociales virtuales empezaron a fluir cientos de imágenes y videos, reales o trucados, extraídos tras hackear los teléfonos y cuentas de Facebook y WhatsApp de algunas de las mujeres que han tomado protagonismo en esta crisis. Participantes en el diálogo nacional, estudiantes, presentadoras de televisión o activistas virtuales, se han visto víctimas de este delito, en el cual se vulnera el derecho de la víctima a la intimidad.  

Además, esta actividad representa también un acto de violencia sexual digital, que es un tipo de violencia de género en el que se produce una violación pública de la moral de la víctima.  

Nadie lo ha denunciado públicamente. No se han escrito artículos de prensa, ni se ha hecho alusión a estos crímenes durante las sesiones del diálogo nacional. Pero el material ha sido compartido miles de veces a ambos bandos de la contienda. 

La violencia sexual ha sido un arma de guerra habitual durante los conflictos bélicos sucedidos a lo largo de la historia. El objetivo de la misma en este caso es derrotar moralmente al enemigo. Su fin específico es infringir daño moral al bando al que pertenecen las mujeres afectadas. El daño moral se amplifica infringiendo la violencia de manera masiva sobre los sujetos que se juzgan más frágiles en el bando contrario. Por eso históricamente estos crímenes se han perpetrado contra las niñas, los niños y las mujeres jóvenes.

En la era digital, los cambios en las tecnologías de comunicación e información han propiciado que la violencia sexual como arma de guerra haya invadido un nuevo espacio de contienda: la web. La violencia sexual digital en contextos bélicos es un fenómeno reciente. 

El hecho de que estemos inmersos ya en un contexto de este tipo puede ser discutido, pero parece innegable que vivimos en medio de una guerra mediática y de una guerra virtual, con dos bandos claramente diferenciados, con intereses políticos contrapuestos y con numerosas víctimas mortales de por medio. 

Estamos a tiempo de evitar más víctimas mortales. Paremos esto. 

Cada acto de violencia no denunciado por los actores centrales de la crisis, es un acto de violencia que se avala, se perpetúa y se reproduce. Si queremos parar la violencia, es necesario que los actores protagonistas en esta crisis cesen, denuncien y repudien públicamente estas violencias.

Todas las violencias deben ser condenadas: los asesinatos, los homicidios, los crímenes de violencia sexual, las agresiones a los ciudadanos en los tranques, las mentiras y omisiones en los medios y la violencia patrimonial y económica contra el Estado y la ciudadanía. Sin hacer diferencias entre el tipo de violencia, la orientación política o la identidad de las víctimas. 

No puede haber violencias menos condenables que otras, porque las unas se alimentan de las otras. El repudio debe ser total, por parte de todos los actores y reiterado en el tiempo. 

Hasta que este compromiso contra la no agresión sea asumido y cumplido por ambas partes, Nicaragua no tendrá paz, y cada día la fractura social se profundizará.

Algunos dirán que el fin justifica los medios, pero en los 400 años de historia que tiene esta sentencia, yo creo que deberíamos haber aprendido algo más. Seamos sabios, seamos valientes, seamos justos y responsables con el país y con el futuro de las próximas generaciones. 

*  El autor es Economista especializada en Género y Políticas Públicas.