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Tras su novedoso inicio literario, el vanguardismo de Granada desarrolló un movimiento político entre 1934 y 1935, cuyas ideas merecen valorarse. El diario La Prensa del último año publicó su manifiesto en apoyo del general Anastasio Somoza García, jefe director de la Guardia Nacional, como candidato a la presidencia. Ahí, reconociendo su “fuerza real”, se especificaba sin circunloquios: “Lo apoyamos, entre otras razones, porque puede perpetuarse en el poder. Apoyamos su candidatura para que sea la última candidatura. Así votaremos para dejar de votar”.

La lectura y asimilación de una obra, Enquete sur le monarchie de Charles Maurras (1868-1952), se detecta en esa decisión. El capitán del movimiento, José Coronel Urtecho, proclamaba entonces “Politique d’abord –ha dicho el maestro del siglo XX: Charles Maurras. ¡Política ante todo!” Y añadía: “Tal debe ser la consigna de las almas profundas de ahora. Solo la política puede transformar la tierra, hacer un mundo nuevo, iniciar una civilización rejuvenecida”. Igualmente, se asimilaba la idea de la dictadura como fenómeno genuino de la cultura grecolatina, original del argentino Manuel Gálvez (1882-1962).

Este postulaba que la dictadura tenía razón de ser en los países hispanoamericanos forjados por la herencia de Grecia, Roma y de la Iglesia, como en Portugal, España, Francia, Italia y Polonia, dominados por regímenes dictatoriales. Por eso el mismo Coronel Urtecho había afirmado en 1932: “La dictadura es el régimen natural de la Nicaragua independiente”. 

Desde entonces, al concebir una renovación integral del sistema político, los miembros del vanguardismo reaccionario se definieron como nacionalistas ––en rechazo a la intervención extranjera–– y antidemócratas, combatían a los partidos tradicionales y aspiraban a un cambio basado en una dictadura sana ––sostenida por intelectuales, campesinos y artesanos–– que trabajase por el bien de Nicaragua.

Convencidos de la necesidad de un poder fuerte y de la falacia democrática, a la que atribuían las guerras civiles que habían asolado la nación, planeaban desarrollar sus afanes literarios y culturales junto a “un decidido empeño de encauzar la política de nuestro país por el camino de la tradición secular”. En concreto: la herencia patriarcal de la colonia y la corriente corporativista remontada a los gremios españoles del siglo XVI. De ahí que asumiesen como directriz general el lema de Ernest Psichari (1883-1914): “Vayamos contra nuestros padres al lado de nuestros antepasados”.

Luis Alberto Cabrales (1901-1974) había dado a conocer el libro programático de Maurras a los jóvenes granadinos y compartía sus ideas con algunas diferencias. En su contestación a la encuesta que ellos le enviaron en 1932, se declaraba católico, apostólico y romano, creyente en los apóstoles, pero no en los eclesiásticos que tergiversaban los evangelios; atraído por la escolástica clásica, la del propio Santo Tomás, Joseph Mercier (1851-1926) y Jacques Maritain (1882-1973). No obstante, la hallaba un poco seca y prefería a San Agustín.

Perteneciendo a un partido inexistente ––el Nacionalista––, recomendaba destruir los partidos tradicionales “para que Nicaragua pudiera ser digna. Hoy ––escribía–– es la vergüenza de todo el continente y del mundo. Solo dos cúspides, en medio del diluvio total, nos salvan: Darío y Sandino”.

En contra de la democracia anárquica e individualista, divisora y politicastra, Cabrales proponía una democracia de gremios y profesiones: una llana democracia económica. A su vez, negaba la primacía del comercio en nuestro futuro y creía necesaria una dictadura, aclarando: “No la dictadura de un hombre, sino de un grupo fielmente observador de un programa nacionalista”.

En realidad, Cabrales y los autollamados reaccionarios ––debido a su formación católica–– se decidieron por el primero de los dos rumbos políticos e ideológicos que planteaba, en los años treinta, la alternativa mundial: fascismo o comunismo.

Pablo Antonio Cuadra recordaría: “Éramos un movimiento paralelo a Sandino y los comunistas de ese momento eran profundamente internacionalistas. En sus primeras manifestaciones, quemaban la bandera de Nicaragua y cantaban La Internacional. Y eso a nosotros nos repelía. Tuvimos una especie de asco inicial por la Rusia de Lenin que nos lanzó al anticomunismo. Pero nuestro error fue seguir la tesis maquiavélica de Coronel Urtecho: apoyar a Somoza para coger el poder con él y realizar nuestras ideas políticas. Es más fácil ––decía él––conquistar un hombre que conquistar un pueblo”.

Maurras, vía Cabrales, introdujo en Nicaragua la idea de la dictadura vitalicia. “Se llama el bien que dura”, era uno de los principios suyos que adoptaron los reaccionarios granadinos.