Avelina Ruiz Vilar
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Diagnósticos en todo el abanico de temas vinculados al desarrollo (agua, residuos, energía, agricultura, bosques, biodiversidad, mujeres, pobreza y un largo etcétera) revelan una enorme crisis ambiental provocada por nuestra especie.

Mis hijos todos los días aprenden en la escuela y en casa que las decisiones individuales importan, desde el medio de transporte que elegimos hasta nuestros hábitos cotidianos de consumo.

Nosotros tenemos hoy el privilegio de vivir en Washington D.C., la primera ciudad del mundo en recibir el sello Platinum LEED donde el 65% (artículo en inglés) de sus vecindarios son caminables, el 23% de los residuos se reciclan o usan para composta y donde el 100% de las instalaciones gubernamentales usan energía renovable.

En cada esquina encontramos corredores, bicicletas y “scooters” disponibles y no es raro ver personas con discapacidad motriz que parecen ir por la ciudad sin limitaciones. Pero esta no es la realidad de la mayor parte de la población y ni siquiera en esta ciudad todos podemos disfrutar de tener a la mano una tienda orgánica ni caminar con nuestros hijos a la escuela.

Porque las ciudades no son solo espacios que incrementan oportunidades de innovación y calidad de vida, sino también territorios que segregan e incrementan disparidades. En Valledupar, Colombia, por ejemplo, los segmentos de clase alta y media tienen una dotación de áreas verdes de 34m2/hab. mientras que las clases bajas tienen la relación es entorno al 2.5 y 1 m2/hab.  En las ciudades de Baltimore y Londres (artículo en inglés), por ejemplo, las expectativas de vida pueden variar alrededor de 20 años entre las personas de distintos barrios.

No cabe duda de que nuestro contexto físico y socioeconómico condiciona las decisiones que tomamos, incluyendo el tipo y ubicación de nuestra vivienda, el medio de transporte que usamos y hasta los productos que compramos. En este sentido, tanto los esquemas de planificación como las decisiones de inversión en el espacio urbano son factores determinantes tanto para disminuir nuestro impacto sobre el medioambiente, como para empoderarnos como ciudadanos del planeta.

Cuando mis hijos están asustados de cómo tenemos el mundo, les cuento del trabajo que hacemos en el banco para transformar ciudades y de otras historias que nos dan la señal que empezamos a cambiar de rumbo. Por ahora y en estos días de reflexión, mejor escuchemos sus palabras:

“Cuando las fieras vivían en paz,/y el mar navegaba con el viento,/ las olas ya rompieron el compás, los animales sufren el calentamiento.

La canción de la vida se terminará,/ el ciclo de la energía va más lento,/ esta gran bola de helado se derretirá,/ es como si el sol se pone oscuro, lamento./ Pienso y pienso, ¿qué haremos?

Cuando los árboles desaparezcan,/ aunque no lo creas, es real,/ el perfecto mundo crearemos,/ las semillas del mundo crecerán,/ terminaremos el calentamiento global.”

Poema: Julia Tamayo (11 años, Washington, D.C.)

*Consultora en temas de cambio climático y resiliencia urbana para la División de Vivienda y Desarrollo Urbano del BID.

Este artículo fue publicado en el blog Ciudades sostenibles del BID.