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Es terrible, pero parece que el hermoso y conocido aforismo de José Martí, no lo entienden los dictadores. Llena de impotencia y desesperación. En pleno siglo XXI, Daniel Ortega, demostrando que cuarenta años no es nada para una mente que no va más allá de un pragmatismo decimonónico, ha copiado al calco lo mismo que hizo Somoza, lo cual, por supuesto, dará el mismo resultado que va a alcanzar hasta a sus más cercanos y a todos aquellos que se embarcaron en ese barco que ya hace agua por los cuatro costados.

Daniel copia lo que hizo Somoza esperando otra cosa. Su mismo canciller, Denis Moncada Colindres, en la reciente asamblea extraordinaria de la OEA, apabullado y avergonzado, tuvo que salir por la puerta trasera del edificio de esa organización internacional. Lo mismo pasó en 1979 con Julio C. Quintana, último canciller de Somoza Debayle, que terminó desprestigiado y avergonzado frente a los nicaragüenses y a la misma comunidad internacional.

Daniel ha dejado evidente que frente a conflictos políticos tan graves y tan profundos como en el que estamos sumergidos los nicaragüenses (provocados por el mismo señor presidente) no tiene la capacidad de un estadista, ni siquiera la sanidad mental y espiritual de un hombre cristiano, socialista y solidario como proclamaban sus carteles y afiches por toda Nicaragua.  

También  demuestra que tampoco tenía asesores políticos con la cabeza fría y con la suficiente inteligencia para sugerirle y plantearle opciones viables en esas circunstancias coyunturales con las que pudo evitar, aunque fuera por el momento, un mayor agravamiento de los sucesos posteriores al 19  de abril en que la “Policía danielista” asesinó a los estudiantes en los alrededores de la UNI. 

Parece que sus más cercanos y solidarios compañeros de la insurrección armada contra Somoza, solo sabían volar plomo, porque frente a un enfrentamiento  sociopolítico, como es esta admirable REVOLUCIÓN PACÍFICA DE ABRIL, solo han sabido responder con lo único que saben hacer: volar plomo, y si no, recordemos la violencia y las asonadas cuando ellos “gobernaban” desde abajo.

Como un nicaragüense más que los apoyó, como todos los nicaragüenses que esperábamos un mundo nuevo salido de esa Revolución que dejó treinta mil muertos y que por lo tanto merecía un destino mejor, tenemos la obligación de corregir el error de ser partícipes del entronamiento de Daniel Ortega en el poder. Tenemos la obligación de apoyar y hacer nuestra también, esta nueva Revolución Pacífica de nuestros muchachos, para que el “danielismo” desaparezca de una vez y para siempre de la tierra y de los cielos de nuestra Nicaragua, que ellos nuevamente han llenado de luto y de dolor. 

Confieso que a Daniel le permitimos y cedimos tanto porque esperábamos de él lo que esperábamos de nosotros: Paz y Libertad. Nos pasó como cuando nos enamoramos, que a veces llenamos a la novia de virtudes, cuando en realidad las virtudes se las pusimos nosotros y al final descubrimos que la novia no era tal y que las virtudes eran una invención de nuestra imaginación. 

Si fallamos fue por la natural inclinación de los seres humanos en la incansable búsqueda de la felicidad, pero la realidad es que, por desgracia, la novia solo era el señor presidente Daniel Ortega. 

* El autor es escritor