Rafael Novella y Marta Favara*
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A pesar de que el trabajo infantil se ha reducido en todo el mundo de forma significativa, todavía estamos lejos de su erradicación. De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo, aunque el trabajo infantil decreció un 38% entre los años 2000 y 2016, aún alrededor de 152 millones de niños de entre 5 y 17 años se encuentra en esta situación a nivel global.

Si bien la región más afectada es África (donde 1 de cada 5 niños trabaja), en América Latina y el Caribe la incidencia de trabajo infantil es alta: alcanza al 7% de los niños. Dos países de la región, Haití y Perú, nos ofrecen evidencia para analizar mejor este fenómeno.

Al margen de las necesarias consideraciones éticas, el trabajo infantil es preocupante desde la óptica de las políticas sociales por sus potenciales efectos negativos sobre la situación actual y futura tanto de los niños como de sus países.

El trabajo infantil reduce la posibilidad de que los niños puedan beneficiarse de la educación, ya sea porque el trabajar les impide ir a la escuela completamente, los lleva a reducir las horas para el estudio en la escuela o en casa, o porque afecta su capacidad de aprendizaje.

Llevar a cabo actividades laborales extenuantes o riesgosas pueden afectar la capacidad de aprendizaje y, en general, la salud de los niños. Esta pérdida de acumulación de capital humano tiene efectos directos sobre el bienestar presente y futuro de los niños y de sus hogares, y sobre la productividad y crecimiento de los países en el largo plazo.

La probabilidad que un niño trabaje depende de sus características individuales, las de su hogar y del contexto en el que vive. Los trabajos que los niños realizan también varían con base en estas características.

Los datos longitudinales de Young Lives permiten analizar la evolución del trabajo infantil en una muestra de niños en cuatro países en desarrollo, incluido Perú, durante un período de 15 años.

En un estudio publicado recientemente, encontramos también que el terremoto del 2010 en Haití provocó que los niños provenientes principalmente de hogares más vulnerables estudien menos y trabajen más.

A edades tempranas, el trabajo infantil consiste mayoritariamente en actividades agrícolas, las que pierden importancia a medida que aumenta la edad de los niños. Existen también importantes diferencias de género en la asignación de trabajo remunerado y doméstico. De acuerdo con los datos de Young Lives para Perú se observa que, a partir de los 10 años, las niñas se dedican a más tareas domésticas que los niños.

En el mencionado estudio en Haití encontramos también que, mientras que los niños aumentan relativamente más sus horas de trabajo “para el mercado”, las niñas lo hacen relativamente en actividades domésticas.

Además del nivel de pobreza y la edad y género de los niños, hay otros factores que contribuyen a explicar la existencia del trabajo infantil. Los padres pueden decidir enviar a sus niños a trabajar, en vez de a estudiar, cuando sus expectativas sobre los retornos de la educación son muy bajos, ya sea porque la calidad de la educación es baja o porque los costos de atender a la escuela son altos.

Como vemos, las preferencias de los padres también juegan un papel importante. Cuando los recursos son escasos, pueden decidir sacrificar la educación de los niños que consideran que tienen menos chance de beneficiarse de ella (por ejemplo, los que han mostrado peores resultados académicos previamente), de los que tienen más chance de obtener retornos trabajando (por ejemplo, los más fuertes), o diferenciar por otras razones (por ejemplo, por el nivel de cercanía biológica).

* Este artículo fue publicado en el Blog del BID, en la sección Mejorando Vidas.