•  |
  •  |
  • END

A diario asistimos a una serie de eventos y hechos que pueblan nuestra vida cotidiana y cuya implicancia ponen en crisis nuestra naturaleza racional y trastocan la convivencia humana poniendo en riesgo su propia existencia.

Frente a una realidad que no controlamos y que por muchos aspectos demanda ser trasformada, reaccionamos con sentimientos a veces de impotencia, de rabia extrema y en el peor de los casos con una cómoda resignación que nos restituye nuestra tranquilidad aparente, pero que irremediablemente nos condena a transitar por los sórdidos caminos del individualismo enfermizo.

En la silente lucha ideológica que se combate y en el juego cruzado en que nos colocan, cada día cobra más vida el postulado de que la verdad está escrita en los libros de la eternidad y nuestro destino predeterminado por fuerzas teleológicas de todo tipo que limitan el desarrollo de una ética de la responsabilidad.

El providencialismo y el caudillismo han logrado castrar hasta ahora todo impulso reformador que concede a la Razón, la calidad de fuerza constitutiva de la historia terminando por fusionarse con la cosmovisión mágica y fatalista por cierto muy operativa en las sociedades Precolombinas. La fractura entre realidad social y sistema político se agranda y la visión mística-mágica domina nuestro pensamiento.

Realidad y ficción se cruzan en nuestro devenir con efectos a veces catastróficos y casi siempre con su secuela de dolor. Y dentro de ese panorama desolador a diario recogemos los frutos de una existencia inverosímil como es el caso de la subcomisionada de Policía encargada de la Comisaría de la Mujer, órgano que tiene como objetivo el combatir la violencia intrafamiliar en general y la violencia contra la mujer en particular. Las circunstancias de su muerte, más allá de sus atributos y virtudes, nos debe inducir a revisar sobre el real valor de las convicciones, sobre la exigencia imperativa de que toda vocación demanda una coherencia de pensamiento y acción, sobre qué impidió una conciencia de alcanzar plenamente la trascendencia de su labor, de cómo un comportamiento comprometido demanda ser siempre una bandera de lucha permanente contra una cultura que produce víctimas, dolor y huérfanos. Los estudiosos de la Antropología Evolutiva concluirán que sucumbió a sus instintos ancestrales, a sus impulsos emocionales, a su ingenua pasión virtuosa que su incipiente racionalidad no logró neutralizar, y como ella, tantas nicaragüenses cada año son víctimas de ese código que desde los tiempos bárbaros y obscuros arma la mano de tantos asesinos que se fundamenta en una cultura agresiva, posesiva, transgresora de la dignidad que la educación formal e informal parece nutrir. En los comentarios que escuché durante la Semana Santa, a propósito de la muerta brutal y sin sentido de un joven venido de Miami para encontrarse con su amada en un pueblo del norte no me pareció identificar gestos de repulsa enfática y condena total hacia una cultura que condena a una vida a morir a los 33 años.

Por los datos suministrados por la misma Policía resulta evidente que la violencia intrafamiliar alcanza niveles considerables entre sus miembros, lo que nos lleva a interrogarnos si ese cuerpo está debidamente capacitado para enfrentar semejante flagelo que demanda una acción firme y eficaz, sobretodo en el plano de las diversas formas de educación. El fenómeno es tan preocupante y tan difundido que me lleva a preguntarme cuánta violencia intrafamiliar se oculta entre los miembros de la llamada red de defensa de las mujeres.

