Jorge Eduardo Arellano
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Carlos Mántica Abaunza (León, 20 de febrero, 1935) es el único empresario de Nicaragua que, al mismo tiempo, ha protagonizado —pese a su humildad— una significativa trayectoria intelectual.

A los 21 años editó el librito Poemas de impaciencia (1956), revelador de una abierta sensibilidad y de cierto manejo hábil del lenguaje escrito. Pero la poesía no era su destino identitario, sino el habla de nuestro país, a cuyo estudio se consagró como aficionado culto.

Por esa labor fue incorporado como miembro de número a la Academia Nicaragüense de la Lengua el 28 de abril de 1971.

En esa ocasión, Mántica sorprendió por su erudición nahuatlista, observaciones válidas y múltiples ejemplos de la riqueza coloquial de los nicaragüenses. Se trataba —como especificó PAC— “solamente del umbral de un sólido y vasto edificio lingüístico que constituye uno de los aportes más ricos y valiosos recibidos por nuestra corporación en lo que tiene de vida. Creo de justicia decirlo y más todavía agradecérselo como director de la academia”. 

En otras oportunidades he reconocido en Mántica al primer estudioso a fondo de nuestra farsa indohispana del siglo XVIII: El Güegüense. A 1968/69 se remonta su tesonero interés por la piedra angular de nuestra literatura, cuando tradujo del inglés la edición de Daniel Garrison Brinton (1883) y los vocablos del náhuat (sin /l/) o nahuate.

Más adelante, elaboraría varias versiones e interpretaciones guiado por su tendencia nahuatlonómica. Así estableció las tres etapas de la evolución de nuestra variante del náhuatl clásico: la primera de 1523 a 1560, sin afectación alguna del castellano; la segunda de 1560-1650, en la que se incorporaron vocablos del mismo castellano sin modificar la estructura del nahuate; y la tercera a partir de 1650, correspondiente a su esencial castellanización. Es la época de la versión conocida de El Güegüense. 

Su obra El habla nicaragüense (1973) marcó un hito en nuestra historia cultural y, enriquecida con siete ediciones más hasta 2007, continúa siendo medular y vigente. Lo mismo puede afirmarse de su descubrimiento de las toponimias para constatar el origen y la secuencia de las diversas migraciones indígenas a nuestro territorio y su indagación en el sustrato nahuate de nuestra habla.

Además, el folclor nicaragüense (cantares, refranes, música) ha tenido en Mántica un entusiasta divulgador. Pero la teología constituye su aporte más profundo como cristiano militante que es desde hace más de cincuenta años.

En efecto, no ha sobresalido tanto un representante de la reflexión teológica dentro del catolicismo como él. Acredita ese rol una buena cantidad de charlas inspiracionales reunidas en cuatro libros: Un mundo de cursillos (1976), Lo que yo no sabía / Teología de un empresario (1977), Cursillos de cristiandad (también de 1977) y Cómo caminar en cursillos (1979).

Dentro del proceso postconciliar de la Iglesia, los cursillos de cristiandad procuraron transformar sectores altos y medios y los libros de Mántica —editados en siete países y traducidos al inglés y portugués— lo consagraron como uno de los dirigentes mundiales del movimiento fundado por el español Eduardo Bonnín (1917-2008). 

En ellos, Mántica expone una teología que conlleva la frescura permanente y la diaria actualidad del evangelio, impregnada de humor y vocabulario que nos identifica como nicaragüenses. Un encuentro personal con Jesucristo, consciente del reino de Dios y de su extensión, de la acción del espíritu santo sobre nuestras vidas y de la pérdida de la fe en el mundo contemporáneo.

Crea y recrea principios y síndromes para explicar toda una gama de la praxis cristiana. No falta el aforismo estampado en un quinto libro, resumen vivo de su experiencia: ¿Qué pensás hacer esta eternidad? (2001): “Nosotros somos pensamientos de Dios. Él nos pensó un día y existimos. Por eso en su más radical autenticidad un hombre no es sino lo que Dios piensa de él.”

Igualmente, ahonda en la cristología salvítica, concluyendo: “Aunque seás pecadora como María Magdalena. Aunque hayas venido aquí forzado o por pura casualidad como Simón de Cirene. Aunque hayas sido condenado por los hombres por delitos graves, como Dimas.

Aunque seas totalmente ignorante en asuntos de religión y no entendás todavía la maravilla de lo que se te abre por delante al haberte topado con Jesús. Incluso, aunque estés al servicio de los enemigos de Cristo, como El Centurión […] ¡respondé hoy a la cruz y a la sangre salvadora de Jesucristo y participa de su resurrección y de su gloria!”