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En Nicaragua los políticos y los partidos, sin excepción, perdieron muchas simpatías. Hicieron bien en guardar sus banderas para enarbolar solo la azul y blanco en la lucha cívica autoconvocada que unió a todos los opositores. Digo “guardar sus banderas” y no “ausentarse”, pues millares de miembros y dirigentes de los partidos políticos han participado en la lucha cívica contra el Gobierno de muchas maneras: en las marchas, plantones, medios de comunicación, tranques, etc. Las banderas de los partidos se guardaron, pero su gente ha estado presente y activa en diferentes trincheras cívicas, incluso algunos han sufrido cárcel, heridas y hasta la muerte. 

Según la agenda del diálogo nacional, de acuerdo con la OEA y las expresiones de la comunidad internacional, la solución que sensatamente se procura acordar son elecciones anticipadas democráticas y honestas, con un tribunal electoral confiable y con observación amplia nacional e internacional. Las señales dadas y la información recibida de fuentes confiables indican que el Gobierno estaría dispuesto a adelantar las elecciones. La oposición debería, entonces, formar una gran alianza electoral opositora. ¡Cuidado es sorprendida sin estar preparada! Algunos piensan que los partidos y los políticos deberían excluirse por la pérdida de simpatías de unos años acá. Pero esa idea puede conducir a decisiones excluyentes antidemocráticas. Nadie tiene la representación del pueblo para actuar en su nombre escogiendo “este sí, este no.” Mal se iniciaría una nueva democracia con exclusiones antidemocráticas. Pronto llegará el momento en que la Alianza Cívica, sin dudarlo, deberá dar paso a todos los partidos políticos. No 
es ningún secreto que, entre los dirigentes de esta alianza, y entre bastidores, participan personas de un partido, aunque sin mostrar su bandera partidista. Sería un craso error para la alianza “casarse” con un solo partido. Para las elecciones, la Alianza Cívica podrá optar por una de estas opciones: 1) Constituirse en una gran alianza opositora, llamando a integrarse en ella a todos los partidos de oposición, sin excepción. 2) Constituirse ella misma en una alternativa política más, independiente de los partidos, o bajo la hegemonía de un partido. 3) Disolverse totalmente y dejarlo todo sujeto a la participación de los partidos en las alianzas que estos logren formar.

Lo mejor sería la primera opción, pues las otras llevarían a la división del voto opositor. Ahora, por muy incrédulo de las encuestas que se quiera ser, todo buen político o politólogo las usa como instrumento útil, y según Gallup, el gobierno de Daniel Ortega hace un mes tenía un rechazo del 70%, que hoy puede ser mayor, pero antes de esta lucha cívica, según la misma Gallup, el 70% era de simpatía hacia el Gobierno. “Se volteó la tortilla”, pero, ¡cuidado! El Frente Sandinista va a participar en estas elecciones, aunque no sabemos con qué candidato, y ellos tienen gran habilidad, experiencia política, muchos medios de comunicación, dinero y buena organización. Aún con un alto porcentaje de rechazo, arrancarían una campaña de varios meses con una base históricamente disciplinada y organizada, y durante la campaña podrían recuperar algo del terreno perdido. No se debe correr el riesgo de ir con una oposición dividida en dos o tres grupos, aunque se necesite el 50% + 1 para ganar en primera vuelta. En segunda vuelta los sandinistas serían disciplinados con el voto, mientras que con una oposición dividida podría darse cierta reticencia de apoyar

al que califique de la parte opositora. La oposición necesita de una gran alianza, sin exclusiones, que derrotaría al Frente Sandinista en la primera vuelta. Dejar de fuera a algunos partidos pudiera llevarlos a crear otras alianzas. Se leen y oyen en algunos medios y redes sociales virulentas campañas contra uno u otro partido, condenas, descalificaciones, por cosas que pasaron hace más de 20 años y que no tiene sentido seguir discutiéndolas y atizar divisiones en este nuevo escenario histórico.

Debe valorarse la realidad de que ningún partido ni político opositor ha dejado de enfrentar al Gobierno y ha apoyado a la Alianza Cívica. La primera gran tarea electoral será escoger de consenso a candidatos a presidente y vicepresidente no comprometidos ni identificados con ningún partido, pero llevando candidatos a diputados y autoridades municipales y regionales a miembros propuestos por todos los partidos, proporcionalmente, incluyendo posibles nuevas opciones políticas. Pasadas las elecciones, cada partido —histórico o nuevo— ganará con sus méritos el respaldo popular que merezca de cara al futuro en la nueva democracia. 

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