•  |
  •  |
  • END

Entre los rasgos del carácter granadino de mi tiempo se destacaba un extraordinario sentido del humor. Porque, como lo desarrollo en mi libro sobre esa aldea señorial, ningún otro pueblo en Centroamérica ha sido heredero del ethos andaluz como el de Granada. Este pueblo goza de su humor, de la alegría de vivir y siempre está dispuesto a la “chanza” —como lo comprobó el guatemalteco Pepe Batres en 1837—, a la burla y a la fisga, en fin: a gozar del ridículo.

En 1927 J. Trinidad Gutiérrez, serio emborronador de cuartillas, observaba: “Como soy hombre que me ando toda la República en mi propaganda literaria, noto su cultura: los habitantes son circunspectos y no andan con bromas de pinol como en Granada, donde todo es chile y payasadas”. Pero la permanente guasa local fue trascendida por un verdadero humor que acusa una subyacente crítica de poderoso, aunque fino, calibre. En 1974, cuando celebramos el 450 aniversario de la ciudad, un amigo retrató fulminantemente a un diplomático de exagerado prognatismo: “Si se ducha, se ahoga”.

Agudo y espontáneo, el humor constituye el más rico patrimonio vital de los granadinos y fue canalizado en publicaciones periódicas de índole satírica como El buscapié (1862), semanario en el que se inició como escritor Enrique Guzmán Selva, uno de los cultores del humor granadino en el siglo XIX; en El Morrongo (1907), de otro gran humorista, Anselmo Fletes Bolaños; en El Alfiler y El Censor, otros semanarios “en serio y en broma” editados en 1942, como también en La Papeleta, de Jimmy Avilés, durante los años 90. La puya de Guzmán quedó fijada en el soneto de Adán Vivas: ática abeja que su dardo clava, / hiriendo va su mofa voladora / y nuestra lengua atiéndele sumisa. Es sabido que Guzmán no se aficionaba a los versos. Sin embargo, cuando eran compatibles con su temperamento humorístico, se atrevía a espetarlos. Una cuarteta suya en contra de Anselmo H. Rivas señala particularísima infidelidad conyugal de éste: ¿Quién será o puede ser? / Es del África tostada / A quien no le bastó su mujer/ Y siguió con la cuñada.

Mas el humor granadino se remontaba, a los finales de la colonia. Y no era fino, sino chabacano. Fue el caso de los ponenombres que, según el historiador José Dolores Gámez, desaparecieron con la guerra civil de 1854. Un tal Aranita, talento especial para los apodos que hacía reír a sus compinches, se apellidaba el último de sus caudillos y hasta el mismo Fruto Chamorro, la protagonizó en su juventud. Esta costumbre consistía en salir por las noches, cuando la población se entregaba al reposo, a motejar con apodos infamantes a los vecinos, sin distinción de clase, sexo y edad. Para esto se disfrazaban la voz a fin de eximirse de responsabilidades.

Aún los apodos en Granada, como en toda aldea hispanoamericana, abundan. Tienen casi siempre de blanco los defectos de las personas a quienes se los endilgan, incluyendo a foráneos como un miembro de la Junta de Gobierno en 1973: “Piojo peinado”. Jimmy Avilés les dedicó amenas y rigurosas páginas. Pero no cabrían todos en una compilación. Uno, que reflejaba el implacable humor granadino, llamó la atención al italiano Franco Cerutti. Se trataba del hijo de “Culo viejo” —sastre del barrio “El Hormiguero”— y de “La Pelona” que, sólo por venir al mundo, fue bautizado popularmente como “Culo viejo pelón”.

Toda esta vena humorística revela una personalidad imaginativa o, más bien, una imaginación personalista, de origen andaluz; pero enriquecida por el trópico y la tragedia histórica de la ciudad. A principios de 1856, el filibustero William Walker advirtió al caudillo localista en el exilio, Fulgencio Vega, que iba a quemar su casa y reducir Granada a escombros; entonces Vega le contestó: —Sepa Walker que Granada tiene muchas calles torcidas y que así aprovecharemos el incendio para trazarlas todas a cordel.

Otros ejemplos de este rasgo del estilo se dieron en los dichos y ocurrencias. De los primeros, uno se proyectó más allá del ámbito local: “Hasta que dijo misa el Padre Chombo”, surgido del caso del Padre Jerónimo de la Vega. Como éste carecía de suficiente aptitud intelectual para la carrera del sacerdocio, su ordenación fue muy tardía, aplicándose la citada expresión a personas que después de fracasar constantemente en una actividad, al fin obtienen algún logro o alcanzan la meta que aspiraban mucho tiempo atrás.

