Adolfo Miranda Sáenz
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Los católicos sabemos que nuestra Iglesia, como cuerpo cuya cabeza es Jesucristo, es santa y asistida por el Santo Espíritu. Pero también es humana, porque sus miembros ─incluso la cabeza visible, el Papa─ todos somos humanos, todos somos pecadores y a veces actuamos mal, cometemos errores.

La Iglesia ha cometido errores en la historia, por los cuales los papas han pedido perdón a la humanidad, y hoy algunos hijos de la Iglesia también han actuado mal, y la Iglesia lo reconoce y corrige.

Muchos se fijan en nuestros errores humanos y nos condenan. Con humildad aceptamos las críticas, pero es injusto que algunos solo vean lo reprochable de la Iglesia e ignoren, o traten de ignorar, todo lo bueno que ha aportado y sigue aportando la Iglesia a la humanidad. De paso digamos que ninguna religión, denominación, institución internacional, movimiento altruista, humanitario u organismo internacional está exento de errores y acciones censurables.

Es bueno recordar lo que Jesucristo dice: “quien esté libre de culpa que tire la primera piedra, y no mirar la paja en el ojo del hermano sino la viga en el nuestro”. Sabemos que no existe en el mundo ninguna organización que preste mayores servicios humanitarios que la Iglesia Católica. Caritas Internacional da asistencia, servicio social y ayuda al desarrollo en más de 200 países y territorios.

Una muchedumbre de monjas de diversas congregaciones trabaja gratuitamente en hospitales, asilos de ancianos, orfanatos, leprosorios, comedores, etc., en los cinco continentes. Tan solo las Misioneras de la Caridad forman un ejército de 4,500 hermanas en 134 países donde atienden de todo corazón a los más pobres entre los pobres.

La Iglesia tiene centros de asistencia médica, escuelas, refugios de guerra y para migrantes, reformatorios y un sinnúmero de obras sociales, más que ninguna otra organización del planeta. Donde hay desastres naturales, pobreza o cualquier necesidad, allí la Iglesia Católica está presente. Estamos hablando de asistencia material, pero la ayuda espiritual es más grande e importante.

El papel decisivo de la Iglesia Católica en distintos conflictos que ha tenido la humanidad pone de relieve su capacidad de mediación para cumplir con el mandato de promover la paz. Pío XI salvó de morir bajo los nazis a más de medio millón de judíos; San Juan XXIII ayudó a evitar una guerra nuclear entre EE. UU. y la URSS durante la crisis de los misiles en Cuba; San Juan Pablo II fue decisivo para derribar el muro de Berlín y las dictaduras comunistas de Europa, y para impedir una guerra entre Chile y Argentina por el Canal de Beagle; el papa Francisco logró reestablecer las relaciones diplomáticas entre Cuba y EE. UU. con los beneficios humanitarios que eso conlleva para los cubanos de la isla y los del exilio. El papel de los papas lo realizan los obispos a nivel nacional.

En muchos países la Iglesia guiada por sus obispos ha sido mediadora, es refugio e intercesora. En Nicaragua, el cardenal Miguel Obando y Bravo (que Dios lo tenga en su gloria) fue mediador efectivo para resolver la toma de la casa de Chema Castillo y la toma del Palacio Nacional. Gracias a la mediación del cardenal Obando pudo terminar la guerra entre el gobierno sandinista y los Contras, tener elecciones libres y establecer la democracia en 1989. ¡Cuántas vidas salvó el cardenal Obando! Los actuales obispos cardenal Brenes, Mons.

Vivas , Mata, Schmidt, y el obispo emérito Mons. Hombach, colaboraron con el cardenal Obando en el desarme, la reconciliación y la paz. En la crisis actual es mediadora la Conferencia Episcopal, delegando en una comisión integrada por su presidente, el señor cardenal Brenes, y los obispos Vivas, Álvarez y Báez.

En Managua, el cardenal Brenes y su auxiliar Mons. Silvio Báez, han abierto los templos como sitios humanitarios de refugio y de atención de emergencia, y han intercedido por la liberación de personas encarceladas, igual que otros obispos en sus diócesis. Los sacerdotes, en comunión con sus obispos, heroicamente han salido desafiando todo peligro a interceder por la vida de las personas, a mediar en acuerdos locales, a abogar por los detenidos y actuar como promotores de la paz.

Miles de fieles católicos de muchas maneras apoyamos el trabajo de la Iglesia. Las ofensas, calumnias y amenazas, no detienen la vocación de servicio de la Iglesia Católica, con sus obispos, sacerdotes y sus fieles religiosos y laicos.


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