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Cuando vivimos tiempos difíciles nos puede invadir la inquietud y el temor. Es natural. Son mecanismos de defensa con los que Dios nos dotó para enfrentar algunas situaciones. Si nuestra mente no reaccionara inquietándonos, permaneceríamos indiferentes ante lo que requiere nuestra atención; y si no sintiéramos temor, no reaccionaríamos ante el peligro para prevenir, evitar o disminuir el daño que nos amenaza. Pero no debemos permitir que la inquietud y el temor se conviertan en zozobra y pánico, ni que paralicen nuestras acciones. Nunca el camino estará despejado de problemas. En el Evangelio, Jesús afirma: “Les digo esto para que unidos a mí tengan paz. En el mundo tendrán dificultades; pero ¡no tengan miedo! Yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33) 

Como Jesús nos dice, tenemos que enfrentar muchas dificultades. Tenemos que derribar murallas poderosas con mucho sacrificio; pero debemos superar el dolor, la tristeza, y ¡seguir adelante! Jesús sabe que nuestra debilidad puede llevarnos a perder la fe y la esperanza en que vamos a resolver o superar las dificultades que nos atormentan. Aunque Dios nos ha dotado de medios para enfrentar y resolver estas situaciones, no siempre somos lo suficientemente fuertes para enfrentar, solo con nuestro propio esfuerzo, lo que nos produce inquietud o temor. Por eso, Jesús nos asegura que no estamos solos, que él está con nosotros. Él, que, despojándose de su condición divina, vivió en este mundo como cualquier ser humano y sufrió dificultades, problemas y tristezas; que supo lo que es sufrir y llorar; que tuvo una muerte terrible. Él, que resucitó y venció a la muerte. Él, que resucitó a los muertos, sanó a los enfermos, calmó las tormentas y multiplicó los panes. Jesús, que es Dios todopoderoso, nos dice que no tengamo
s miedo, porque con su amor seremos “más que vencedores”. (Romanos 8:37)  

Cuando pasamos tiempos difíciles, la angustia provoca que dudemos de Dios. A veces nos preguntamos: “¿Será que Dios no nos escucha?” Hay situaciones que acorralan nuestra fe; pero, ¡Dios siempre nos escucha! Jesús no nos promete lograr lo que necesitamos sin sacrificio; pero no nos deja solos, siempre nos da fortaleza y luces para superar cada situación e incluso nos ayuda a tener gozo y paz en medio de las dificultades. A veces su respuesta no es inmediata, ni como nosotros quisiéramos, pero no perdamos nuestra fe; recordemos otras situaciones difíciles por las que antes hemos pasado y de las que Dios nos ha ayudado a salir. Debemos orar y alabar a Dios como el rey David lo hacía, incluso cuando su espíritu estaba abatido: “En mi angustia llamé al Señor, pedí ayuda a mi Dios y Él me escuchó desde su templo, ¡mis gritos llegaron a sus oídos!” (Salmo 18:6) El apóstol San Pablo nos dice: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de quienes lo aman.

¿Qué más podremos decir? ¡Que, si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar contra nosotros! Si Dios no nos negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos también, junto con su Hijo, todas las cosas? ¿Quién nos podrá separar del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, o las dificultades, o la persecución, o el hambre, o la falta de ropa, o el peligro, o la muerte violenta? En todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Estoy convencido de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente, ni lo futuro, ni lo más alto, ni lo más profundo, ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios. ¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor!” (Del Capítulo 8 de la Carta a los Romanos) Confiemos en Dios porque él nos ama. No olvidemos nunca que, aunque la lucha sea muy difícil, ¡Él está a nuestro lado!

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