Gregory Watson y Julie T. Katzman
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América Latina y el Caribe es una región íntimamente ligada al océano. Todos los países miembros del BID, a excepción de dos, poseen significativas líneas costeras y el 25% de los habitantes de la región vive sobre las costas, una cifra que alcanza casi al 100% en los países insulares del Caribe. Si bien sus selvas, pastizales y ríos han atraído hasta ahora la mayor parte de nuestra atención, ha llegado el momento de enfocarnos en los océanos.

En 2012, aproximadamente 275 millones de personas en la región trabajaban en pesca o acuicultura, aportando alrededor de US$15,000 millones al PIB regional. El turismo costero aportó US$6,000 millones adicionales solamente en el Caribe, llevando el total de contribuciones provenientes del océano al PIB regional a más de US$21,000 millones. Asimismo, los océanos aportan valores adicionales incluyendo protección costera, biodiversidad y captura de carbono.

Sin embargo, los océanos se encuentran bajo cada vez más presión. La pesca no sostenible, crecientes construcciones, pobre tratamiento de aguas residuales, escorrentía agrícola y aumento de población amenazan a los manglares, cuyo índice de deforestación es 3 a 5 veces mayor que el de los bosques terrestres.

Paralelamente, el 90% de las poblaciones de peces se encuentran agotadas o sobreexplotadas, en tanto se prevé que la demanda de alimentos de origen marino crecerá en un 50% para el año 2039. Habiendo absorbido la mitad de las emisiones de CO2 desde la Revolución Industrial, todas estas presiones, sumadas al cambio climático, ponen en riesgo su capacidad de mantener su capacidad de absorción de carbono.

Estamos ante una encrucijada. Podemos seguir buscando prevenir la sobreexplotación mediante una combinación de políticas públicas, subsidios, inversiones privadas y pequeños proyectos de resultados fluctuantes, o podemos dar un golpe de timón y tomar medidas audaces como convertir a 2/3 de los océanos en áreas marinas protegidas como proponen sus defensores, implementar tecnologías disruptivas y transferir las mejores lecciones aprendidas de cambio climático y conservación para el apoyo de nuestros océanos. Este camino exige investigación, exploración e inversión.

Debemos abocarnos a la investigación para ver de qué manera podemos mejorar las capacidades de los drones para reducir los costos de acuicultura y monitorear las áreas marinas protegidas; debemos promover cambios en áreas que abarcan desde los hábitos de los consumidores en la selección de pescado fresco versus pescado congelado, hasta la toma de conciencia por parte de los pescadores sobre los límites de capturas y restauración pesquera; y también debemos ayudar a las comunidades costeras y gobiernos para que puedan mejorar su gestión de residuos.

No habiendo explorado aun el 95% de los océanos ─menos que la superficie de Marte─, necesitamos impulsar la exploración, mapeando el suelo submarino, comprendiendo su biodiversidad y utilizando robots y otras tecnologías para ampliar nuestro conocimiento de este gran y único ecosistema y qué cosas lo afectan.

Y necesitamos inversión pública y privada para impulsar la innovación y modelos de negocio sostenibles. ¿Las donaciones realmente logran cambios de conducta entre los pescadores? ¿Es esa una mejor manera de utilizar los fondos que los subsidios? ¿Cómo pueden generarse oportunidades para el sector privado? ¿De qué modo se puede conseguir mayores fondos para las áreas marinas protegidas?

Realizando modelos piloto, probando innovaciones y divulgando conocimiento, el BID puede conectar exploradores, investigadores, inversionistas, proveedores de tecnología y legisladores para buscar respuestas a estas y otras preguntas.

Un área rica de explorar e investigar es por qué los modelos relacionados a la pesca sostenible están tanto menos desarrollados que aquellos pertinentes a la agricultura. ¿Podemos adaptar exitosamente estas herramientas? ¿Podemos equiparar los modelos de titulación de tierras con concesiones pesqueras o áreas marinas protegidas? ¿Qué tal crear valores comerciales con respecto a los límites de captura, utilizar nuevas tecnologías para contabilizar la pesca de manera avanzada y así reducir la incertidumbre y generar seguridad para prestamistas e inversionistas, y aplicar tecnologías para acortar las cadenas de valor?

Con apoyo del BID, Shellcatch está haciendo precisamente eso, utilizando tecnología para conectar a los pescadores directamente con sus clientes aumentando la trazabilidad, reduciendo la necesidad de sobrepesca y elevando los ingresos en un 50%, a la vez que se acotan los costos de los consumidores en un 30%.

* Este artículo fue publicado en el blog del BID, en la sección “Mejorando Vidas”.