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El candidato a la Presidencia de Colombia, Gustavo Preto (del Partido Colombia Humana), puede llegar a ser mandatario de su país. En la elección reciente, quedó en segundo lugar (25.08% de los votos): Iván Duque, del partido Centro Democrático, ocupó el primer lugar (con 39.14%); pero no alcanzó más del 50% necesario para asumir la Presidencia de su país. Viene una segunda vuelta el próximo 17 de junio. Ahí se enfrentarán Duque y Petro.

¿Qué representa Petro para Colombia?

Mi punto: Petro es una amenaza para la libertad y la democracia colombianas. Y es un peligro para la estabilidad latinoamericana. Incluso, cabe la posibilidad que López Obrador —también de la izquierda— sea presidente de México. Ello le daría aliento al socialismo del siglo XXI, que ya ha causado tanto daño a los desdichados países que han seguido ese modelo ruinoso, cínico y dictatorial.

Gustavo Petro viene del M-19. Fue guerrillero. Y, en uno de los frágiles y esporádicos acuerdos de paz de hace varios años, se acogió a una amnistía. Se integró a la vida civil. Ha venido ascendiendo como político. Primero fue senador, después alcalde de Bogotá.   

Solo la democracia le da oportunidades a sus detractores. Y lo hace propiciando, por el voto popular, que quien cumpla con los requisitos de ley, alcance la jefatura máxima política de su país. Solo basta cumplir con los requisitos legales.

Colombia y México están en riesgo de caer ante la tentación de que candidatos radicales asuman el control de esos países, fronteras naturales de Mesoamérica. Además, que estratégicamente, México es el conector de Norteamérica con Centroamérica; y Colombia la puerta de entrada a América del Sur; ya no digamos, vecino del régimen castro-chavista que tiene atrapada y ruinosa a Venezuela.

Si un escenario así se diere, sería una victoria para los dictadores del castro-chavismo. Aunque estos estén deshilachándose en la región por las mismas razones por las que toda dictadura cae: violaciones flagrantes a los derechos humanos, destrucción de las instituciones democráticas, ruptura del estado de derecho, confesión de la adicción al poder de parte de sus monarcas proletarios.

Gustavo Petro luce igual que todos sus camaradas de hoz-y-martillo disfrazado: es de mirada pálida y torva, gestos fríos, lenguaje pausado y calculador (aunque los colombianos tienen ese deje pronunciado, que por un lado les hace hablar un excelente español; por otro, lucen lentos con esa cadencia desganada).

Pero Petro, ha venido sagaz y persistentemente construyendo un discurso populista cargado de propuestas sociales para los más marginados (¿¡Cómo no se delatan los radicales por ese evidente ocultamiento verbal!?); y de temas ambientales que, obviamente, les hace justificar sus vínculos con los campesinos o gentes de las zonas rurales. Luego lo convierten “en lazos que les permite comprender las injusticias que padecen los olvidados por los ricos explotadores”. 

Puro ¡bla, bla! Ya que una vez alcanzada la presidencia, se rodean de riquezas, privilegios —solo para ellos—, justifican su corrupción; cambian la constitución del país para ajustarla al deseo de eternización en el poder; y desmantelan la democracia.

Es una regla táctica simple. Luchan por alcanzar la escalera democrática, y una vez obtenida, van rompiendo cada uno de sus peldaños para que nadie más ascienda al trono apresado.

El presidente Ernesto Samper le dio a Petro una oportunidad que permitió que este fuera a estudiar Bélgica para refinar su intelectualidad. Desde Carlos Marx en adelante —que se cultivó y nutrió bien en la Inglaterra capitalista, escribiendo su manual de análisis económico— una mayoría de líderes de la izquierda radical, se nutren en las universidades de los países capitalistas más desarrollados.

Petro recién recibió el apoyo del que fuera alcalde de Bogotá, Atanas Mockus;  igual de Claudia López Hernández, ambos del partido Alianza Verde. (Ello le podría agregar votos para vencer a Duque).

Petro no se proclama radical, sino progresista (vender el engaño para que los tontos crean que su causa es solo ligeramente  social). Siempre evade el tema de la derruida economía venezolana, con cuyo régimen, si ganara, inicialmente, haría algún tipo de alianza furtiva y empática. Pero luego iría, gradualmente, destapándose, desmontando la democracia:  discursos antioccidentales, constituyente, límites a partidos políticos democráticos, confiscaciones, nuevas reglas electorales, control total de la economía, etc.

El exguerrillero del M-19 —que tomó su alias del Aureliano Buendía de “Cien años de soledad”— ha caminado con taimados pasos hasta este punto. Está guiado por un solo propósito: la conquista total del poder y la destrucción de la bella Colombia.