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El equivocado e injusto bloqueo estadounidense contra Cuba debe suspenderse lo antes posible, sin condiciones. Se opondrán algunos y hasta alegarán que en la isla se violan los derechos humanos acerca de las libertades sociales e individuales, pues está prohibido organizarse fuera del partido de gobierno, no se pueden crear medios de comunicación y no es posible criticar en los medios oficiales. Tampoco hay opciones a la hora de votar, sólo cuentan los candidatos del Partido Comunista.

Pero las libertades individuales y sociales son sólo una cara de los derechos humanos. La otra cara es la justicia social, en lo que Cuba es ejemplo resplandeciente en aspectos relevantes, con sus sobresalientes niveles de salud y educación, tan elevados como en los países desarrollados, y, en algunos casos, superiores. En el resto de América Latina hay libertades formales, y salvo algunos países como Chile, Costa Rica y Uruguay, casi nada de justicia social, y millones de niños y jóvenes no tienen salud ni educación y muchos mueren de hambre. Casi novecientos millones de personas sufren la tortura de la falta de alimento en todo el mundo. ¿Qué peor violación a los derechos humanos?
En el enfoque sobre los derechos humanos ha prevalecido el área de las libertades, y desde esta perspectiva Cuba está con los pies hinchados, pero hay que mirar también el aspecto de justicia social, y entonces la mayoría de los países latinoamericanos tendrían que ser condenados. Casi toda América Latina debería ser sancionada por violaciones sistemáticas a los derechos humanos esenciales, comenzando con el derecho a la vida. El bloqueo a Cuba, pues, es indefendible. Tendrían que bloquear a muchos países más.

Por otro lado, es correcto que hay que respetar los sistemas políticos que los pueblos escogen, excepto cuando ese modelo de gobierno violenta los derechos consignados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), y es obvio que si se trata de respetar el sistema “escogido” por la población cubana, estamos hablando de un esquema unipartidario e impositivo, que niega las libertades. En este caso, el “respeto” a un sistema se volvería complicidad con la negación a un conglomerado social, de una parte sustancial de sus derechos humanos, los cuales son irrenunciables.

Ahora pasemos a los vínculos de la situación cubana con Nicaragua. El Presidente Daniel Ortega recientemente explicó con firmeza en La Habana su adhesión a un modelo político unipartidario, como el de Fidel y Raul, porque la existencia de varios partidos, argumentó, divide al pueblo a favor del imperio. La “confesión” del Secretario General del FSLN, en realidad no confiesa nada, porque es conocida su vocación totalitaria, pero es importante que lo haya dicho claramente y sin tapujos, y hasta lo haya explicado, para que no haya ninguna duda al respecto.

La declaración del Presidente de Nicaragua es gravísima porque manifiesta un descomunal atolondramiento ideológico que mentalmente lo sitúa en las primeras décadas del siglo pasado, y enfilado en el entusiasmo prevaleciente por muchos años en la izquierda mundial, con un sistema de “dictadura del proletariado” que, en los países socialistas europeos, devino ciertamente en la dictadura, pero no de los obreros de la ciudad y el campo, sino de una camarilla, de un grupúsculo que, al concentrar el poder y ejercerlo sin fiscalización pública, se corrompió en alma, vida y corazón.

Esos grupos se convirtieron en dictaduras de un sólo partido político y una sola central sindical, que ejercieron férreos controles sobre la sociedad mediante administraciones burocratizadas de implacables comisarios políticos que sustituyeron el actuar participativo y creativo de las masas obreras y campesinas, de los pequeños propietarios urbanos y de los sectores estudiantiles, profesionales e intelectuales, coartando y suprimiendo los derechos, las libertades y la democracia.

La creatividad de la gente fue sustituida por reuniones de pequeños grupos de “representantes” encargados de aplaudir servilmente y de aprobar con mansedumbre las decisiones del pequeño y omnipotente grupo veleidoso de “arriba”, que ejercía el poder mediante el mando y ordeno, el verticalismo y la obediencia ciega de sus subordinados.

En la Unión Soviética, la camarilla encabezada por Stalin poco a poco fue configurando lo que Bujarin denominó “la maquinaria infernal”, que no era otra cosa que todos los resortes del Estado utilizados para denigrar, reprimir y exterminar violentamente a quienes no pensaban como ellos. Rosa Luxemburgo, la valiente feminista, la “Rosa Roja” asesinada, criticó crudamente el concepto de “dictadura” que surgió con Lenin y Troztky, y reivindicó el derecho al pensamiento propio, a criticar y disentir, a la libertad y a la democracia, sin lo cual, apuntaba, no es posible construir un régimen social justo y humano.

El Presidente Ortega pretende eliminar a todos los partidos políticos e imponerle su partido, el FSLN, a todos los nicaragüenses, así como su organización de control social, los Concejos del Poder Ciudadano (CPC), a lo que hay que agregar sus grupos paramilitares uniformados, armados de piedras, garrotes, tubos, morteros, bombas, machetes y cuchillos, para aplastar manifestaciones opositoras.

Éste es el desfasado, triste y peligroso capital ideológico del FSLN. Su autoritaria concepción política está anclada erróneamente en el siglo pasado. Ha sido incapaz de leer bien las implicancias de la caída del Muro de Berlín y del sistema socialista mundial. No ha podido interpretar la experiencia cubana, y mucho menos la vietnamita y la china, estas últimas también prisioneras del unipartidismo, pero con economía de mercado. El respeto al individuo, así como las libertades y la democracia, le son ajenas a su estrecho pensamiento.

El fanatismo se ha enseñoreado en el FSLN. Hay un grupo que manda, que sustituye lo que debería ser de verdad un poder ciudadano, que cree tener el patrimonio de la verdad y que llama “enemigo” a quien no piensa como él. Quieren eliminar la individualidad y masificarnos. Ejercen el poder a cualquier costo e incluso utilizan el terror para dominar a su militancia y a toda la sociedad. No se puede contradecir, mucho menos criticar. Muchos empleados públicos, incluyendo funcionarios de primero y segundo nivel, viven agazapados en sus verdaderas creencias, disimulando, con miedo a perder sus puestos de trabajo o privilegios. El grupo de poder, encabezado por el Presidente Ortega y su esposa Rosario Murillo, quiere perpetuarse en el gobierno. A su favor tiene un poder inmenso. Sin embargo, parodiando a Darío: Y, pues contáis con todo, falta una cosa: la gente, y su necesidad de libertad, inherente a todo ser humano.


*Editor de la Revista Medios y Mensajes
gocd56@hotmail.com