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Nicaragua enfrenta desde abril una demostración cívica popular que busca una oportunidad histórica de construir un futuro mejor, que no repita los terribles errores que nos han llevado a la situación actual.

Yo tenía solo 8 años cuando estalló la insurrección de septiembre de 1978 y a esa tierna edad fui testigo de horribles experiencias de guerra, la destrucción casi total del Estelí de mi infancia, el dolor de la pérdida de vidas, el encarcelamiento y la tortura de cientos de personas, incluyendo seres queridos.

Desde entonces, mi generación ha vivido a costa de los errores de su clase política y es hasta ahora, por primera vez, que veo una luz al final de este túnel horroroso en que nos han metido.

No se pueden volver a cometer los errores de 1979, de 1990 y de 2006. Estos estudiantes que hoy se han levantado contra la dictadura Ortega-Murillo son las víctimas de esos errores.

En 1979, la revolución sandinista lejos de ser un cambio positivo se convirtió en una pesadilla para la mitad de los nicaragüenses que no pensábamos como el régimen. Tuve que salir del país en mi adolescencia y, como miles de jóvenes, tuve que sufrir la separación familiar y el dolor de la patria en el corazón.

La revolución sandinista fue excluyente, intolerante, estableció un régimen donde el odio y el terror eran parte de su política de Estado. Es la misma política que hoy vemos desde el régimen de Daniel Ortega.

En 1990, la esperanza de cambio se llamó Violeta Chamorro y ciertamente, el país tuvo una época inédita de democracia, tolerancia, libertades y derechos fundamentales respetados. Pero, en 1990 se cometió otro error terrible: hacer borrón y cuenta nueva y no juzgar a los responsables de los horribles crímenes de guerra que sufrimos -de ambas partes- y se toleró la corrupción institucionalizada en la piñata.

La corrupción de Arnoldo Alemán y la falta de gobernabilidad que sufrió el presidente Enrique Bolaños, por culpa de los caudillos Ortega-Alemán, llevaron al detestable pacto que nos tiene en la situación actual y ese es el tercer error grave que ha visto mi generación.

La Alianza Cívica por la Democracia y la Justicia, si de verdad quiere construir un mejor país, tiene que evitar cometer cualquiera de esos tres errores nuevamente.

Una Nueva Nicaragua debe ser un país democrático, estable, en paz, que no puede vivir a base de exclusiones e intolerancia, no puede permitir el apartheid político del orteguismo. Tampoco puede permitirse amnistías que impidan nuevamente la justicia como en 1979 o 1990. Y mucho menos, pactos bajo la mesa de repartos de cuotas políticas entre caudillos o partidos. Los jóvenes que dirigen la Coordinadora Universitaria deben entender eso claramente.

Por primera vez, los nicaragüenses no estamos divididos entre izquierdas y derechas, como los partidos nos fracturaron. La división es entre quienes queremos democracia -y somos la mayoría- y una minoría que quiere seguir gozando de una dictadura donde se privilegia la sumisión y el servilismo.

Hay que construir institucionalidad, división de poderes, un sistema judicial sólido y transparente, una Contraloría que vigile de verdad los fondos públicos y un sistema electoral creíble. Pero a todo eso, ahora hay que sumarle una depuración profunda de la Policía Nacional, destruida por la sumisión partidaria y los crímenes contra el pueblo.

Y finalmente, plantearse seriamente qué vamos a hacer con el Ejército, después del vergonzoso papel de cómplice silencioso del régimen. ¿Vale la pena seguir sosteniendo esta estructura tan inútilmente onerosa?

La oportunidad histórica está sobre la mesa. No la desperdiciemos. Construyamos una democracia sólida que nos permita un país que goce de estabilidad política, económica y vuelva a ser el atractivo polo de inversiones y turismo que ahora disfruta de una democracia ejemplar por la que se luchó con tanto sacrificio.

Ánimo. Cuando más oscura es la noche, es que ya a va a amanecer.

* El autor es periodista.