•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Los líderes máximos de las mayores potencias nucleares —Vladimir Putin y Donald Trump— ya fijaron fecha y lugar para encontrarse. Será el 16 de julio, en Helsinki, Finlandia.

¿Qué se puede esperar de ese encuentro luego que ambos mandatarios han mantenido una especie de miniguerra personal, verbal: Trump, a través de los tuits; Putin, por los medios más tradicionales?

Mi punto. Nunca —desde 1989— Washington y Moscú habían tenido una diplomacia bilateral tan infructuosa, que gire sin avanzar en torno a una escurridiza agenda bilateral. Los temas a tratarse son muchos y preocupantes. Pero ninguno de los dos líderes parece dispuesto a asumirlos para resolverlos con seriedad. En cambio, veo que ambos parecen sentirse mejor como maestros del escenario: son los show-men del espectáculo diplomático. El uno por lo que dice, maldice y desdice; y el otro por todas sus poses y bravuconadas. Ambos adoran luces, micrófonos y cámaras. Pero no desean una diplomacia-de-cumbres con resultados tangibles. ¿Qué pensará Xi Ying-Pin viendo a estos dos actores —diz-que ultranacionalistas— que siempre lucen engreídos y ambiguos al abordar cualquier tema en disputa? 

Donald Trump ama ser controversial; Putin, inflexible. 

Pero el presidente ruso no se sentiría mejor con Hillary como su contraparte. Se habría agriado muchas veces al oír los reclamos que la líder demócrata le hubiera planteado en el Kremlin o en el Capitolio, en cualquier oportunidad. Cuando Vladimir Putin se siente a escribir sus memorias, habrá de recordar los folclóricos encuentros con el actual presidente norteamericano; tal vez, con algo de nostalgia, o insondable escepticismo, pero nunca sin sentido del humor (a pesar de su eslavismo marcado, que lo hace verse adusto, y hasta espectral). 

Y no es para menos, Putin, como buen hijo de la Guerra Fría, no podría ser diferente de sus predecesores. Desde Kruschev hasta Gorbachev, todos fueron impenetrables, inexpresivos y desconfiados al tratar a sus pares norteamericanos. (¿Fue Yeltsin la excepción? Así parece ser; según se infiere de la biografía del presidente Clinton). En el Kremlin sienten que Washington no les permite llegar hasta donde ellos quisieran; y el zar del Kremlin percibe que con él —su contraparte norteamericana, la Casa Blanca— le ofrece guiones intempestivos, estremecedores y de constantes reclamos por las incursiones desafiantes de Moscú, en Ucrania y Siria. Pero, Trump parece ignorar o suplantar esos temas con anécdotas o frivolidades. Y en parte es porque bien se sabe: él no puede manejar ningún tema a profundidad. El lee lo que le ponen o, simplemente, hace comentarios superficiales sobre lo que oye o se discute, asumiendo, erróneamente, que su posición le permite cualquier licencia para digresiones, chistes, o gaffes. 

Obviamente, cualquier análisis del perfil del líder republicano aconseja no hacerse ilusiones. Ni aunque los respectivos cancilleres Pompeo y Lebrov irrumpan con sus comentarios cuando abordan los grandes temas. Todo será simples procedimientos que dicte el consabido protocolo.

Puntos de agenda hay. Todos espinosos, difíciles y de mucho peso. Para Washington: Crimea, Siria, Corea del Norte, Irán, el despliegue de tropas rusas próximas a Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, el involucramiento de Rusia en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas; para Moscú: Siria (desde la otra perspectiva), la OTAN, Turquía e Israel como actores no-tangenciales en el conflicto sirio, la postura del Kremlin en cuanto al régimen dinástico de Kim Jong-un, las sanciones financieras y económicas de Occidente contra Rusia. 

En teoría, con esos temas en el tapete, se podrían esperar muchos resultados. Pero el marcado ritmo de estas dos  personalidades, no presagia nada serio, productivo o firme. Más bien, creo que todo se desarrollará (¡Y ojalá esté equivocado!), como un buen show donde dos líderes de las mayores hiperpotencias globales terminarán sonriendo, dándose la mano calurosamente, abrazándose. Después dirán que “ambos líderes tienen una gran disposición para seguir limando asperezas y volverse a encontrar para abordar los grandes problemas globales de la  humanidad”.

¿Eso será todo?

Esperemos que no. Hay demasiados conflictos en el mundo. Y los hiperlíderes deben tomar acciones. 

Washington y Moscú enfrentan muchos problemas comunes. Pero no muestran determinación para resolverlos. Ello no ayuda a que la tensión se disipe, y den paso a la subyacente carpintería diplomática para fijar agendas, fechas, lugares, plazos, y resultados esperados. (Una máxima: en diplomacia nada se improvisa. Todo se consulta y ensaya). 

Pero esta diplomacia de figureo no se sostendrá mucho tiempo. ¿Tal vez europeos, japoneses y chinos llenen el vacío?  

¿Podrá haber alguna alternativa eficaz a esta diplomacia del espectáculo, que más bien es una forma de entretenimiento político?