La persistencia de un Estado incapaz de una regulación social, es decir con nula o poca eficiencia para regular e institucionalizar condiciones de orden social, que tienen que ver con la tutela de la vida en toda eventualidad y circunstancia aflora en su real dimensión en el reciente caso de Masaya, donde una joven discapacitada con graves lesiones cerebrales fue declarada clínicamente muerta y escapó a una muerta segura gracias a que el sistema de refrigeración de la morgue del Hospital Humberto Alvarado, por falta de mantenimiento apropiado, estaba fuera de servicio, el azar también juega su parte en los acontecimientos de la vida, impidiendo esta vez que la hibernación convirtiera la muerte clínica en muerte irreversible. Acorde con la lógica dominante desde ya se levantan diversas voces que gritan al milagro, pero lo más perturbante es que, hasta donde mi real entender me permite, ninguna autoridad delegada por mandato de ley de custodiar el principio constitucional de defensa y tutela de la vida se ha sentido obligada a abrir una encuesta que precise y verifique si el diagnóstico o muerte clínica fue hecho de conformidad con los parámetros y protocolos internacionales, si los aparatos de apoyo utilizados para el diagnóstico fueron los apropiados y si los mismos se encontraban en buenas condiciones al momento de su uso, y por último, y no menos importante, si el personal que emitió el dictamen del deceso era el adecuado por experiencia y nivel de formación. De frente a este caso surge la interrogante sobre quien nos protege del error humano o bien de la tecnología que nos ha enseñado que los aparatos, por muy sofisticados que sean, no siempre aciertan. La ley norma y regula la gestión del acuerdo o contrato social y la vida es al centro de tal acuerdo.

En una ciudad del centro del país --un quinceañero-- según publicaciones periodísticas, manejando su vehículo en la carretera a Río Blanco, presumiblemente a alta velocidad, se estrelló provocando su muerta y la de dos jovencitas más. Con una diligencia sorprendente se afirmó que la causa del accidente fue la explosión de un neumático que hizo perder el control del automotor, ¿y los quinces años del niño conductor? –no es esa la edad definida como de poca percepción del riesgo y lo que las leyes del tránsito de todo el mundo traducen como una constatación al establecer una mayoría de edad para acceder a la licencia de conducir. Si la ley fue creada para garantizar la seguridad vial, cómo se logró violarla. Cualquier Juez del planeta podría concluir que la imprudencia de la autoridad y de los adultos condenaron a estos jóvenes a una muerta prematura en el putativo caso que el chofer haya tenido quince años.

Desde hace algunos años nos invade una oleada incontenible de superstición religiosa que nada tiene que ver con el enorme capital espiritual que encierra la práctica de una sana fe. Nos predican que el día de mañana no nos pertenece, que tenemos que esperar cada día para saber lo que nos trae, que solo la muerte es cierta, sin saber la hora y día de ella. Los templos con variadas denominaciones se han convertido en prósperos lugares de sanación sin llevar un registro adecuado que testimonie en forma rigurosa sus éxitos proclamados a través de las diversas radios sandinistas Estas actividades, patéticas por la ingenuidad de sus protagonistas, aunadas a la limitación de recursos de toda índole de los servicios de salud, al adormecimiento de una cierta vocación y mística, por la falta de verdaderas políticas de incentivo, que subsanen en el marco de una administración moderna la búsqueda del interés propio que ha criado el caos en el campo de la solidaridad e identidad están desarrollando peligrosos patrones de comportamientos en ciertos grupos de población, particularmente en aquellos que por sus bajos ingresos y su baja escolaridad son presa fácil de este tipo de mensaje y terminan frente a la impotencia refugiándose en las diversas fábricas de sueños ofertadas. Recientemente, por el incremento de la mortalidad materna , los directores de los hospitales maternos-infantiles explican tal situación por la deserción voluntaria de los pacientes de los cuidados que demanda su enfermedad y ,no hay duda que esto podría ser uno de los elementos causales, sin llegar a ahondar en una explicación integral que reconozca que debido a las deficiencias del sistema, las crisis permanente de desabastecimiento, que impacta en la maltrecha economía familiar, la poca solidaridad humana manifiesta empuja a los desesperados de la tierra a refugiarse en las promesas y milagros que muchos pastores ofertan en la dura competencia por la conquista de las almas, en la lucha por ganar a adictos y feligresías siempre más amplias.

Al estadio actual del desarrollo de las ciencias médicas sabemos que existen muertes evitables y muertes inevitables. Un cáncer diseminado se clasifica como muerte inevitable, un accidente de cualquier índole que comporte la destrucción de un órgano vital es siempre una muerte inevitable, etc. Las causas de muerte de la etapa biológica de la gestación son todas casi evitables mediante la implementación de un paquete de acciones acertadas y eficientes que en forma integral aborde el problema. Un incremento en la mortalidad materna en cualquier país, particularmente en su capital, es una clara señal del deterioro de la situación de salud de una población por más que los ensalmos pretendan curar y se intente otorgarle un manto de dignidad teórica a la realidad nacional.