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Sería incorrecto llamar a la Intifada una lucha violenta por el uso de las piedras como instrumento de lucha en el conflicto Israel - Palestina en el Medio Oriente. Israel tiene un ejército que derrotó a los países árabes juntos en el año 1967, es un país con arsenal nuclear y sus agresiones contra los palestinos también han tenido carácter de genocidio. Por lo tanto, de acuerdo al estándar de aquella lucha desigual, la Intifada es una lucha no violenta.

Algo así sucede en el actual conflicto nicaragüense. Prácticamente se paralizó el Diálogo Nacional al exigir el Gobierno como condición para aprobar la agenda, la supresión de los tranques que hoy se multiplican en el territorio del país, argumentando que son expresiones de violencia y violan los Derechos Humanos.

De acuerdo con los estándares de nuestra historia, los cambios políticos hasta 1990 fueron a través de la violencia armada: revoluciones, guerras civiles, golpes de Estado, intervenciones extranjeras, etc., es decir, violencia extrema y violación total de los Derechos Humanos. Ello, aunado a la represión y matanza del Gobierno en contra del movimiento universitario y población civil en general, hace aparecer, en el conjunto de la lucha cívica actual, a los tranques y morteros como expresiones no violentas, apenas defensivas. Aun cuando los tranques, siendo expresiones de lucha pacífica, son también mecanismos de protección de la vida (primer Derecho Humano sobre todos los demás) e instrumentos de poder que golpean el corazón del sistema.

Si quieres el diálogo, propícialo

Los procesos sociales no pueden detenerse a balazos, a lo sumo solo se pueden retardar, pero son inexorables, es la historia. Una vez que las ideas se materializan en la conciencia de la sociedad, los procesos son indetenibles.

Todo conflicto, aun las guerras más cruentas, culminan en diálogo, no existe el exterminio total de la otra parte. El Gobierno tiene un compromiso con el Diálogo Nacional, por lo tanto, está en la obligación de favorecerlo con actitudes concretas que reflejen voluntad política, que generen un clima necesario, transformando el diálogo en un espacio para el cambio real. Hemos sido testigos de que esta voluntad hasta ahora no existe, pero el diálogo es lo único que queda para alcanzar acuerdos políticos que allanen el camino de la paz con justicia y la democracia. 

En las manos del Gobierno está la posibilidad de que la crisis eleve aún más su costo luctuoso y material. Continuar con una visión y discurso invertidos y ajenos de la realidad cada vez genera más indignación en la población. Ya, ni el sentido común y la lógica política se revelan posibles de explicar la actitud del presidente Ortega de mantener un patrón de mentira y violencia irracional, ante el curso de los acontecimientos que cada día desangran a la nación y socavan drásticamente su legitimidad.

Nuestro pueblo debe de mantener su lucha en los marcos de la no violencia. Es evidente, frente a tanta perversidad y violencia sin sentido, se abra, en algunos sectores, la tentación a respuestas también violentas o armadas; se habla de la Ley del Talión, del ojo por ojo o de la resistencia armada pues se razona ¿hasta cuándo vamos a seguir solo recibiendo los golpes, esgrimiendo la cantidad de víctimas? Pero, precisamente esto es lo que provoca cada día, cada vez más el gobierno, con las modalidades cada vez más crueles de su violencia represiva.

La verdad es que la no violencia debe prevalecer en todas las acciones de nuestro pueblo, pues si la crisis escalara a la confrontación armada, no serían 200 los muertos víctimas de la violencia represiva y unilateral, sino que a esta altura hablaríamos de  miles y tal vez decenas de miles de víctimas, como nos lo recuerda 1979. Salvador Allende llamaba al pueblo a no inmolarse, pero tampoco a dejarse avasallar, el pueblo de Nicaragua está escribiendo tal vez la página más gloriosa y digna de su historia, a un radical cambio cultural. 

La lucha no violenta requiere de una gran fortaleza espiritual, convicciones sólidas éticas y morales pero también paciencia, lo cual no supone pasividad sino una intensa actividad creativa que apuntan al debilitamiento y desarticulación del poder, de sus injusticias y perversidades. 

Esta lucha ya la tiene ganada nuestro pueblo porque está fundada en principios y valores que encuentran sus raíces en el evangelio y en los ideales más nobles por los cuales ha luchado la humanidad como son la justicia, la liberta y la paz, solo queda librar algunas batallas. 

* El autor es director del Instituto 
“Martin Luther King” Upoli