•   Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

En un reciente viaje a la capital costarricense me enteré ––a través de la docta palabra de mi amigo Armando Vargas Araya–– que el actual presidente del país vecino es un escritor reconocido. En efecto, el treintañero Carlos Alvarado Quezada ha publicado dos novelas: La historia de Cornelius Brown (2007) y Las posesiones (2012), aparte de un cuentario: Transcripciones infieles (2006), laureado ese mismo año, y del cuento “Cuatro aperturas para ningún final” también laureado y difundido en 2003.

Y es que el recién electo mandatario continúa una tradición de letrados que ganaron la Presidencia de su patria, remontada al maestro Juan Mora Fernández (1784-1854), primer jefe de Estado de Costa Rica. Vargas Araya señala en ellos el persistente cultivo de las letras y enumera sus obras escritas, llegando a esta conclusión: “La pluma, no la espada, marca el desarrollo de nuestro carácter democrático”.

Desde luego, no todos los que han gobernado Costa Rica ejemplifican esa hermosa tradición ejemplar. Vargas Araya prescinde de los dictadores ticos ajenos a las letras: Tomás Guardia (1831-1882), quien estuvo doce años en el poder; y Federico Tinoco (1869-1931). Pero enaltece a quienes, verdaderamente, manejaron la pluma con singular dominio aportando obras valiosas, o se ejercitaron efímeramente en el verso como Rafael Yglesias (1861-1924) y Daniel Odúber Quirós (1921-1991).

Incluso pondera los logros literarios de las dos magnas figuras que produjo Costa Rica en los siglos XIX y XX: Juan Rafael Mora (1814-1860) y José Figueres Ferrer (1906-1990), respectivamente. Don Juanito redactó 140 textos entre mensajes presidenciales, discursos ––auténticos ensayos de análisis político y social–– y proclamas próximas al poema en prosa. Y don Pepe ––nos recuerda Vargas Araya–– publicó dos ensayos de largo aliento: Cubases tiernos en abril (1970) y Así nacen las palabras y los cuentos (1982).

Cuando en 1923 se fundó la Academia Costarricense de la Lengua, tres expresidentes la integraron: Julio Acosta García (1872-1954), sucesor de Tinoco, a quien había combatido desde Nicaragua; Cleto González Víquez (1858-1937) y Ricardo Jiménez Oreamuno (1859-1945). De don Julio se ha compilado un volumen: A lo largo del camino (2010). De don Cleto ya se editó el primer tomo de sus Obras completas (2014) y el pensamiento de don Ricardo fue motivo de la exégesis elaborada en 1980 por Eugenio Rodríguez Vega.

De todos los costarricenses que han desempeñado la Presidencia de la República, el más culto ––en concepto de Vargas Araya–– ha sido Teodoro Picado Michalski (1900-1960), cuyos últimos doce años transcurrieron en Nicaragua.

Aquí fue apreciado conforme a su categoría intelectual. No en vano se le recibió como socio correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua el 7 de septiembre de 1949 en el Salón Rubén Darío del Palacio Nacional. Su discurso, que duraría dos horas, versó sobre “la egregia personalidad del licenciado don Ricardo Jiménez Oreamuno, por tres veces presidente de Costa Rica, con dos soluciones de continuidad”. Le contestó el doctor Carlos Cuadra Pasos.

La presencia de Picado Michalski entre nosotros resultaría fecunda. Precisamente la estoy investigando. Muchos artículos publicó en diarios y revistas de Managua, entre ellos una semblanza del prócer José Cecilio del Valle (1777-1834) y otra de Rafael Francisco Osejo (1790-1848), el nica de Sutiava que forjó el estado del país hermano a inicios de la independencia. De don Teodoro son conocidos dos pequeños tomos: Rubén Darío en Costa Rica (1919 y 1920) y cinco obras más, destacándose Estudios históricos (1947) y Memorias (2001).

Armando Vargas Araya ––para mí el más calificado y consciente de los actuales historiadores de su patria–– también registra en su ensayo “Hombres de letras costarricenses en la Presidencia de la República”, inspirador de estas líneas, la producción escritural de Otilio Ullate Blanco (1891-1973) y de Abel Pacheco de la Espriella (1933). Pero no la detallaré.

Para concluir, diré que prácticamente en Nicaragua se carece de esa admirable tradición letrada. Nuestro único mandatario que, al mismo tiempo, fue político, militar y escritor se llamaba José María Moncada (1870-1945). Treinta y uno ––entre libros y folletos, incluyendo algunos en inglés–– suman sus títulos impresos e incontables son los editoriales que escribiera en los cinco periódicos que dirigió: El Centinela (1893-94 y 1910-11), Patria (1899 en Tegucigalpa), El Heraldo Americano (1912 en Nueva York), El Nacionalista (1914)  y El Liberal (1936), los dos últimos en Managua. Pero muy poco se conoce su dimensión intelectual.