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La justicia siempre llega. Los presidentes de las izquierdas latinoamericanas, luego de tantos años gobernando, sin que nadie los controlara, y habiendo monopolizado y abusado sistemáticamente, del poder, deben responder por sus actos. 

Rafael Correa está siendo imputado de haber secuestrado al asambleísta Fernando Balda, en 2012, quien ahora lo acusa. Si la causa judicial tiene viabilidad, el expresidente ecuatoriano sería capturado y sentado en el banquillo de los acusados. 

¿Qué le preocupa al expresidente ecuatoriano? Le preocupa que: “todo el sistema ecuatoriano esté coartando la libertad de expresión y usen y manipulen a los jueces”. 

Mi punto: A Rafael Correa no lo está juzgando ningún sistema con tintes políticos, sino la justicia imparcial, por sus actos perpetrados contra ciudadanos opositores que no le pudieron llevar a los tribunales, mientras él gobernaba. Entonces él era amo, presidente y juez, con todos los poderes omnímodos. Ahora le llegan los reclamos por todos sus desmanes y arbitrariedades, sus abusos y vejámenes. ¿Creía él que era inmune de por vida, por haberse considerado un semidiós de interminables facultades, superioridad y moral incuestionables? 

En una entrevista con CNN que le hiciera el periodista Rafael Romo, Correa hizo gala de mucha perturbación. Lucía descompuesto, impetuoso, desdeñoso de las preguntas de su interlocutor. Era un tigre enjaulado: inquieto, sin saber qué agarrar, ni hacia dónde mirar cuando lo cuestionaban. Y, pretendiendo calmarse, se atiborraba de continuas buchadas de agua. No parecía apropiado siquiera de su propia verdad, sino solo aterrorizado al saber que, ahora solito, se enfrentaría a un sistema judicial que le increpa y cuestiona sus cuentas pendientes.

El entrecejo que partía su sudorosa frente también acentuaba sus ojos desorbitados e inyectados de cólera. Pero más bien revelaba un subyacente pavor. Y ahora está donde otros estuvieron durante 10 años, mientras él gobernó (2007-2017). ¿Pudo él siquiera mirar las caras de los ecuatorianos opositores que se enfrentaron solitos a una justicia controlada por las consignas de su revolución ahora desvanecida?

No. Él vivía en su casa presidencial rodeado de guardaespaldas e incondicionales que se alzaban al sonar de sus dedos. Vivía así porque así acostumbran los dictadores: encerrados en  mansiones-búnkers; angustiados por paranoias y miedos; alejados de la realidad; seguidos de aduladores que les  recuerdan, constantemente, sus hazañas humanas y esencias casi inmortales. Pero más que todo, en su mente albergan obsesivamente ideas encontradas: todo lo pueden, todo lo tienen, todo lo controlan; y los que no piensan como ellos, son sus enemigos y deben ser destruidos por haberse opuesto y haberles desafiado. Y, para quien se siente todopoderoso, ese es un delito imperdonable.     

Ahora Correa parece olvidar dos cosas: 1) que él fue iniciador, usuario y manipulador de un sistema de gobierno sometido a su total voluntad, dizque para servir a la “revolución ciudadana”; 2) él solo enfrenta las consecuencias de todos sus actos, pero que entonces no se podían traer a la luz, mientras gobernó. 

¿Acaso este exmandatario desconoce que los ciudadanos (él ahora es eso: un simple ciudadano) deben comparecer ante un tribunal independiente que lo juzgue? ¿Por qué él, acostumbrado a criticar desenfrenadamente todo, nunca hizo señalamientos a los regímenes absolutistas de sus aliados: Venezuela, Cuba, Bolivia o Nicaragua?

Y lo que ahora le sucede a Correa les ocurre igual a otros líderes de las izquierdas latinoamericanas: radicales o moderadas. No es una maldición o trama imperial antiizquierdista. También mandatarios de la derecha han estado en el banquillo. ¿Ello no demuestra que la balanza de la justicia es imparcial? 

No es convirtiendo a todos los funcionarios públicos en esclavos del sistema dictatorial que se evitan los sinsabores. No. La justicia siempre llega, como le llegó a Hussein, a Ghadaffi. Y les llegará a otros que han olvidado que ellos deben verse como lo que son: servidores públicos de un poder recibido por mandato popular y temporal. Nada más. 

Y lo que hoy tiene asombrado al exmandatario ecuatoriano no es casual. Todo ello es parte de la dinámica del debido juego político. Está siendo sometido a la justicia por haber abusado de los privilegios del poder, que él asumió totalmente para sí, sin permitir que este fuera bien distribuido entre todos. 

Los dictadores olvidan una máxima: En política todo tiende al relativismo.  

Rafael Correa nunca supo ser moderado ni balanceado. 

El poder no exime; el poder no inmuniza. El poder no destruye ni  borra lo que los ojos y oídos de la historia recogen para después decir a los dictadores: “Ahora, hagamos cuentas”.