Galo Muñoz Arce
  •   Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Con Simón Bolívar, acontece lo que con grandes hombres, con retazos aislados de sus escritos se intenta probar su identificación con las posturas ideológicas más disímiles. Pero una visión global de su pensamiento tiene necesariamente que ir al análisis de los grandes ejes que articularon  toda su formación ideológica política. Esto supone no solamente una revisión de los elementos integradores del pensamiento bolivariano, sino también el carácter de sus contradicciones.

Uno de los rasgos más sobresalientes,  y quizá el más  el más original del pensamiento de Bolívar,  es que consideraba a Hispanoamérica en conjunto como objeto de un análisis. El libertador inaugura la visión de un subcontinente como sujeto de la acción histórica. Antes existían colonias españolas en América, un “imperio” colonial pero solo desde el ideario bolivariano.

Y esto al menos en dos direcciones fundamentales, la una por hallar la identidad común  de todos nuestros pueblos, pese a  sus diferencias  e heterogeneidad. La otra complementaria a la primera, como un intento de encontrar  la distinción frente a Europa y Norteamérica.

Muchos autores  e historiadores como el ecuatoriano Enrique Ayala Mora, se esfuerzas por encontrar la identidad histórica de sus comarcas. “Bolivar fue más allá, intento abarcar toda Hispanoamérica como objeto de su consideración.Esta ambiciosa visión de la realidad le anticipó por décadas a sus coterráneos, pero significó al mismo tiempo que muchos de sus planes concretos carecieran  de la viabilidad y solidez necesarias para ponerse en acto.

El libertador fue un estadista ambicioso en su programa pero no un iluso. Al contrario puede  establecerse que otro elemento fundamental de su pensamiento, es el realismo. Bolívar fue un realista cunado propuso sus formas de organización política  de los nuevos países hispanoamericanos. “Las leyes solo son buenas, cuando  contemplan la realidad concreta de los pueblos en que van a ser aplicadas”, repetía.

Otro elemento fundamental del pensamiento de Bolívar es  su esfuerzo por hacer posible la democracia hispanoamericana, es decir, por construir sistemas políticos nuevos  y a la vez estables en las nacientes repúblicas. 

Bolívar creyó que una garantía especial de la supervivencia  de la democracia era la vigencia del régimen unitario. Consideraba, en ese entonces, que el federalismo podría ser perfecto , pero  era absolutamente inconveniente para Hispanoamérica. Con ello trató de superar una  lucha feroz que desangró el continente por casi cincuenta años.

Cuando el libertador habla del origen del poder  en la voluntad de los miembros de la sociedad,  plantea la tesis de la soberanía popular. Pero ese “pueblo” sujeto a la soberanía no es el mismo al hablar de la composición de la sociedad, o de su gobierno.

El pueblo es para Bolívar toda  la población de la república. Está compuesta de blancos, criollos, mestizos, pardos, indígenas  y negros. Todos ellos por principios tendrían  iguales derechos  e igual garantía de participación.

Por fin hay un rasgo fundamental  del pensamiento bolivariano en su concepción internacional. Y es que la afirmación de la identidad hispanoamericana  y de su unidad  se presenta como una garantía frente a  amenazas  del creciente poder de los Estados Unidos, a la independencia y unidad  de las antiguas colonias españolas del sur.

El autollamado “Socialismo Siglo XXI”, visto como el ejercicio de un poder coactivo y arbitrario durante esta última década de gobiernos “progresistas”,  dieron lugar a formas de concentración del poder, corrupción, represión y disciplinamiento de la sociedad pocas veces registradas en nuestra historia latinoamericana.

El autoritarismo y verticalidad en la toma de decisiones  ha sido la causa y consecuencia  en la construcción de un andamiaje institucional del Estado, controlado directa y absolutamente por la función  ejecutiva que no solo sacrificó la independencia de las funciones estatales, sino que se ha estructurado un aparato de control policial sobre todas las esferas de la vida pública. 

La democracia sin diversidad, sin discrepancias, sin debate, sin diferencias y sobre todo sin crítica no es una auténtica democracia. No hay democracia donde impera el control del poder, donde se pretende instaurar un movimiento político hegemónico, donde se restringe la libertad de expresión, donde se criminaliza la protesta social donde se institucionaliza la  represión a los opositores.