Francisco Javier SANCHO MÁS
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Nunca había visto las venas abiertas de alguien, o sea, que yo supiera que las estaba viendo. Pero hace poco, en una clínica de emergencia en un barrio muy violento, como los miles de América Latina, llegó un hombre que se tapaba el abdomen con la mano. Al mostrar lo que ocultaba, vimos la inconfundible herida de un cuchillo. La abertura no era muy grande, pero sí lo suficiente para que el médico nos indicara a los visitantes: “miren, éstas de aquí son las venas”. Uno se imagina su cuerpo por dentro todo más grande de lo que en realidad es, pero las venas son unos conductores pequeñísimos, un cablerío que lleva la sangre de abajo arriba con una precisión asombrosa. Y aunque minúsculas, cuando se cortan, hacen un escándalo de sangre. Yo me las quedé mirando, como un niño que se encuentra por primera vez ante el horror de la misma vida. Era la primera vez que las veía sabiendo lo que veía, las venas abiertas de América Latina.

Muy poco después, en la Cumbre de las Américas, a primera vista, la sensación que quedó fue la de un grupo de combatientes que llegan al campo de batalla en busca de su enemigo y resulta que ese enemigo o no está, o si lo ven, se les rinde en medio y les ofrece un acuerdo. Los discursos de los presidentes de Nicaragua y Venezuela iban cargados contra Estados Unidos. En muchas cosas les sobraba razón, pero todos hablaron del pasado. Sin ir más lejos, el regalo que Hugo Chávez le hizo a Obama, el libro de Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina, la biblia de los movimientos populares de los años setenta y ochenta, ha sido la causa de que ahora en Estados Unidos mucha gente se ponga a leerlo. No está exento de gracia, pero también es interesante que esto suceda. El pasado de América Latina es de una injusticia atroz, pero los movimientos de independencia que lideraron muchos países del continente, empezando desde Haití, también aportaron una esperanza que no ha dejado de alimentar a los más idealistas. Pero el pasado de América Latina es tan sangrante como el de la mayoría de los pueblos del mundo, ni más ni menos, y justificar hoy la enorme desigualdad que existe en América Latina en el libro de Eduardo Galeano, o en la sola responsabilidad de la España del siglo XV o del Estados Unidos del XX, no ayuda en nada a solventar los problemas actuales.

Y eso que a día de hoy, en América Latina, Estados Unidos sigue siendo partícipe y responsable de dos abusos contra la población civil: el embargo a Cuba, del que sí se habló por todos lados en la Cumbre; y por otro lado el apoyo incondicional a las políticas de Uribe en Colombia, que amparó con los ojos abiertos o cerrados, las masacres que cometen los paramilitares en las veredas de aquel país hermano y querido, con la justificación de la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla, una lucha llena de dobleces y de intereses creados. De eso no se habló en la Cumbre. Porque de lo que ocurre en Colombia, que sí es un delito de sangre, a casi nadie parece interesarle. Tampoco se habló de Haití, a pocas millas de Cuba, con unos indicadores de desarrollo no sólo muchísimos peores, sino que son los más pobres del continente; la mortalidad materna más alta del hemisferio occidental, y ningún lugar donde colocar la esperanza en medio de su miseria enorme para un país tan pequeño: una vergüenza para América Latina que no se haya volcado en solidaridad masiva con ese pueblo sufriente que a nadie importa a nivel político.

Tampoco se habló de la verdadera epidemia de violencia relacionada con la miseria que se sufre en los barrios de las grandes capitales de América Latina; de un nuevo muro de la vergüenza que se construye en las favelas de Río de Janeiro para separar a los ricos de los pobres, algo así como el de la frontera entre EU y México; ni tampoco de la violencia en Caracas ni en Managua; ni de la desigualdad del acceso a la salud. Miran ahora, la gripe porcina, donde hasta ahora los muertos los pone México; miren a los enfermos de males como el Chagas, que siguen sin ser tratados y sin saber de qué se mueren en todo el continente, sobre todo, en Bolivia.

Desde que participé en las reuniones del tratado de libre comercio, Cafta, he sido poco amigo de las cumbres, porque los textos y las decisiones importantes se firman y toman antes o a última hora, siempre con intenciones políticas. Muchas veces, el trabajo arduo de los técnicos queda en entredicho, olvidado o vilipendiado. Pero seguí la información que provino de la última cumbre de las Américas porque la presencia del nuevo presidente de Estados Unidos debía hacernos olvidar a todos la pesadilla de Bush, un hombre al que espero que algún día pueda juzgar el Tribuna Penal Internacional por crímenes contra la humanidad para que responda ante el mundo de los que dejó vivos. El nuevo presidente ofreció diálogo, y parecía sincero, para el tema común en todos los discursos fue la relación con Cuba. Nadie, a día de hoy, ni de ayer, puede apoyar legítima y moralmente el embargo a Cuba. Y es justa la unión en la protesta. Pero seguir hablando con el libro de Galeano en medio de las emergencias que América Latina enfrenta hoy, las cuales no todas son causa de intervenciones extranjeras, es un mensaje peligroso de que los representantes de nuestros pueblos se están quedando en el pasado.

¿Acaso los miles de desplazados y muertos en Colombia cada día, no merecen la mirada urgente de la Cumbre, no son acaso las venas abiertas de hoy? ¿No lo son los miles y miles que huyen de la desesperanza de los medios o nulos salarios en los países de América Latina, donde los gobiernos gastan más plata en publicidad, para buscar mejor vida en Estados Unidos, España o en el que tengan más a mano como lo es Costa Rica para Nicaragua? ¿Acaso no son las venas abiertas de hoy cada una de las vidas a las que se les cruza las balas perdidas de la violencia urbana, o la del narcotráfico? ¿Acaso no son las venas abiertas la enorme cantidad de niños sin escolarizar que según demuestran los últimos estudios dejan a la mayoría de nuestros países en una vergüenza total, como es el caso de Nicaragua?
Pero ésa fue la cumbre de las manos, las risas. Gestos necesarios sí. Pero, salvo el tema de Cuba, las venas abiertas y urgentes de hoy que llevan la sangre de abajo arriba no existieron. Y la Cumbre se quedó muy lejos. Yo nunca las había visto sabiendo lo que veía en el cuerpo de una persona. Pero están ahí, invisibles casi siempre, como todo lo que hace posible la vida y también la muerte.


franciscosancho@hotmail.com