De la misma época --principios del siglo XIX-- data otro dicho, caído en desuso: “Es peor que el lagarto que se comió a Palomino”. Con esta expresión se denunciaba a los individuos insaciables, originándose de la siguiente anécdota: Palomino, marinero del Gran Lago, dormía en medio de varios compañeros sobre la costa de la bahía de San Juan del Norte --sin ser el primero ni el último de la fila-- cuando un lagarto lo eligió para devorarlo ante las atónitas miradas de sus compañeros. También restringido a la zona oriental del país fue: “Ya está pagando Campbell” que tuvo de protagonistas a Mister Downing y a uno de sus huéspedes del “Hotel de los Leones”: un negrazo que exhibía su contextura y destreza musculares. Al fracasar económicamente en sus funciones, Campbell se marchó del Hotel sin pagar un centavo, instalándose en el barrio de Jalteva. Mister Downing le mandaba a cobrar todos los días y, como no pagaba, fue personalmente a visitarlo; pero sólo recibió puñetazos. De regreso, se encontró con otro acreedor del negro y le dijo socarronamente: “Ya está pagando Campbell”. Y el otro acreedor también fue “pagado” o pegado de la misma forma. Así quedó por mucho tiempo el dicho que se aplicaba a los deudores respondones o agresivos.

Otro dicho granadino: “Esto es como hablarle de hoteles a Chico Bustos”, aún se escuchaba en los años 60 y con él se aludía al dominio, experiencia o conocimiento a la perfección que una persona tiene de un asunto. Por cierto, Francisco Bustos sustituyó a Mister Downing en la administración del “Hotel de los Leones”. Por fin, la expresión “dar caldo” se aplicaba al pretendiente rechazado y tenía su origen en la infortunada visita de un italiano a una casa granadina, cuyo objetivo era aspirar a la heredera. La madre lo recibió. Pero, como sólo hablaba dos palabras en español, el recién llegado se resolvió a decir: Madona, ¡molto caldo! (“Señora, mucho calor”). La dueña de la casa entendió que le pedía una buena taza de sopa y ordenó que se la llevaran; reiterando dos veces la expresión, el italiano fue obligado a beberse dos tazas grandes, pues había dicho molto, moltísimo caldo. “Desde entonces --le referían esta anécdota al costarricense Pío Víquez en 1887-- tenemos la costumbre en Granada de bromear a los amantes desdichados, atribuyéndole que bebieron caldo”.

Acerca de las ocurrencias, podrían caber en varios libros. De hecho en el del doctor Francisco Mena Guerrero, Granada de mis recuerdos (1995), se rescatan muchas: otras, más contemporáneas, figuran en otro de Enrique Alvarado Martínez: Anécdotas granadinas (1998). Aquí sólo transcribiré dos: una del siglo antepasado. Celebraba Mister Downing en su hotel un aniversario más de la independencia de su patria original con un banquete, al que asistían la flor y nata de la sociedad granadina. Transcurridos los discursos de rigor, decidió tomar la palabra el popularísimo Joaquín Ubau, quien brindó por el águila norteamericana; pero, inesperadamente, le sobrevino un lapsus, teniendo que repetir seis veces el verbo de la frase: “esa águila que vuela... y vuela... y vuela... y vuela... y vuela... y vuela”, hasta que un comensal de su calaña le gritó: —¿Hasta cuándo va dejar de volar, Joaquín? / —Hasta que se le rompa el bicho —contestó Ubau, produciendo la mayor e inusitada hilaridad colectiva que tuvo lugar en el “Hotel de los Leones”.

La personalidad imaginativa se comprueba en todos los estratos sociales de Granada. El índice más alto de este rasgo lo ejemplifica la creación de todo un código lingüístico, patrimonio de la familia Benard, que trascendió a sus descendientes en Managua, aunque tal vez ya esté en desuso. En el nivel medio se proyectaría, especialmente, a través de incontables ovillejos satíricos; y su manifestación más popular adquirió dimensión mítica en uno de los cuentos de “mentirosos” del representante granadino de esa expresión oral: Menocal (el que se fue “montado” en una tuca, que en realidad era un tiburón, desde el puerto de Granada hasta San Carlos). Menocal, especie de barón de Münchhausen tropical, atribuía el agua dulce del Gran Lago a la miel derramada desde un árbol por la colmena de una abeja silvestre: el jicote.

En fin, la personalidad imaginativa del granadino podría ilustrarse con muchísimos ejemplos. De hecho, ya existe una respetable bibliografía sobre el tema. Sólo me limitaré en esta ocasión a la frase lapidaria, pero humorística, acerca de la ausencia de duelos a muerte, entre sus coterráneos, por cuestiones de honor. Se le atribuye al doctor Francisco Álvarez en el siglo antepasado y la realidad que designa contrasta con la actitud del leonés tradicional, protagonista de muchos duelos aún en el siglo XX. “En Granada —afirmó Álvarez— sólo el chocolate se bate”.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus