Mauricio Bastién*
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La cantidad de individuos detenidos en cárceles latinoamericanas ha ido aumentando considerablemente en los últimos años. El perfil de la delincuencia femenina ha ido modificándose también. Sin embargo, la mujer sigue siendo la gran olvidada del sistema penitenciario hasta el punto de que en algunos países existen escasas cárceles exclusivas para mujeres, como en México o Colombia.

El bajo rendimiento del sistema penitenciario en la región refleja no solo una inversión insuficiente (el gasto público en la administración de prisiones en la región es en 0.20% del PIB, comparado con el gasto en Reino Unido 1%), sino también la falta de información a la hora de diseñar políticas efectivas de prevención de la delincuencia y reinserción. En este contexto, resulta esencial indagar: ¿quiénes son las mujeres que están presas en América Latina?

El promedio de edad de la mujer privada de libertad en América Latina y el Caribe es de 36 años. El 90% tiene hijos, y la mayoría de ellas se convirtieron en madres durante la adolescencia.

7 de cada 10 mujeres privadas de libertad dicen tener pareja, de las cuales el 40% admite que su pareja también se encuentra detenida.

Mayoritariamente se trata de mujeres que han atravesado una infancia difícil, carente de oportunidades y afecto. 4 de cada 10 mujeres admiten haber abandonado a una edad temprana su hogar; 6 de cada 10 fueron testigos de violencia intrafamiliar; y 4 de cada 10 crecieron en un barrio con bandas delictivas.

Los resultados respecto del nivel educativo sugieren que varones y mujeres en contextos de encierro tienen poca formación, si bien la media educativa de las mujeres es algo superior a la de los hombres.

La conducta delictiva femenina es diferente de la masculina. En una gran mayoría, las mujeres privadas de libertad inician su carrera delictiva de forma tardía, son menos violentas y reinciden en menor grado que los hombres. El motivo más frecuente por el que la mujer ingresa al sistema penitenciario es por tráfico o tenencia de drogas (38%) y robo (22%).

Las mujeres y varones privados de libertad en América Latina tienen un perfil similar, pero distinto. Ambos grupos comparten entornos familiares donde los antecedentes penales eran frecuentes, una disciplina paterna basada en la violencia física, y la exposición a la violencia entre los padres por el consumo de drogas o alcohol en el hogar. También existe una correlación entre la población reclusa y la residencia en vecindarios donde operan bandas delictivas.

Por ejemplo, el 65% de las mujeres cometió el delito de manera conjunta con otras personas, mientras que en solo 11% de los casos la mujer llevaba arma de fuego, lo que puede explicar una conducta delictiva que no buscaba generar un daño físico mayor a la víctima. Además, se detectan importantes lazos de codependencia entre sus parejas y la comisión del delito: en muchos casos las mujeres delinquen con o por sus parejas.

Las mujeres y varones privados de libertad en América Latina tienen un perfil similar, pero distinto. Ambos grupos comparten entornos familiares donde los antecedentes penales eran frecuentes, una disciplina paterna basada en la violencia física, y la exposición a la violencia entre los padres por el consumo de drogas o alcohol en el hogar. También existe una correlación entre la población reclusa y la residencia en vecindarios donde operan bandas delictivas.

Sin embargo, existen notables diferencias de género en lo que respecta a la conducta delictiva y al nivel de exclusión social previo al encarcelamiento. Por ejemplo, las mujeres están involucradas en delitos menos violentos que los varones, tienen una trayectoria delictiva menor y actúan mayormente acompañadas por sus parejas sentimentales. Asimismo, la situación de las mujeres antes del ingreso a prisión es más vulnerable que la del varón, ya que presentan una mayor proporción de desempleo y sobre ellas generalmente recae la responsabilidad de los hijos.

Los factores de riesgo asociados con la trayectoria delictiva de las mujeres reclusas aportan información muy valiosa acerca de dónde sería necesario intervenir para prevenir la delincuencia femenina.

Si el entorno de socialización de la niña influye en su posterior entrada en la delincuencia, al igual que determinadas características sociodemográficas, como la tenencia de hijos… entonces, las políticas penitenciarias deben de tener un abordaje integral, en el que no solamente se vea a las detenidas como delincuentes sino también como madres de familia, adolescentes embarazas, niñas abusadas… mujeres visibles con problemas muy visibles.

* El autor es consultor en Seguridad Ciudadana del BID.