Jorge Eduardo Arellano
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Clemente Guido Martínez ha desenterrado un ensayo magistral sobre el pauperismo y la política de nuestro país en el siglo XIX. Consistente en cinco entregas, lo publicó “La Gaceta Oficial de Nicaragua” a partir del número 26, correspondiente al 20 de junio de 1874.

Se trata de un análisis político-sociológico en el que se atribuye a la “plaga social” del pauperismo y al “cáncer” de la empleomanía la formación de nuestros partidos y el origen de nuestras guerras civiles. Y no a principios, sino a pasiones y a “intereses que se quieren satisfacer” obedecían las revueltas desatadas a raíz de la independencia. “La facción del Chelón [Valle] y las de [Bernabé] Somoza eran la lucha de los que no tienen nada contra los que tienen algo”.

El autor del ensayo era el granadino Carlos Selva (1838-1912), redactor de La Gaceta Oficial durante el gobierno de don Vicente Cuadra (1871-75), estadista que satisfacía sus ideales de libertad y pureza administrativa. Autodidacta y de firme credo liberal ––como la mayoría de sus colegas y coterráneos––, Selva dirigió seis semanarios, todos combativos. Uno de ellos: El Canal de Nicaragua, del 28 de septiembre de 1876 al 4 de abril de 1880.

Entonces ya había sido excomulgado. No en vano aseguraba: “Mientras el clero tenga riquezas y sobrenatural prestigio, su influencia será decisiva, rechazará toda intervención que cercene su poder y se opondrá a toda medida que lleve luz a los espíritus, porque en la ignorancia de las muchedumbres está asegurado el secreto de su dominación”. 

Siete años después, en Tegucigalpa, fundaba otro periódico: La Nación. Selva fue un censor constante de la realidad política centroamericana y, como periodista, afirmó que no había necesidad de instruir minucioso proceso para demostrar “la culpabilidad de los partidos y proscribir los pasados, presentes y futuros”, denunciando el peculado, el asesinato político y el nepotismo. Clamaba, en efecto, contra “los círculos de familia más o menos numerosos, especie de dinastía surgida con el nombre del jefe que alguna vez ocupara la presidencia”.

Su fama de periodista trascendió a cuatro países fuera del área  centroamericana: México, Colombia, Cuba y Chile. En este país tuvo participación política, como lo explicitara en el primer (y único tomo) de su libro Un viaje por fuerza a Sudamérica y Europa (1894). En la capital azteca se impuso en una larga polémica sobre la conquista española al escritor hispanista José María Vigil (1829-1909), a tal punto que el nicaragüense fue considerado “hijo esclarecido de la patria mexicana”.

Además, Selva fue el primero de nuestros escritores en deslindar los tres tipos de prensa: ministerial (o turiferario), de partido e independiente; en describir tres tipos sociales (“tan repugnantes como odiosos y despreciables”): el chismoso, el adulador y el espía; y en recurrir a la lucha de clases para explicarse los enfrentamientos armados.

“La clase media disputa el poder a la primera clase con el auxilio de la clase popular, y una porción de esta apoya también a la primera; de suerte que el pueblo es la víctima inocente a 
quien la clase media inmola en holocausto de su estómago o de su deseo de figurar en la escena política”.

Como ideólogo, Selva justificó el derecho a la insurrección: “La insurrección legítima, justa, es espontánea: el estallido de la indignación pública, la explosión de la cólera popular […] Una fuerza secreta, el derecho, lanza a los pueblos.

Una voz misteriosa e imperiosa, la voz de la conciencia, los alienta; es la voz de Dios que despierta las almas dormidas y les ordena cumplir su deber de salvar la patria, restaurando las leyes violadas, la justicia encarnecida, la moral vilipendiada, la libertad proscrita”. 

También defendió la causa de independencia de Cuba. Pero su pensamiento progresista se conservatizó radicalmente en la última etapa de su vida al sugerir la “Enmienda Platt” para Nicaragua. En su folleto Panamá (1904), elogia a Teodoro Roosevelt por haber tomado ese territorio colombiano para independizarlo y construir el canal.

No abandonaría, sin embargo, su carácter combativo. De 73 años, publicó en 1911 un artículo contra los dos más fuertes jefes de la triunfante Revolución de la Costa (Luis Mena y Emiliano Chamorro): “Ni militarismo, ni caciquismo”. Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, quien lo rescató parcialmente del olvido, reconoce su valor “como diarista fecundo, polemista formidable, político agresivo e inconforme y opositor tenaz y sin escrúpulos”.