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Con su breviario Defensa de la hispanidad (1934), Rodrigo de Maeztu (1875-1936) influiría en las juventudes hispanoamericanas de los años treinta que optaron  por una afirmación hispánica ante dos amenazas ––la revolución comunista y el imperialismo anglosajón–– en la búsqueda de una respuesta, no liberal ni marxista, identificada con una solución cristiana integral. Históricamente, no se produjo esta; pero entre las ideas que la promovieron en las dos orillas del Atlántico  ––en España e Hispanoamérica–– tuvieron especial relevancia las de Pablo Antonio Cuadra (1912-2002).

De matriz tradicionalista, su pensamiento surgía como reacción contra el humanismo antropocéntrico de Europa y el racionalismo moderno, manifestándose cabalmente en su conferencia “El retorno a la tradición hispana”, leída en el Instituto Pedagógico de Managua, en agosto de 1934 y difundida en Madrid (Acción Española, tomo XII, 1935). Allí condena el liberalismo: Aquella ideología que engendrada por la reforma protestante y perpetuada por la democracia del siglo XIX, trata hoy de sepultarnos en la anarquía bolchevique.

También analiza las tres actitudes de la juventud hispanoamericana de la época: la yanquizante (puramente instintiva y sin espíritu, cuyo ideal supremo es el confort), la indigenista (más profunda, poderosa y temible) y la hispánica: una cruzada y una utopía en su concepción de una nueva Edad Media, de acuerdo con Nicolás Berdiaeff (1874-1948) y su obra titulada precisamente Una nueva Edad Media: reflexiones acerca de los destinos de Rusia y de Europa (Barcelona, 1933), otra de sus lecturas nut
ricias. 

Luego acontece la guerra civil en España, y Cuadra, naturalmente, toma partido desde Nicaragua ––con otros jóvenes–– a favor del bando rebelde o nacionalista, encabezado por Francisco Franco; en concreto: redacta el “Manifiesto de la Juventud e Intelectualidad Nicaragüense a favor de la revolución nacional española”, firmada por 348 personas; y remite, en noviembre de 1936, carta de felicitación al presidente interino doctor Carlos Brenes Jarquín “por el reconocimiento otorgado al general Franco” el 27 del mismo mes y año.

En el bando contrario, apoyando la causa republicana, se encuentran líderes obreros, estudiantes de ideología liberal y elementos de izquierda formados en El Salvador, México y Chile. De allí que al primer libro programático de Cuadra, Hacia la Cruz del Sur ––editado por Acción Española–– el bando enemigo lo haya sometido al fuego en Madrid el mismo año de su publicación: 1936.

No exento de forjado y vigoroso estilo, otros tres libros de Cuadra expondrán su pensamiento que impactaría especialmente en la propia España. Nos referimos ––además de la segunda edición Hacia la Cruz del Sur (Buenos Aires, Comisión Argentina de Publicaciones e Intercambio, 1938)–– a Breviario imperial (Madrid, Cvltura Española, 1940), Promisión de México y otros ensayos (México, Editorial Jus, 1945) y Entre la cruz y la espada / Mapa de ensayos para el redescubrimiento de América (Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1946). 

El Breviario imperial (Libro para la juventud, para la polémica y para la esperanza; brevedad de la estrofa, del salmo y la pedrada) lo dedicó su autor a quien consideraba la mentalidad política más clara de España: Eugenio Vegas Latapié (1907-1985). A este intelectual monarquista Cuadra le trazaría un panegírico en la revista mexicana Letras (15 de abril de 1941), comentando uno de sus combativos libros: “Tomo de certidumbres, dialéctica maurrasiana, prosas sin galas, militante, cuyo tono es la pura Verdad Eterna de España: catolicidad sin dobleces, ni concesiones. Hispanidad en cruz y espada”. 

Al agotarse muy pronto, sus ediciones se transformarían, como su autor anotara años después, en “incunables de sueños que pasaron a mejor vida”. Pero en ellos sustentaba el autoctonismo hispanoamericanista de filiación mestizófila. Al respecto, sostenía: “El mestizaje ha convertido a Hispanoamérica en raza universal. Católica” […], rechazando las tendencias europeísta e indigenista. “América comienza en los Pirineos, pero también Europa acaba en la Patagonia” ––puntualizaba. “Lo malo de los europeístas es que solo se sienten europeos. Lo malo de los indigenistas es que solo se sienten indígenas […] Para ser hispano ––delimitaba el concepto–– es sentirse europeo en cuanto a indigenista. Y sentirse indigenista en cuanto europeo”.

Más claramente, Cuadra especificó: “lo que llamamos tradición cultural hispánica no es lo puramente español de España, sino lo español en que se insertó lo indio, lo español con una larga tradición indígena, con una definitiva y sustancial sumersión en la americanidad […] Lo indígena es el crisol en el cual la Hispanidad católica fraguó nuestra universalidad”.